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Iberia el ocaso de un pueblo. Capitulo 23 La ultima batalla FIN

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Alberto Sanchez
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Masculino Valencia

Iberia el ocaso de un pueblo. Capitulo 23 La ultima batalla FIN

Mensaje por Alberto Sanchez el Vie 15 Abr - 9:41

Capítulo 23
LA ÚLTIMA BATALLA

Semanas más tarde de haber partido Ertebas a Italia la fiebre fue desapareciendo y su estado de postración se fue alternando con momentos de lucidez, comenzó a tomar alimento y trató de incorporarse, pero el dolor en la ingle fue tan profundo que de nuevo tuvo que acostarse, algo se había roto dentro que no le dejaba ponerse de pie, esperó a que cediera el dolor para probar de nuevo pero el intento acabó de la misma forma. Era incapaz de sujetarse con la pierna izquierda sin ayuda, finalmente le construyeron una muleta y con grandes dificultades comenzó a dar los primeros pasos. Su fuerza de voluntad y la de su mujer e hija fueron decisivas para su recuperación. Tuvo que asumir que después de aquello había quedado inválido, su cojera le limitaba para realizar muchas de las tareas agrícolas y sobre todo le había incapacitado para la lucha, aunque su ánimo seguía intacto y su cerebro seguía tomando decisiones acertadas en política social.
Solo esperaba que sus dos hijos regresasen intactos pues sus esperanzas en aquellos momentos estaban puestas en ellos, la incertidumbre de que algo hubiese salido mal le soliviantaba.
En la región turdetana los celtiberos cercanos a ellos se había levantado en armas y las legiones romanas tomaban posiciones estratégicas limitando sus actividades guerrilleras. En ocasiones tuvieron a los ojeadores romanos muy cerca pero éstos terminaron desistiendo, ante los cientos de recovecos del terreno, sin encontrar signos de vida.
Una tarde de septiembre cuando el sol lanzaba sus últimos rayos los cuernos de los vigías anunciaban la visita de gente conocida, el corazón le dio un vuelco e instintivamente se incorporó de su asiento cayendo al suelo de inmediato, se sentó a duras penas, llamó a su hija que guisaba en la sala contigua, ella también mostraba la alegría y acercándose a su padre le dijo:
─ ¿Quieres la muleta para ver quién viene?─ el padre nervioso alargó la mano para cogerla acoplándola en la axila, salió todo lo rápido que pudo mordiéndose los labios para no gritar de dolor.
El sol declinaba y los tonos naranjas teñían el horizonte, su mirada se deslizó a lo largo de la trocha que serpenteaba ascendiendo hasta el poblado, dos hombres llevando los caballos del ronzal caminando a buen paso, rápidamente reconoció a Ertebas y con voz trémula dijo:
─ ¡Mis hijos!─ Edereta le abrazó tratando de consolar su emoción, mientras su mujer se unía a ellos.
A penas faltaban unos codos, Edereta echó a correr abrazándose a su hermanastro, luego, mirando fijamente a su hermano, reconoció el parecido familiar y dirigiéndose a él dijo:
─ Seas bienvenido a ésta casa que ahora es también la tuya, soy Edereta, tú hermana, ─ le dio un beso y cogió los caballos de las riendas conduciéndolos a los establos.
Ertebas besó a su madre y abrazó al padre con respeto,
─ Gracias a los dioses que habéis salvado la vida, ¿estáis mejor?─ Abartamban asintió con la cabeza mientras miraba a Simónides sorprendido con el parecido. Les presentó.
─ Este es vuestro primogénito esperó que ahora podáis disfrutar de él, ─ el joven se adelantó y con una reverencia saludó a los dos.
Aquel momento tan emotivo quedó minimizado, a pesar del vínculo de sangre, por un saludo protocolario. Abartamban sintió una mezcla de emoción y vergüenza ante el hijo por no acudir en su ayuda, necesitaba descargar su culpa ante el muchacho y sin más espera se sinceró.
─ Perdóname yo no supe de tu existencia hasta que pasó algún tiempo de tu nacimiento, me enteré de que vivías estando aquí en Iberia, pero ahora trataré de compensar el tiempo perdido,─ rompiendo la tensión Naitin abrazó a los dos jóvenes por la cintura llevándoselos hacia adentro de la casa.
─ Tendréis hambre, hablemos dentro mientras comemos, esta familia tiene muchas cosas que contar.─
****
La vida en el oppidum seguía su marcha. Abartamban fue mejorando poco a poco sobre todo por la ilusión de ver a todos juntos, la muleta ya parecía parte de sí y de cuando en cuando con ayuda de los jóvenes podía dar paseos cortos a caballo.
Simónides comenzaba a olvidar los días tan duros de esclavitud, en su carácter se estaban dando trasformaciones que le hacían más comunicativo. Sin quererlo, se sentía uno más de la familia.
Después de realizar sus labores en el campo, todas las tardes se unía a la guerrilla para entrenarse, su capacidad para la lucha era encomiable, no le pasaba lo mismo con el estudio al que consideraba una pérdida de tiempo, pero todo lo relacionado con la guerra le apasionaba y su interés se ponía de manifiesto preguntando de forma insaciable a su padre.
Su hermana tenía otros pensamientos muy distintos: Esperaba con ansia los relatos de su hermanastro que con el apoyo del armador había comenzado hacer negocios en distintos puntos del Mediterráneo.
Le contaba historias trascurridas en sus viajes, despertando en ella otros mundos. Cuando tenían algo de tiempo y podían estar juntos, le preguntaba por modas y formas de vida diferentes a las de aquel lugar. Entre los dos estaba naciendo un complot para dejar el asentamiento y trasladarse a Edeta Lauro con sus primos, todavía no se atrevían a decírselo a su padre, pero poco a poco iban preparando a su madre para que ésta les ayudase.
Los viajes del hermanastro eran su tapadera ideal, se asfixiaba entre aquellas montañas y quería conocer, como sus primos, más jóvenes de su edad y más lugares a los que viajar.
Ertebas recientemente había realizado una compra de trigo a su tío y a otros vecinos cercanos, colonos romanos, que tenían los mismos excedentes.
Por medio de Policrates había conseguido algunos compradores en Fiumicino y Ostia dos puertos muy importantes de Roma. Éste viaje fue el pretexto ideal para que la joven Edereta marchase de nuevo a Edeta Lauro con él.
Simónides había salido con el grupo de guerrilleros por primera vez, su energía y la pasión que tenía por la batalla le hicieron destacar, no le temblaba la mano en el momento de asestar el golpe mortal, era la rabia acumulada en los años de esclavitud la que afloraba.
Las salidas eran menos frecuentes, bien por la prudencia de Abartamban, quizás por la mayor penetración de las tropas romanas que aconsejaban a los guerreros del oppidum a mantenerse en sus cuarteles.
La quietud que mostraba Abartaban influenciaba en los hombres jóvenes del asentamiento que criticaban su excesiva precaución. Les interesaba la lucha que se desarrollaba en el centro de la península, donde se combatía enérgicamente contra las legiones romanas. La decisión de marcharse se respiraba en el ambiente, querían unirse a los pueblos celtiberos cuanto antes.
Después de la derrota de los turdetanos a manos el cónsul Catón, éste finalizado el saqueo en las provincias del centro, decidió retirarse a los campamentos de invierno en Tarraco con las arcas repletas.
En el centro de la península las tribus se iban levantando en armas (181-179 av.), extendiéndose el levantamiento a la parte nororiental. Roma consciente de la sublevación se puso a la defensiva para tratar de impedir la unión de los celtiberos sobre los extremos de la Meseta que luego más tarde podría extenderse a la Hispania Ulterior.
La rebelión seguía por todo el centro y el oeste, Roma tenía que conseguir frenarla a toda costa, así que mandó tropas para sofocar el levantamiento.
Tras ganar la “batalla del Moncayo” se detuvo la rebelión celtibera, concluyendo con la firma de El Tratado de Graco, que suponía una paz duradera y el compromiso de los celtíberos del valle del Ebro de no edificar ciudades nuevas ni fortificar las existentes
Se había conseguido cierta tranquilidad, las clases dirigentes comenzaron a confraternizar con Roma, pero estos pactos no fueron gratuitos, como había ocurrido con los pueblos conquistados en Iberia, deberían pagar tributos anuales a Roma y un número de hombres, en edad de alistarse, deberían servir en las legiones romanas. La contrapartida era mantener su autonomía, pero sin amurallar sus castros.
Abartamban cuando se enteró de estos cambios se percató que el procedimiento era semejante al empleado, en otras ocasiones, por Escipión.
Ése fue el momento en que los hombres de Abartaban aprovecharon para enrolarse con las guerrillas que habían conseguido librarse del yugo romano, dispuestos a proseguir la lucha.
Más de la mitad de sus soldados, sobre todo los jóvenes, se despidieron del Oppidum tratando de mantener la independencia. Abartamban se daba cuenta que su revolución estaba acabando, el abandono de sus hijos viviendo en Edeta Lauro con su hermano y ahora la despedida del grueso de su ejército, le indicaban claramente el final.
Habló con Naitin del giro que había tomado la guerra y de las pocos soldados que quedarían en el oppidum, solo un grupo reducido de hombres mayores, que al igual que él, habían envejecido sufriendo mutilaciones o enfermedades por la dureza de la guerra. Aquella tarde se sinceró con su mujer haciéndole partícipe de sus pensamientos,
─ Creo que ha llegado el momento de regresar a casa, nuestra contribución a la rebelión esta saldada, es hora de volver y aceptar los hechos, el relevo en esta guerra está en manos de gente más joven, solo me cabe hacer una cosa y quiero tu opinión,─ le dijo desesperanzado.
Naitin después de meditar unos momentos comprendió que tras las heridas había quedado imposibilitado para continuar en la lucha ¡Sí! era el momento de sosegar el espíritu y regresar a sus tierras.
─ Sabes que siempre hemos estado de acuerdo en todo, pienso que en esta ocasión también lo estaremos, ─ dijo Naitin mirándole intrigada.
─ No quiero que los conocimientos que hemos adquirido sobre esta guerra caigan en el olvido, debemos preparar toda la documentación de que disponemos y hacérsela llegar aquellas tribus que ahora luchan en el centro de la península, nuestra experiencia deberá servir a otros,─ la mujer se daba cuenta de la merma de facultades de su esposo y sabía que ese viaje no debía hacerlo, con cariño pero con firmeza le dijo.
─ Tú no estás en disposición de asumir esas enseñanzas tendrás que dejar el legado en manos de los soldados que partirán en breve hacia el interior.─
─ La gente del oppidum no sabe griego y difícilmente podrá trasmitir los conocimientos que encierran estos papiros, solo hay una solución, que Simónides sea el embajador hasta las tierras de Numancia donde mis soldados están uniéndose a los celtiberos. Una vez entregada la documentación regresará y cuando llegue nos iremos todos a Edeta Lauro.
****
Había trascurrido unas semanas desde que Simónides, con los últimos soldados jóvenes, habían abandonado el asentamiento camino del interior, a pesar de su negativa en dejar a sus padres solos.
En el poblado quedaban algunos niños y sus madres acompañados con hombres mayores dedicados a las tareas del campo.
Al principio del verano del año siguiente de batalla del Moncayo, los vigías dieron la alarma en el oppidum cogiendo un tanto desprevenidas a sus gentes.
Los legionarios subían por los collados cubriendo toda la zona de los márgenes del río, en ocasiones trepaban por los acantilados de las orillas al no encontrar los pasos adecuados. Su actitud inquebrantable de seguir, indicaba claramente lo que buscaban…
Cuando las primeras avanzadillas romanas descubrieron el oppidum esperaron al grueso de la cohorte para acercarse hasta él.
Advertidos de antemano y antes de que los romanos llegasen, reunió a todas las mujeres y niños obligándoles a que se escondiesen en aquellos lugares estratégicos que años antes habían preparado. Una caverna camuflada en el paisaje comunicaba la montaña abriendo un camino al otro valle, facilitando a todos escabullirse.
A las pocas horas de haber marchado los niños con sus madres, se situaron los pocos hombres que quedaban en las torres defensivas, las calderas de aceite se pusieron a calentar, bolas de paja del tamaño de una rueda se impregnaron en aceite y brea, enfilaron las balistas desde las troneras, mientras los legionarios tomaban posiciones de ataque.
El tribuno y sus centuriones se adelantaron con un intérprete celtíbero solicitando la presencia del régulo del oppidum, Abartamban asomándose a la torre de la puerta del poblado se dio cuenta que el tribuno que le hablaba era Manio Sexto, un escalofrió le recorrió todo el cuerpo, aquel hombre perseverante estaba frente a frente dispuesto a cobrarse su venganza. Con su muleta y en un buen latín dijo el ibero.
─ Soy Abartamban el jefe entre iguales ¿que desea Roma de este humilde oppidum?─ la voz era conciliadora y la actitud también, así que el tribuno con voz firme dijo desde la parte baja de la muralla:
─ Abrid la ciudadela a mi ejército, estamos necesitados de alimentos y Roma exige a vuestro pueblo parte de comida y hombres para sus legiones─ Abartamban después de mascullar la respuesta le contestó persuasivo desde lo alto del muro.
─ ¿Cuál será la alternativa si no podemos saciar vuestros deseos?, como podéis ver, apenas hay jóvenes y comida ─ dijo Abartamban tratando de encontrar una salida.
El tribuno miró en todas las direcciones de la fortificación esperando ver algún joven, pero en las almenas del oppidum solo había gente vieja y algún tullido como el propio hombre que hablaba, malhumorado por la contrariedad le contestó amenazante.
─ Os doy una hora para que cumpláis mi petición, si en el trascurso de este tiempo no entregáis lo que pido dejaré este lugar como la palma de la mano,─ la amenaza era real, las intenciones hubieran sido las mismas dándole el trigo que no. Las órdenes que traían procedían del alto mando, un chivatazo les había alertado del lugar donde se escondían, los combatientes que tanto dinero estaba costado al estado con sus incursiones, deberían ser aniquilados, y por encima de todo estaba su propia venganza.
Abartamban se dio cuenta de que lo que pretendía el romano era evitar tomar por la fuerza el lugar y preservar sus hombres, después de conseguirlo mataría a todos. Llegar hasta allí con un contingente tan grande no era una cuestión del azar, venían exprofeso a aniquilarlos. Abartamban se dirigió a sus compañeros haciéndoles partícipes de sus sospechas.
─ Creo que es el final de nuestro pueblo, pero no entregaré mi vida de forma gratuita, si quieren el oppidum tendrán que ganárselo, ─aquellos hombres conscientes del final decidieron luchar al lado de su jefe.
Colocó a los hombres que quedaban en los lugares de la muralla más estratégicos, la altura de las paredes apenas tenían treinta codos, su longitud no sería mayor de un estadio, la garganta natural que había formado el río a lo largo de miles de años hacían inexpugnable el lugar por los flancos, sobre aquellos acantilados se hallaban amontonadas piedras de gran tamaño sujetas por empalizadas de madera, unas maromas atadas a los travesaños de sujeción y simplemente tirando de ellas arrojarían todo su contenido por la garganta aplastando aquellos que vinieran desde abajo.
El tribuno miraba preocupado las empalizadas cargadas de piedra que sin duda caerían encima de ellos, tenía muchas dudas en atacar pues sabía que aquel ibero dominaba bien el arte de la guerra, a pesar de los pocos hombres que defendían la fortaleza. Se tomó tiempo para trazar un plan y descubrir algún punto débil en la muralla. Se detuvo el asalto momentáneamente, circunstancia esta que aprovecharon los sitiados para poner los calderos de aceite al borde de la muralla.
Apenas llegaban a los cincuenta hombres, como el espacio era pequeño cubrían sobradamente todas las torres defensivas.
Sonaron las trompas romanas y de repente se cubrió el cielo de flechas, una descarga concentrada en los puntos donde se ocultaban los defensores, fue el principio del asedio. Estos, cuando vieron el ataque, se parapetaron detrás de sus muros, la siguiente andanada de flechas eran incendiarias. Trataba el tribuno, de debilitar las pasarelas de madera que tenían las murallas para su defensa. Los romanos disponían de escaleras de asalto y garfios para trepar por los acantilados, no obstante el miedo le obligaba realizar el ataque por el centro. Las piedras suspendidas en las paredes de los lados eran una amenaza constante.
Los romanos atacaron en grupos de media centuria, aprovechando la protección de los arqueros que no permitían asomar a ningún defensor la cabeza. Trataron de colocar escaleras en la muralla, cuando algunos soldados subían trepando por ellas, de inmediato con grandes pértigas eran separadas las escalas del muro, cayendo los soldados al fondo del barranco.
Abartamban se percató de las bajas que había cuando alguno de los suyos salía fuera de la zona protegida, los arqueros aprovechaban la descubierta para lanzar sus flechas, raro era el que no caía herido o muerto por ellas.
Les indicó que el que trasportase la pértiga fuera protegido por un compañero con escudo oblongo. Esto suponía emplear más hombres de los necesarios.
Apoyada la espalda sobre la pared para mantener las manos libres dirigía los dardos de la balista hacia el grupo de arqueros que tanto daño les estaba haciendo, calculó después de un rato el número de atacantes, serian cerca de quinientos, quizás una cohorte con apoyo de arqueros.
Los intentos de los romanos fueron rechazados una y otra vez. El tribuno finalmente mandó a sus tropas descansar y mantener el asedio en espera de alguna solución. Realizaron grupos de quince arqueros para mantener una constante presión toda la noche y obligar a los defensores a mantenerse en vela, las flechas incendiarias creaban muchos problemas si no se conseguían apagar, las casas escalonadas en terrazas estaban ardiendo por sus techos cubiertos de vegetación, los defensores solo trataban de apagar las partes de madera del muro. A pesar de todo, nadie dormiría aquella noche...
Cuando comenzaron los romanos a montar sus tiendas y encender sus candiles, en la parte baja de la garganta se escuchó los toques de queda, muchos, cansados por el asedio, se echaron a dormir en sus tiendas.
Fue el momento que aprovechó Abartamban para mandar prender las bolas de paja y precipitarlas hacia el barranco, la inclinación del terreno y los saltos que las bolas daban de forma errática impactaron con algunas de las tiendas.
Los romanos no tuvieron más remedio que mantenerse alerta, para salir corriendo en caso de necesidad.
Lo mismo que había pensado Manio Sexto, Abartamban les mandaba de cuando en cuando bolas incendiarias.
Aquella noche de vela le dio tiempo a pensar en aquella guerra que inexorable iba devorando todo, recordaba las palabras de su maestro cuando le previno sobre la guerra y sus resultados, el destino le había jugado una mala pasada colocándole en medio de la pelea de dos colosos que no sabían detener su ambición. Candocles tenía razón, en mi peregrinar solo he conseguido destrucción y muerte, jamás debí involucrarme, pero ahora ya era tarde para cambiar, al menos parte de la familia; su hermano, sus sobrinos y sus hijos tendrían un futuro más aceptable. También pensó en aquellos hombres que como él sacrificarían sus vidas, las razones de ellos eran semejantes a las suyas, más que nunca recordó las palabras de Edecón cuando le dijo: Al menos debemos entregar nuestra sangre para que las generaciones futuras sepan que luchamos por defender estas tierras, por ultimo pensó en su mujer que quedaría sola, pero por lo menos, ella vería crecer a sus nietos.
El asedio duraba tres días y las bajas en el oppidum eran elevadas, apenas había hombres para poder rechazar las escalas, cuando llegó la noche de tercer día, en las sombras, una centuria y arqueros auxiliares silenciosamente bordearon los acantilados que los meandros de rio hacían, en busca de un paso para montarse encima del pueblo, esta maniobra fue oculta a los ojos de los defensores. Al nacer el día escucharon en las partes altas de los acantilados pequeños desprendimientos, Abartamban mandó que los hombres que defendían los flancos retrocediese hasta el centro por miedo a que les lanzase piedras desde arriba, cuándo la claridad del día permitió colocarse de forma estratégica a los romanos, una lluvia de flechas cayó desde lo alto, Abartamban recibió una en la pierna lesionada a pesar de no poder valerse de ella el dolor fue punzante, pero superficial.
Los romanos al ver los flancos desprotegidos y a los que controlaban las piedras colgantes lejos de los mecanismos para arrojarlas, mandaron a un grupo de asalto hacia los flancos de la muralla, Abartamban se dio cuenta de la maniobra y trató de mandar algún hombre a tirar de las sogas de las piedras, al mirar a su alrededor comprobó que los pocos que quedaban en condiciones trataban de defender el centro de la muralla. Cogió la muleta y haciendo caso omiso del dolor, con la mayor celeridad que pudo, recorrió la muralla por su parte baja con el escudo sobre el hombro y la otra mano en la muleta, Las flechas lanzadas desde lo alto de los riscos se clavaban en el escudo y a su alrededor. Llevaba algo más de la mitad del recorrido cuando un dardo le alcanzó en el hombro, cortándole el cuero de la hombrera y parte de la carne, al impacto le obligó a soltar el escudo por el dolor, desesperadamente se lo apoyó encima del casco para aliviar el esfuerzo del brazo que le dolía, renqueando y con el corazón en la boca por el esfuerzo llegó hasta la maroma que accionaba el resorte, miró hacia abajo y pudo distinguir como a los que se habían dirigido hacia los flancos les faltaba poco trecho para colocar las escalas.
Seguía recibiendo sobre el escudo cada vez más dardos y comprendió que para poder tirar de la maroma tendría que dejar la muleta y el escudo apoyado sobre la roca, ató la maroma a la cintura justo en el momento que otra flecha le partía las costillas del costado derecho. Sintió que las fuerzas le abandonaban, el escudo y la muleta rodaron por el suelo perdiendo su protección, solo había en su mente una idea llegar hasta el borde del muro, lentamente, arrastrando su cuerpo a duras penas, consiguió acercarse hasta el borde de la muralla, con el último aliento se precipitó al vacío.
El tribuno pudo ver con estupor como el peso del cuerpo de Abartamban atado por la cintura accionaba los mecanismos que sujetaban las piedras, y como éstas de forma fulminante caían en tropel sobre los desprotegidos soldados romanos de aquel lado de la muralla.
Abartamban no pudo ver el resultado, su cuerpo pendía de la maroma con un ligero vaivén, sus manos colgaban hacia el vacío y su cuerpo desmadejado doblado por la cintura bailaba con un movimiento fúnebre, en su mente, ausente del mundo exterior se iban dibujando algunos sueños de niño iluminados por una brillante luz procedente de su mar que poco a poco se fue apagando.
Los legionarios aun tardaron algunas horas en aniquilar a todos los defensores que prefirieron morir antes de entregarse. El oppidum ardía por los cuatro costados destruyendo todo lo que quedaba, el trigo encerrado en los silos y algunos animales, fue lo único que pudieron llevarse, removieron todo el poblado pero no encontraron a nadie, finalmente el tribuno mandó retirada enfurecido por el exiguo botín que no justificaba la muerte de más de ciento setenta soldados, pero satisfecho por la muerte de aquél enemigo que tantas noches le había quitado el sueño, furibundo mandó dejar el oppidum con los cadáveres de algunos defensores descabezados y clavados en los maderos de las puertas.
Un soldado se acercó hasta el tribuno y preguntó:
─ ¿Qué hacemos con el cojo que cuelga del risco al lado del muro?─ el tribuno miró de soslayo y dijo:
─ Dejar que se pudra y se lo coman los buitres─.
EPILOGO

Cuando los soldados romanos dejaron el lugar y solo ardían los rescoldos. Prudentemente regresaron los niños y las mujeres con los vigías que se habían escondido. Al ver la debacle, ansiosos buscaban a sus seres queridos, llenándose el valle de gritos y lamentos de dolor, al encontrarlos muertos.
Naitin tuvo que descolgar el cuerpo de Abartamban con gran dificultad, ya en tierra lloraba en silencio sin consuelo, lentamente comenzó a lavar las heridas del cuerpo con los ojos anegados en lágrimas, y mientras ungía su cadáver con aceite. En un tono de reproche le dijo, aunque éste ya no podía oírla:
─ Insensato quisiste luchar tu solo contra todos los invasores, a sabiendas que esta guerra estaba perdida, esperó que este sacrificio haya servido para algo…ahora me dejas sola en esta lucha sin esperanzas, solo me queda tu recuerdo al que seguiré aferrada como el primer día que te vi, ─ lentamente fue reuniendo leña para incinerar sus restos, después con la ayuda de otras mujeres colocaron el cadáver sobre la pira y lo prendieron fuego.
Durante los días siguientes, en espera de su hijo, lloraba desconsolada sin separarse de los restos de su marido.
Finalmente regresó Simónides, cuando el joven vio lo ocurrido juró delante de sus restos vengar su muerte, pero Naitin cogiéndole las manos le dijo:
─ Basta de odios y venganzas, esta familia ya ha pagado un alto precio en vidas para que ahora tú también pierdas la tuya. Tu padre solo pensaba en ti, estaba obsesionado por tu libertad, ¿quieres echarlo todo a perder ahora?─
El joven bajó la cabeza y no dijo nada, recogieron los restos, descendiendo con la urna hasta la costa, para enterrarlos con sus antepasados.
La comitiva trasportando las cenizas se detuvo en la cueva donde los antepasados de Abartamban descansaban, además de la familia, acompañando sus cenizas, un grupo de amigos y vecinos se unieron a ellos. El régulo Edecon y los antiguos compañeros de armas clavaron sus lanzas alrededor del túmulo en señal de valor, Policrates y su esposa también quisieron despedirse de él. Sus tres hijos custodiando a su madre dejaron la falcata con el resto de exvotos, cuando todo parecía haber terminado Edereta entre sollozos tomando conciencia del gran sacrificio de su padre y la gran devoción que sentía por él, gritó al viento esta promesa:
─ Juro ante los dioses que mi sangre servirá para regar los surcos de estas tierras y conseguir que germinen hombres, como tú, dispuestos a defender la libertad de nuestro pueblo, con la esperanza que jamás se extinga ese valor y perdure en las generaciones venideras.─
Con otras banderas y otras costumbres pero en definitiva en la misma tierra, aquel nuevo mundo más refinado y moderno que les había sometido, les permitió rezar a sus antepasados y conservar sus costumbres...
Sin duda había muerto uno de los últimos defensores de la libertad del pueblo ibero, que no fue el único, pero lo cierto es que a Roma le costó muchos años conquistar la península gracias al sacrificio de estos hombres que tenían grabados en sus genes la necesidad de ser libres ante todo.
El sentido combativo de aquella raza era admirada por sus propios enemigos, que sin dudarlo los emplearon en sus ejércitos por su valentía en la lucha.
El imperio estaba decidido a invadir totalmente la península y la guerra se había trasladado a otros pueblos. La conquista de Iberia había terminado después de más de cincuenta años de asedio, ante el mayor ejército del mundo. Ahora las tribus de arévacos, belos, titos, lusones, cántabros, vacceos y lusitanos, en definitiva celtas y celtiberos de toda la península estaban tomando las armas para defenderse del invasor.

FIN

    Fecha y hora actual: Sáb 15 Dic - 3:12