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TODOS LOS AÑOS DEL CORAZÓN...87 AÑOS DESPUÉS

Manuel Meneses Jimenez
Manuel Meneses Jimenez
Ciudadan@

Masculino

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Mensaje por Manuel Meneses Jimenez el Vie 24 Oct - 18:52

Una noche de mayo abriste
tus alas... y así en esa
madrugada perdí
mis propios
pasos.

(De mi Cuardeno de Poemas, para ti)

Yo no sé de pájaros, no
conozco así el fuego.
Pero sí creo que
mi soledad sí
debería
tener
alas.

De la novela " Las Aventuras Perdidas "
De Alejandra Pizarmik.


.



Por favor, no pierdas nunca la ilusión... nunca.

Había entrado en un estado de parálisis de todo: de parálisis mental que le impedía reaccionar a sus propias emociones; de parálisis física que le impedía moverse de cualquier sitio en que lograba quedarse quieto; de parálisis anímica que le impedía tan siquiera buscar imágenes de otros momentos mejores de su vida y de esa parálisis que lo detiene todo o casi todo. Lo único que no detenía aquella parálisis era la parálisis misma, la que lo sostenía inmóvil en el sentir dentro de un recuerdo que se había detenido hacía años ya.

De pie en la ducha sentía que el agua le caía como de cielo, en otros tiempo y en las mismas circunstancias fueron otros allí mismo los recuerdos e incluso los gesto; ahora solo sentía el agua caer "del cielo". Le miró a los ojos sin que ella se diera cuenta de que en aquel ya su silencio infinito la observaba, apenas tenía mirada desde el alma y apenas también ya sentía en su piel el suave contacto y roce de aquella esponja enjabonada que ella le deslizaba por su piel desnuda: solo sentía el agua caliente de la ducha y que creía que le caía "del cielo". Alargó despacio su mano derecha, sin tacto casi ya en ésta, y le tocó el hombro; ella alzó la mirada y en sus ojos le escribió de nuevo la misma pregunta de siempre y de tantos años ya antes:¿Dónde dejaste todos tus recuerdos?. Todo se reducía a eso: a una pregunta que nunca tenía respuesta. Años antes dejó de hablar y se encerró en sí mismo, después empezó a dejar de sentir y más tarde de recordar y allí quedó todo encerrado.

Aquella tarde el sol de otoño caía suave y una ligera brisa de aire del norte de España lo recorría todo; caminaba con ella a su lado sin percibir casi que le llevaba de mano. El silencio en su vida se había convertido al fin en el fiel acompañante de todo sus momentos aunque en alguna ocasión el recuerdo de una visión neblinada se le aparecía de imprevisto, fugazmente en su mente, para de nuevo volver a desaparecer de inmediato negándose a dejar rastro de aquella presencia momentánea; sabía de este momento por los ojos de ella que entonces y en esos instantes siempre le miraba diferente, como esperando de un rayo de luz, de halo esperanza, de tan siquiera anhelo que le volvieran los recuerdos, algunos al menos. En esa visión momentánea que le llegaba alguna vez siempre veía una playa lejana que a duras penas lograba situar ni en el tiempo ni en el espacio, era como un extracto del último instante de lucidez que tuvo antes de que la memoria le abandonara.

Habían llegado a la terraza de la cafetería de siempre, la de todas las tardes, y a sorbos cortos tomaban sus tazas de chocolate caliente de siempre, ella cuidaba atentamente de que las gotas del chocolate no acabaran en su camisa blanca siempre inmaculadamente limpia y planchada y que era su preferida; aprendió que siempre le gustaba llevarla con las mangas recogidas por debajo de los codos y nunca entendió del porqué de este gusto. Su mirada aún perdida se extendía hasta allá lo más lejo que ésta le alcanzaba y que era la raya del horizonte sobre el mar; ella le miraba con una leve sonrisa, serenamente, y observó que él, aún, seguía mirando al mar con aquella su devoción de siempre, de toda la vida. Giró la cabeza y vio a lo lejos acercarse una figura humana. Era la de una mujer alta, esbelta, de cuerpo atlético; su paso firme le delataba como una mujer segura, decidida, feliz de la vida y así su sonrisa le recordó a otra mujer que trataba ahora de encontrar de entre los recuerdos encerrados sin conseguirlo. Al pasar por delante de él se fijó en un detalle de esta mujer con más atención y fue la negritud de su piel y de los rasgos del color hermoso de sus ojos de felino de la sabana: África, recordó. De pronto sus ojos volvieron a brillar de aquella manera en que lo hacían cuando un rayo de luz le devolvían los recuerdos por muy instantáneos que éstos fueran: "allá lejos...", y con este recuerdo de allá lejos también recordó instantáneamente otro: aquella playa al Oeste de África. Y entonces otra vez un recuerdo rápido, fugaz, casi invisible que trató de atraparlo y agarrarlo para que no se le escapara: ELLA.

Pasó un tiempo, minutos interminables y que se hicieron muy largos, y apenas ya le dio importancia al hecho de que aquel recuerdo de minutos antes se estaba diluyendo, se apartaba de él de nuevo para quedar también encerrado en aquel cofre de madera y de los recuerdos donde parecía que había una sola palabra escrita en su tapa y que era acariciada constantemente por unos dedos finos y elegantes y que ya no llevaban anillo, la palabra era: Pasado. Volvió a girar su cara y sus ojos se encontraron con los de ella, se quedó mirándola fijamente y ella hizo lo mismo sin esperar casi ya nada salvo volver a desear escucharle la voz: ¿Cuántos años tengo?: fue lo que le preguntó a ella y de imprevisto en ese momento con voz increíblemente firme y segura. Ella dejó la taza de su chocolate despacio sobre el plato sin dejarle de mirar a los ojos colocado sobre la mesa no queriendo ni oír el contacto de ésta cuando sus dedos la soltó, lo hizo sintiendo casi miedo de que aquel momento no fuera cierto, de que fuera una imaginación suya, teniendo cuidado también de que nada se rompiera en aquel justo momento en que oyó su voz por primera vez en los últimos años.

Puso despacio su mano sobre la suya y le contestó con voz también firme y tono dulce, como siempre le había hablado en aquellos ya 65 años junto a él: "Tienes noventa y cinco años, Meneses". Ella siempre le había llamado por su apellido y así lo quiso hacer también en ese momento. Hubo otro silencio largo y que fue también como ya tantos otros la prolongación de todos los silencios de los últimos años. Su mano quedó allí, sobre la de él, acariciándola con ternura, como tratando de volver a sacarle aunque fuera otra vez más una nueva pregunta diferente, solo una más. Él volvió a mirarla a los ojos y ella detectó, supo e intuyó que quizás aquel momento iba ser único otra vez; quizás ya el último antes de que la voz y los recuerdos se volvieran a ir ya para siempre y definitivamente; entonces fue él quien comenzó a acariciarle su mano y su recuerdo aún vivo en aquel leve instante de lucidez le trasladó a otros momentos ochenta y siete años atrás en el tiempo y en otro lugar: fue en la otra parte del mundo, detrás del Atlántico y en la cima de aquel morro que desde entonces llamaron el Morro de Las Cometas, fue en aquel atardecer cuando le rozó y le acarició por segunda vez sus dedos, los de ELLA; antes fue y lo hizo debajo de aquella mesa donde se escondían los dos de aquellos todos los miedos de la niñez y también para comer los caramelos y dulces que su abuela guardaba en el cajón de aquella misma mesa. "Nunca dejé de amarte" le dijo a ella aquella tarde soleada de otoño allí frente a él; "nunca aunque casi nunca te lo dije: que te amaba". Ella le escuchaba con el corazón dormido en ese momento y casi hasta tenía miedo de que se despertara para que aquel instante tanto tiempo esperado no acabara nunca. La miraba fijamente y logró sacarle una de aquellas sus - también - sonrisas infinitas, de las que nunca se les acababan de dar y compartir con él y con todos los que se le acercara.

Volvieron a pedir más chocolate y permanecieron allí sentados un largo tiempo aún. Ella le miraba fijamente y aún a sus tantos años le seguía viendo guapo y elegante, con aquella camisa blanca que él siempre quería que la tuviera limpia y planchada para salir a pasear por las tardes con ella antes de que el sol se ocultara allá en el horizonte. En ese tiempo allí en aquella mesa su mente paseaba por todos los años de vida junto a aquel hombre al que nunca quiso abandonar ni dejar de amar y fue entonces que le vinieron a ella todos los recuerdos, los viajes, las conversaciones, los momentos y las palabras dichas para él y entre ambos recordando una en especial y que le dijo en una ocasión aún de novios en Barcelona: "Jamás nunca tendré celos de ninguna mujer que conozcas, pero sí los tengo y los tendré siempre de tus libros porque te acuestas siempre primero con ellos que conmigo". Eso le dijo de nuevo en ese momento como para recordarle que aún tantos años después seguía allí, junto a él.

La mujer de África volvió a pasar por delante de ellos y otra vez la siguió con la mirada hasta que se alejó de nuevo a lo lejos. Ella de nuevo le observó atentamente y recordó de su amor por África, de cómo le hablaba de aquel su mundo y el mundo mágico de su gente; recordó la primera vez que le llevó a su tierra y recorrieron palmo a palmo todos los rincones de las siete islas canarias, de aquel su mundo físico y espiritual; recordó que en la cima del volcán Teide en la isla de Tenerife y a 3808 metros de altura en una mañana de cielo limpio de nubes vió a la Madre África continental de su devoción, al lugar del mundo de donde habían venido sus antepasados y supo entonces, por el primer síntoma, de que en su vientre ya había alguien que era y sería un día la prolongación de ellos dos: lo supo allá arriba en la cima de aquel volcán, a 3808 metros de altura. ¿Cuántos años tengo? le volvió a preguntar de nuevo; y ella le volvió a decir de la misma manera dulce que antes y que siempre le hablaba en todo momento: "noventa y cinco, Meneses".

Su mirada pareció que se volvió a perder, sin embargo en aquel justo momento estaba más lúcido que nunca en los últimos años, volvió a mirarle a los ojos y le preguntó ¿Sabes qué es la locura?, ella no pudo más que casi echarse a reír por lo extraña y linda de la pregunta diciéndose para sí misma "¿Y tú me lo preguntas?" y entonces sintió que por sus ojos se le escapaban unas lágrimas reconociendo que eran las primeras lágrimas de alegría y de emoción con él en tantos años; le constestó que locura es sentir que aún era el hombre que nunca había dejado de ser. El la miró y por primera vez en los últimos años le volvió a regalar su sonrisa al mismo tiempo que volvió a hacerle, de nuevo, aquella pregunta: ¿Sabes qué es la locura? Entonces ella le comprendió, le miró y le recordó en ese momento que él mismo le había dicho en su juventud qué era la locura: "La locura es un estado de dulce lucidez" , le respondió ella, y él le dijo que ahora, en ese momento, la locura, la felicidad y la lucidez era haber llegado a tantos años para recordar todas las promesas que había hecho en su vida y que una de éstas era precisamente ésta: la de llegar a los noventa y tantos años como le había prometido a ella y también a ELLA aunque nunca se lo dijera hasta ese momento allí frente a él. Ella le miró a los ojos y le recordó a su padre: la misma manera de reírse de sí mismo y de la vida, de querer siempre ser él, de creer en lo que creía y quizás por eso, pensó, Dios le había dado todos aquellos años: para que su promesa la pudiera ver cumplida.

Se levantaron y abandonaron el lugar; apenas empezaba a oscurecer y allá, al otro lado, las luces de Francia anunciaban que la tarde para ellos casi se acababa, recordó que ya no habían las madrugadas como antes pues todas se habían quedado guardadas en aquel cofre que ELLA tenía en su poder y en el cual un día al cerrarlo puso su mano encima como protegiendo todo lo que allí de él había, todas las palabras que él le regaló en todos aquellos años con ELLA desde que se volvieron a encontrar. Caminaba despacio pues ya no tenía prisa para nada, todo se había dado en la vida y ésta se lo había dado también todo. En su trayecto a casa descubrió que de pronto e inesperadamente como si fuera un regalo de la vida misma, de esta vida que ya quería abandonar para regresar de nuevo al encuentro de sus seres queridos y de ELLA si es que ya se hubiera ido también de este mundo - pues así se lo había prometido -. Recordó todo su tiempo de antes de antes, de aquellos todos años con ELLAS, con aquellas dos mujeres increíbles y que él se prometió y les prometió a ambas siempre no abandonarlas jamás. Aquella tarde, en ese momento en que paseaba de regreso a casa, descubrió en ese momento que ya era ese mañana del que él siempre le había hablado a ELLA ayer, en el ayer ya lejano de los dos; sintió que su corazón estaba contento y alegre porque él había cumplido lo que siempre le había dicho a ELLA que harían hasta el final de sus vidas: llegar hasta los noventa y tantos años largos vivos para irse juntos y a la vez. Ya cerca de su casa se paró, sintió ganas de acariciar las yemas de los dedos de aquella mujer a su lado en este momento y que le había acompañado y esperado toda su vida; allí estaba aún tan guapa y hermosa como siempre la vió y aún la veía y fue entonces cuando su imaginación voló y en su recuerdo sintió otra vez las yemas de ELLA, la de sus dedos, el calor de un roce suave y sublime, el eco residual de su voz en que ella le pidió ser "La única": era el recuerdo de ELLOS dos, de un tiempo de aquel ayer que fue solo de los dos, fue la imagen de un momento, el aroma de un cuerpo bañado por el mar en una playa al Oeste de África, era la memoria de una estancia de pie detrás de una puerta, el calor de unos abrazos que aún le estremecía el alma, el placer de un acto de amor, el recuerdo de unas palabras al corazón que aún le retumbaban en el alma, aquel día concreto de la semana juntos los dos y que siempre recordarían a una hora concreta, fue cuando ELLA le dijo " jamás me verás partir de ti...".

¿Cuántos años tengo? Le volvió a preguntar. Ella le contestó otra vez e igual: "noventa y cinco, Meneses" Entonces él le dijo: "ELLA también debe tener casi la misma edad, nunca me la dijo y se reía cuando se lo preguntaba; pero nunca me la dijo", sé que aún está aquí, en la Tierra, pues también me prometió que llegaría hasta los noventa y más. Ella le miró fijamente a los ojos y le dijo: ELLA, como tú siempre la has llamado, está allá pero también siempre ha estado ahí, y le señaló a su corazón; también le dijo y le volvió a recordar sus palabras de tantos años atrás en Barcelona para él: recuerda, le dijo, lo que te dije, que "Jamás tendré celos de una mujer que conozca, pero sí de tus libros porque siempre te has acostado con ellos antes que conmigo"; sonrió, y le dijo: "siempre he sabido que ELLA ha estado en tu vida y en tu corazón pero yo te he tenido a mi lado toda la vida, no la envidio y estoy seguro de que ELLA tampoco a mí, es una buena mujer, lo supe desde aquella primera vez en que llegó a nuestra casa en África con su marido hace ya tantos años, ELLA me lo recordó y no sé si se dió cuenta cuando me dijo aquella frase a solas entre nosotras dos: "Las mujeres somos muy capciosas".

Subieron los pocos escalones hasta la puerta de la casa y entraron dentro. Ella se dirigió al cuarto dormitorio y él sorprendentemente a su estudio en el cual no había casi entrado en los últimos años; al salir le encontró sentado en su escritorio delante del ordenador mirando fijamente a la pantalla; ella le miró sonriente, se acercó, le puso su mano sobre el hombro y le dijo: "¿Quieres volver a vivir otros noventa y cinco años de nuevo repitiéndolo todo otra vez?" Por respuesta ella escuchó una pregunta: "¿Te atreverías a subirte a un avión y cruzar el Atlántico?". Se quedó mirándole y se dio la vuelta saliendo del estudio. Regresó unos minutos después y en sus manos traía dos maletas pequeñas: ¡¡dime qué clima hace allá y qué ropa quieres que llevemos, date prisa en elegir porque no hay que hacer esperar nunca a las personas que se quieren en la vida...!!

Recordé mañana que te recordaba
hoy. Fue para decirte ayer
que te recordaré
siempre en
la vida.


"Nunca dejes esperando a la persona que en la vida te quiere..." se dijo al volver la mirada a la pantalla.
Manuel, Europa.
23 de octubre de 2014.


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Mensaje por zza-alzahara el Sáb 25 Oct - 17:06


Los recuerdos son como una fabrica en la pluma de un poeta, donde sacar material para construir bellas historias donde sacar a flote los sueños y donde mostrar los avatares de un corazón enamorado. la ilusión es el motor asi se peine canas y tiemble la voz.
Me deja impactada poeta, será que se puede soñar el futuro hasta ese cenit?
Un enorme abrazo y felicitaciones a su obra de lujo
Zza



Aquí vengo...
 
Vengo en pos
de algún poema,
traigo versos
dislocados,
quizás te encuentro
o me encuentres
palabreándole a la luna
...o algún gato.
 
 
 
Caral-zza
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21.06.11 d.r.
Manuel Meneses Jimenez
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Mensaje por Manuel Meneses Jimenez el Sáb 25 Oct - 23:56

@zza-alzahara escribió:
Los recuerdos son como una fabrica en la pluma de un poeta, donde sacar material para construir bellas historias donde sacar a flote los sueños y donde mostrar los avatares de un corazón enamorado. la ilusión es el motor asi se peine canas y tiemble la voz.
Me deja impactada poeta, será que se puede soñar el futuro hasta ese cenit?
Un enorme abrazo y felicitaciones a su obra de lujo
Zza

Los recuerdos son la fuerza motriz que mueve los latidos del corazón y al mismo tiempo los que sacuden los sentimientos del alma, los que empujan a las ganas de vivir y al mismo tiempo encontrar las razones para ello. Lo honesto, Zza, es aún por encima de las circunstancias cumplir en la vida con lo que se sueña y con lo que se promete o se hace creer, ser fiel con ese sentimiento humano aún y hasta ese último estado de presencia en la vida. Meneses, el personaje, aún a esa edad y en ese estado quería cumplir un sueño...

Gracias por pasar por aquí.
Manuel, Europa.
zoe
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Mensaje por zoe el Vie 14 Nov - 12:31



Memorias que cautivaron mi atención, una historia única
singular y rica en experiencias resaltadas con el poder de la palabra.
Gracias por compartirnos esta preciosa novela.

zoe

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