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La forja del alma C.1º

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Alberto Sanchez
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Masculino Valencia

La forja del alma C.1º

Mensaje por Alberto Sanchez el Vie 8 Dic - 2:39

Capítulo 1º
La casa de costura

Al final de los años cincuenta, después de una posguerra truculenta, los barrios periféricos de Madrid comenzaban a crecer arrastrados por el auge frenético de la construcción; retomando el plan de ensanche, que D. Carlos María Castro  proyectó  en 1846 interrumpido por la guerra civil.
El distrito de Tetuán, al norte de Madrid, fue uno de los más afectados por la fiebre constructora. Ésta parte de la villa, que  ahora es una de las zonas más modernas, a comienzos de los cincuenta, solo era un dédalo de chabolas, fincas rurales, campo en barbecho y huertas minifundistas, de labradores que se aferraban a su tierra, a pesar de la pujante construcción.
Tetuán, como otros pueblos limítrofes a Madrid había crecido con la gente que migraba, desde las zonas deprimidas del campo.
Nuestras vidas transcurrieron en aquellas barriadas, donde un número elevado de personas trataban de prosperar tras la cruel guerra fratricida que dejó en la más absoluta pobreza a miles de familias.
Está claro que en los lugares más miserables también nacen almas nobles y gente de bien, seguramente influenciados por la necesidad de sobrevivir en medio de todo el «lodo» que reinaba en los arrabales marginados.
Las viviendas de aquella zona de Tetuán  eran las típicas de los pueblos periféricos a Madrid. El nacimiento de esta urbe se debió al asentamiento de soldados en los campos de Amaniel procedentes de la guerra de África de mil ochocientos sesenta.
Por falta de destino fueron acantonadas las tropas en las praderas cercanas al canal del mismo nombre. Tras prolongarse la estancia, dio origen a corrales para animales, casamatas y pequeños huertos, donde comerciantes ambulantes se fueron asentando cercanos  la falsa carretera de Francia.
Pasados muchos años habían desaparecido las tropas manteniéndose, a través del tiempo, solo los cuarteles de la Remonta cercanos a la plaza de Castilla. Las casas que albergaban los militares se quedaron vacías y poco a poco fueron acogiendo a la migración del campo y a los que la guerra había desahuciado de sus lugares naturales.
Lo  común eran familias viviendo en una  o dos habitaciones y cocina con un solo retrete  para cada seis u ocho hogares. Otras eran casas de campo como la mía, rodeadas por chabolas que habían nacido a sus orillas.
Los emigrantes venían de las zonas más deprimidas de España, gentes que en su mayoría llegaban cargando sus enseres en carros desvencijados procedente del sur de España, buscando oportunidades en la ciudad.
Las casas no tenían  agua, ni alcantarillado, las calles estaban sin asfaltar. Por medio de ellas cuando llovía se formaban pequeños arroyos, no siempre limpios, dejando un fétido olor por doquier. Para conseguir el agua potable había que acudir a las fuentes públicas que por su escasez formaban colas interminables de vecinos con cubos o pequeños bidones acoplados a carretillas.
Montañas de basura sustituían antiguos campos de cultivo abandonados. Sobre los basureros, los más humildes, los sin trabajo, escarbaban entre las cenizas en busca del carbón  que todavía servía para un segundo uso. Las mondas de las patatas y las frutas en descarado proceso de putrefacción servían para comer debidamente cocidas. Cualquier alimento desechado permitía aplacar un poco la hambruna que había dejado tan cruel contienda.
Durante los primeros años de posguerra en aquellos suburbios, la única preocupación era conseguir comida, pero según trascurrió el tiempo los días de hambruna dejaron pasó a otras actividades más lúdicas.
Los fines de semana, la pandilla del barrio, cuando había partido de futbol, caminábamos hasta las tapias del campo del Real Madrid y subidos a los terraplenes de la carretera de Maudes poder ver el enfrentamiento.
Los que eran aficionados al Atlético de Madrid tenían que caminar mucho más, hasta llegar al Metropolitano en Reina Victoria.
La vida en el barrio transcurría de puertas afuera, se ayudaban las familias unas a otros en medio de la pobreza, cuando el buen tiempo lo permitía, salíamos de las  casas a tomar el fresco, sentados en pequeños taburetes huyendo del calor sofocante de las viviendas, donde la única protección entre el sol y las personas eran las tejas y en algunos casos, los menos, tenían el techo de cañizo enlucido con yeso. La chiquillería jugaba dando patadas a un trapo con forma de pelotas en los campos en barbecho, se hacían orificios en el suelo para jugar a las canicas, las chicas a la taba, y los más mayorcitos colocando algunos céntimos en un círculo para  sacarlo tirando el peón.
Todos los críos acudíamos al colegio estatal de Emilio Castelar, en la calle Infanta Mercedes, donde la segunda república había hecho un alarde de modernidad, incluyendo entre sus instalaciones una piscina cubierta. Tras mi infancia me sacaron de este colegio y me cambiaron a  los Salesianos de Estrecho, otros muchachos habían conseguido plaza en el instituto Virgen de la Paloma, como tu padre, donde se aprendían diferentes oficios.
Era frecuente que los fines de semana con algunos vecinos de mi edad saliéramos al centro de Madrid. Casi siempre terminábamos entrando en algún cine de la avenida José Antonio, donde nuestro ego nos hacía sentir que pertenecíamos a otra clase social diferente.
Aquellas salidas nos  hacían olvidar nuestra  miseria por unas horas. Al regreso, la pertinaz realidad  se imponía de nuevo, era el mundo de los perdedores, el de los trabajos de más riesgo en la construcción, subidos en andamios de madera sin seguridad alguna, el de los que rebuscando el hierro de las basuras que vendían al chatarrero por tres reales, el de los que con mucha suerte habían conseguido un sueldo de poceros, gentes de la farándula donde malvivían en espectáculos callejeros tragando sables o comiendo vidrio, algunos haciendo el número de la cabra, vareadores de colchones de lana, y vendedores ambulantes con sus carros repletos de mercancías, así, un sinfín de trabajos marginales mal pagados que solo dejaban soñar  con épocas mejores.
Algunos domingos se formaban reuniones en las casas de algunos amigos del barrio de Estrecho, donde la miseria tenía una cara más amable, calles empedradas, viviendas con servicios y agua corriente, patios donde se cultivaban flores. Todo esto solo cruzando la calle Bravo Murillo camino de Estrecho. Algunos amigos, en las plantas bajas de su vivienda hacían reuniones con chicas de nuestra edad.
Se hacía un fondo común y se compraba refrescos y preparábamos sangría. La música del  tocadiscos pertenecía algún joven de cierta posición, así como los vinilos que todos los fines de semana sonaba reiteradamente: Dúo Dinámico, Renato Salvatore, Pool Anca, Mina, y otros más.
Las tardes trascurrían en una buena armonía, los chicos buscaban a las jóvenes más ardientes, y si era posible, un ligero roce fortuito  daba un poco de alegría al fin de semana.
Las chicas soñaban con encontrar novio en medio de aquel revuelo, hacían corrillos  sacando defectos y ensalzando virtudes de los que acudíamos. A los más morbosos los arrinconaban para evitar que las metiesen mano y a los tímidos les quedaba el recurso de salir a fumar al patio.
De regreso, para acortar el camino, cruzábamos por las paredes del  «Rancho Grande», un gueto donde la miseria todavía era mayor, oculta tras una muralla de ladrillos en donde vivían hacinados aquellas gentes. El tesón del párroco de Santa María Micaela  había forzado al gobierno a dar asilo a los que habían luchado en el bando contrario.
En aquel esperpéntico poblado se mezclaban con los derrotados; ladrones, ex convictos y  mujeres de vida fácil, que no era tan fácil en aquellos tiempos, ocultos a la vista de la ciudadanía.
Algunos vecinos  de más o menos mi edad habían conocido la montaña y de forma espontánea hablaban de relatos apasionantes, donde el simple hecho de salir fuera de Madrid daba a sus palabras cierto aire aventurero.
Estas historias nos dejaban  boquiabiertos a los amigos. Al escucharlas, sentía la sensación de descubrir mundos desconocidos que parecían mucho más interesantes que la rutina del día a día.
Cerca de mi casa vivía Manolo, de mi edad, amigo desde siempre y compañero en las salidas del fin de semana. Era  el vecino más ameno, me atraía por sus historias de montaña, no vividas personalmente, pero en su casa, las escuchaba en boca de sus hermanos  mayores.  Las aventuras  llegaban hasta nosotros con un halo de fantasía que las hacia irresistibles.
Los dos mayores formaban cordada con  Julián, tu padre,  vecino contiguo dos o tres años mayor que yo, los tres frecuentaban la montaña, sus relatos de escaladas, sus excursiones en la nieve y sus historias en el monte, dejaban volar nuestra imaginación.
Siempre que podía acudía a su casa y escuchaba los relatos de las últimas excursiones.
Manolo, a veces los acompañaba, pero no era lo habitual, su pasión por la montaña estaba influenciada por lo que oía a sus hermanos, pero con el tiempo se desentendió de ellos y su vida siguió derroteros distintos. Su verdadero interés eran los viajes, conocer lugares nuevos, gentes y ciudades distintas, circunstancias que la montaña satisfacía en parte, pero no plenamente. Años más tarde, emigró a Estados Unidos tratando de buscarse la vida como soldador en la construcción de estructuras de acero en los rascacielos.
Los viernes por la tarde acudía a casa de Manolo para ver los preparativos de sus hermanos, donde: las cuerdas, mosquetones, clavijas y otros pertrechos eran habituales.
Les oía hablar con admiración de los lugares donde se dirigían, «sentía una sana envidia de ellos». Les interrumpía con mis constantes preguntas. Sin darme cuenta me extralimitaba, quizás más de lo debido y a pesar de ello, siempre fueron agradables.
Un día Julián  me convidó a visitar a unos amigos suyos muy aficionados a la montaña. Su vivienda estaba en la misma calle de Bravo Murillo, a pocos metros del antiguo ayuntamiento de Tetuán. Situada en una finca de varias alturas: en el primer piso estaba el negocio y en el segundo la vivienda. Se fabricaban monos para las empresas y batas de trabajo, la zona de corte se encontraba ubicada junto en los ventanales de la calle y en la parte interior, las máquinas de coser industriales no paraban su actividad hasta el finalizar la jornada.
La casa y el taller se veían bien montados pero sin lujos, sin duda el negocio era lucrativo.
Tu padre me presentó aquella familia: Amelia la hermana mayor, una mujer madura de unos treinta a treinta y dos años, de piel ligeramente tostada por el sol y de complexión atlética.  El rostro no destacaba por su belleza, pero sus ojos negros,  grandes,  tremendamente profundos, trasmitían con su agradable sonrisa una sensación afectiva que imprimía un halo de serenidad y confianza a quien la contemplaba.
Carlos, el  mayor de los hombres, tenía ciertos rasgos comunes. Su carácter, más serio, le daba como así era,  mando y concisión en el  trato. Recaí sobre sus espaldas la dirección del negocio.
Rosa, la hermana menor, tendría dieciocho años, sus facciones recordaban a los hermanos, pero su rostro era de gran belleza. La figura algo más alta que Amelia y de movimientos felinos, adquiridos en la práctica del esquí. La atracción de la joven aceleraba el corazón de los que la mirábamos. Transmitían una gran seducción, su carácter también afable y exento de tontería parecía la tarjeta de visita de la familia, pero algo más distante que Amelia.
Emilio, el benjamín, era de nuestra edad entre los quince o diez y siete años, superficial y volátil muy propio en los jóvenes que se habían criado sin problemas. Por ultimo Ramón el marido de Amelia, un hombre más joven que ella recordaba en su trato, más  a un soltero inhibido, que a un marido comprometido.
 Al poco rato fueron acudiendo más gente convirtiendo el taller en una tertulia. Me presentaron a todos y en pocos minutos me encontré en medio de historias de montañismo de lo más variopinto. Se hablaba de lugares remotos y todos ellos desconocidos para mí, siempre relacionadas con el deporte de la montaña. Algunos de los contertulios eran principiantes que frecuentaban la montaña bajo la tutela de  los componentes de aquel grupo, con estos, me era más  fácil comunicarme.
En aquella reunión contaban historias y describían escaladas, que llegaban a mis oídos como hazañas casi imposibles.
Los días que siguieron se me hicieron largos, estaba deseando que llegara el viernes por la tarde, para retomar todo aquel ambiente que sin duda me había subyugado.
Las reuniones tenían como misión principal citarse para las excursiones del fin de semana y concertar  los materiales que se necesitaban. También se comentaban las últimas noticias en el mundo del alpinismo, sobre todo de los entrenamientos para la expedición Española a los Andes, del material de esquí de fondo para la temporada que se avecinaba.
Conocí a Pedro Gómez que tenía el taller de costura un poco más arriba y  era amigo de ellos, «años más tarde fue mi profesor de esquí de fondo y el de tu padre antes».
De todo aquello era testigo mudo, mis conocimientos del tema eran tan limitados que al principio me costaba trabajo entender el argot.
Amelia tan sensible para todo, bajaba hasta mi mundo para aclararme algunas cosas, el resto me veían como algo más del mobiliario.
Repetí la experiencia  acudiendo  además de los viernes, los  martes por la tarde, cuando su jornada laboral había terminado y se comentaban las actividades vividas el fin de semana.
Sin darme cuenta fui emborrachándome del ambiente, en aquellas reuniones conocí a otros montañeros y también a otros neófitos como yo, todos y cada uno éramos bien recibidos.
Se vivía la montaña con mayúsculas, aunque la escalada era el plato fuerte, revistas extranjeras difíciles de encontrar  estaban a disposición de quien quisiera verlas. En ellas se hablaba de los Gastón Rebufa,  de Walter Bonatti, de Maurice Herzog, Terray y otros muchos alpinistas que estaban en lo más alto.
Carlos, el mayor, pertenecía al Club Alpino y sus actividades eran muy destacadas.
En silencio escuchaba a los contertulios  e iba educándome en aquel mundo que hasta entonces había sido desconocida para mí.
Quiero destacar que a pesar de los  cortos conocimientos que tenía sobre el tema había algo evidente: la atracción que ejercía la montaña entre aquellas gentes, sobrepasaba los límites de lo puramente deportivo, para convertirse en una  forma vida.
Al poco tiempo regresé a la casa de costura, siempre tratando de encontrar un pretexto, me abordo Amelia bastante seria y me dijo:
— ¿Que, no te aburres de escucharnos hablar de la montaña?
Se quedó esperando mi respuesta, mi contestación fue espontánea y sin meditarlo le dije:
—Estoy entusiasmado con vuestras historias y siento envidia sana por no poder participar, lo veo tan lejano y difícil.
—Creo que es el momento para que tengas una toma de contacto con la montaña. El domingo mí hermana y yo queremos ir a la Pedriza y subir a la Cueva de la Mora, díselo a Manolo y os venís con nosotras.
Salí del taller entusiasmado y sin pérdida de tiempo fui a casa de mi vecino para comunicárselo.
Toda la semana la dediqué a preparar las cosas más necesarias, el macuto me lo dejó José, el hermano mediano de Manolo, las botas, unas del ejército que las fabricaba Segarra con la suela de goma, las heredé de  mi hermano. De un pantalón viejo de pana lo transformé en unos bábaros, cosiéndolo con la máquina de mi madre.
Bueno, pasé toda la tarde del sábado velando armas, o lo que es lo mismo, repasando todas las cosas que debía llevar y aquellas que no.
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Zara Mei
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Re: La forja del alma C.1º

Mensaje por Zara Mei el Dom 10 Dic - 14:57


Curiosidad y entusiasmo en extremo son lo coponentes intensos de éste relato que va identificando a los actores con nombre propio y una aventura muy proxima a empezar.....

Zara Mei





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VienTos
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Re: La forja del alma C.1º

Mensaje por VienTos el Vie 5 Ene - 12:55

También yo soy un neófito en el mundo del montañismo, pero vaya que que tengo abiertas las puertas de la curiosidad, seguiré..... Felices Fiestas de Epifanía del Señor.
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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

Felicitaciones

Mensaje por Alberto Sanchez el Dom 7 Ene - 3:01

Gracias que tengas también un buen año.

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Re: La forja del alma C.1º

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