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La forja del alma. C 2º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma. C 2º

Mensaje por Alberto Sanchez el Dom 10 Dic - 3:09

Capitulo 2º
La primera salida al monte

 Quedamos en la Plaza Castilla a las siete de la mañana, el lugar donde salían los autocares de línea para todos los pueblos de la zona de la sierra: A Colmenar, Manzanares el Real, Mira flores, Guadalis, Soto del Real, etcétera.
 Por la ventanilla me comía el paisaje con la vista hasta llegar a Manzanares, la carretera de tierra que llegaba al Tranco se me hizo corta, al andar por ella sentía las fragancias que emanaban del monte: los romeros con su olor refrescante, el tomillo y el espliego con aromas más sutiles, pero por encima e  invadiéndolo todo, la esencia dulzona de la jara. El camino terminó ante la barrera imponente de la Pedriza e iniciamos la subida entre un dédalo de rocas, la trocha fue buscando la garganta que daba paso al río, sus aguas saltaban enfurecidas a través de bloques ciclópeos de granito y en aquellas rocas alisadas por la erosión, algunos excursionistas se tumbaban al sol en espera del baño.
 Fuimos tomando altura, de cuando en cuando, Amelia, se paraba para ilustrarnos  sobre el lugar,  su voz, dejaba entrever el júbilo propio del que muestra las cosas que le ilusionan. Trasmitía tal cúmulo de sensaciones que difícilmente podía abstraerme de sus enseñanzas.
 El sendero desembocó en un valle abierto, llamado Canto Cochino, las aguas por este valle fluían más tranquilas, al mirar hacia arriba pude vislumbrar las cumbres que daban origen al rio Manzanares, donde se despeñaban sus aguas nacidas en el Ventisquero de la Condesa situado en las laderas de la Bola del Mundo, otras fluían desde Cabezas de Hierro y  La Maliciosa,  el resto se deslizaban por las pendientes de  Cuerda Larga que se fundía con La Pedriza posterior.
 Destiladas por el sol, las pequeñas placas de nieve que todavía  perduraban desde el  extinto invierno, eran entre todas ellas, las que daban origen al río Manzanares.
 Hacia el noroeste se abría un valle angosto jalonado por una sucesión de crestas imponentes, descubriéndome por primera vez mi insignificancia, estas cadenas de rocas  encauzaban las aguas vivas de La Majadilla, engrosado por  los regatos que bajaban de La Desilla.
 Amelia, describía con todo lujo de detalles el nombre de cada una de sus cumbres, de sus collados y riscales, de sus pequeñas flores, de los helechos, cantuesos, brezos, tomillos y romeros.
 Nuestros pasos se encaminaron por el sendero paralelo a las aguas de la Majadilla, pasamos por la charca de Kindelan, donde algunos montañeros descansaban. En medio del valle se erguía la colosal silueta del Risco del Pájaro que como la proa de  barco dividía las dos vertientes,  hacia el norte  el risco del Cocodrilo, La Torres y  el collado de Santillana y al este el de La Desilla, La Maza, El Yelmo y El Acebo entre otros.
 A la altura del refugio de Giner de Los Ríos  se erguían las paredes de la Cueva de la Mora lugar donde se dirigieron nuestros pasos. Al pasar por el refugio, veteranos tostados por el sol nos saludaron efusivamente.
 Nos esperaba la subida a la Cueva de la Mora, en su base, hierbas de tallo largo y flores de pequeño tamaño entre los helechos, la pared lisa como el jabón se elevaba sobre el terreno. Enfrente nuestro  los riscos del Cancho de Los Muertos y a su derecha el camino bien definido del collado Cabrón. Este roquedo craquelado por la erosión, le precedía  una historia trágica: «Contaban que ciertos bandoleros  por una  joven prisionera, entraron en  disputa, en medio de la refriega cayeron despeñándose por sus laderas».
 Rosa que abría la marcha, nos condujo hasta la mismísima base de la pared.
Aquella granítica montaña de dimensiones gigantesca ligeramente acostada y lisa como la palma de la mano estaba surcada por una grieta profunda que dividía su superficie a modo de  cicatriz, la grieta  se prolongaba hacia la izquierda, de algo más de medio metro de hondo, al parecer era el lugar desde donde se comenzaba la trepada hacia la cueva, a nuestra derecha las paredes de Peña Sirio y por encima de nuestras cabezas, bastantes metros más arriba, un profundo hueco cubierto por un árbol tapaba la célebre Cueva de La Mora.
 Antes de empezar, formando corro, escuchamos atentamente las enseñanzas de Amelia. De forma pausada y concreta, fue recitándonos el abecé de la escalada:
 — En primer lugar lo más importante en la montaña es disfrutar de ella, tanto, cuanto sea posible, no venimos aquí a jugarnos la vida, ni la nuestra ni la de los demás, por tanto nuestra obligación es mantener un código ético que evite las  negligencias. Hay que pensar que la ley de la gravedad nos puede jugar una mala pasada, por lo cual, toda piedra suelta puede precipitarse al vacío, consecuentemente tendremos que asegurarnos de que no caiga, ajustándola en el primer hueco posible, en el caso que de forma fortuita cayera alguna, se daría el grito de ¡Piedra va!  Aunque creamos que no hay alguien debajo, podría pasar sin nosotros saberlo.
 »Las manos y los brazos solo harán fuerza para izarnos en un momento determinado, el peso del cuerpo será siempre sustentado por los pies. Las rodillas no deben ser utilizadas salvo en contadas ocasiones, el hacerlo frecuentemente nos desequilibrara, sacando el punto de gravedad de la perpendicular de la pared haciéndonos perder el equilibrio.
 De esta forma fue poco a poco ilustrándonos, sobre todo, en lo concerniente a la seguridad, y como colofón final recuerdo aquellas palabras como si fuesen dichas ahora: «La escalada es dura, forma nuestro físico y de manera especial nuestra voluntad, nos ayuda a superar nuestros miedos y genera satisfacción por los logros conseguidos».
 La bajada fue otro mal trago, quiero pensar que más que en la subida, estuve en varias ocasiones a punto de llegar a la histeria, pero tengo que añadir que una vez en tierra,  sentí dentro de mí, cierto orgullo, por haber superado aquel obstáculo en mi primera salida a la montaña. Vencí finalmente el miedo visceral que a punto estuvo de paralizarme, sobre todo al mirar abajo y ver aquel precipicio gigantesco.

 «A lo largo de los años que practiqué la  escalada esta doble sensación se ha manifestado, unas veces con más intensidad y otros menos. Nunca dejé del todo, mis miedos, pero sí que fue en aumento la autoestima por la superación de las dificultades».
 De esta forma, aprendí a combatir las adversidades, arraigando dentro de mí como algo común, luego, más tarde, cuando la vida me fue poniendo zancadillas, este hábito convirtió los problemas de la vida en un reto más, como subir a la Cueva de la Mora.
 Bajamos hasta el refugio con paso ligero. La confianza en los movimientos había mejorado. En pocos minutos estábamos en el río, en la charca de Kindelan, donde algunos montañeros tomaban el baño a pesar de las aguas frías que bajaban de los deshielos.
 José y Julián  con Ramón el marido de Amelia,  habían salido el día antes para poder aprovechar mejor el tiempo, los tres formaban cordada y era habitual que escalaran juntos, se encontraba metidos en la apertura de una vía nueva, en un lugar que resultaba entonces desconocido para mí, «el Risco del Cocodrilo».
 Amelia y Rosa se colocaron el bañador dispuestas a tomar el Sol. Rosa lucía una figura espectacular, seguro que fue el imán de todas las miradas, Amelia más discreta estaba dotada de un cuerpo atlético que le confería unos movimientos armoniosos. Me limité a ponerme a la sombra admirando el lugar, mientras que Manolo se zambullía una y otra vez en la charca, tirándose desde la piedra que servía de trampolín justo donde se formaba la pequeña cascada.
 Pasó el tiempo, sin apenas darme cuenta, la atracción del lugar me ofrecía tal cumulo de sensaciones que apenas podía retener en mi cabeza lo que me rodeaba.
 Después de algún tiempo llegaron  con buen paso y cierto ruido de clavijas hasta la charca, Julián, José y el esposo de Amelia, que los recibió alegremente, mientras intercambiaban eufóricamente los incidentes de su escalada. Se refrescaron en el agua cristalina donde en aquellos años todavía era posible beber sin miedo a contaminaciones. José muy decidido se metió en la poza animado por su hermano. Julián  más pausado se sentó a mi lado, me preguntó cómo me había ido y trato de  animarme a seguir a pesar de mi torpeza en la subida de la Cueva. Había algo en él que irradiaba tranquilidad.
 Nos sentamos todos a comer, sacamos cada uno lo que llevábamos y en medio de una charla agradable  donde se gastaban bromas mezcladas con los relatos más puntuales de la jornada, se dio buena cuenta del almuerzo.
 Pasado algún tiempo descansando, Julián me sugirió tomar algunas clases de escalada práctica, en los riscos que jalonaban el camino. Su pericia era impresionante, con soltura sobre la roca me fue demostrando como superar las dificultades de la subida, mi torpeza fue paulatinamente depurada con absoluta paciencia y poco apoco nació una gran amistad con aquel hombre que después de haber vivido tantos años en el mismo lugar, era aquí, tan lejos de nuestras casas, donde realmente nos conocimos.
 Me hablaba con admiración de aquella familia que sin interés crematístico alguno, nos había acogido a todos los que frecuentábamos la casa de costura, en sus palabras había tanta sinceridad que su voz se quebró por unos instantes.
 — ¡Mira  a tu alrededor! ¿¡No ves la belleza en estas montañas!?, siempre que salgo y lo comparo con nuestro barrio… Aumenta más si cabe mi admiración, dejar atrás  aquella miseria solo con viajar unos kilómetros, es como una especie de cuento de hadas.
 »Ya no son solo los paisajes, si no las gentes con las que convives, aquí las diferencias sociales se olvidan, todos somos amantes de la montaña y la única pretensión es la de superarse a sí mismo.
 Dejamos nuestra conversación y nos unimos al grupo.
Aquella fue la primera vez que Julián se había sincerado conmigo, entre ambos nació un gran amistad a pesar que nuestros  caminos en la montaña fueron por derroteros distintos, siempre que nos veíamos aprovechábamos para contarnos los acontecimientos más significativos, tanto en el terreno mundano como en el privado.
***
 Habían pasado algunos años y mi vida laboral fue evolucionando sometida a los avatares propios de la profesión. La joyería por aquellos años disfrutaba de buena salud. Los ganadores de la contienda civil medraban en una España que muy lentamente se recuperaba. Sus esposas solicitaban joyas originales acordes a su nuevo rango social e influenciaban en nuestro gremio con una demanda creciente de trabajo. Me había convertido en un buen oficial a pesar de mi corta edad, fue una suerte aprender en aquel taller, que al parecer, y después lo pude confirmar, era de los mejores de Madrid.
 Las horas extra eran abrumadoras, algunos días llegábamos a trabajar dos días seguidos con sus noches. Mis ingresos eran cuantiosos teniendo en cuenta los sueldos que corrían. Esto me permitía salir a la montaña todos los fines de semana y haber conseguido un buen equipo de montaña.
Julián trabajaba de chapista en la fábrica de motos Isocar y por la tarde, después de la jornada laboral realizaba trabajos extra en un pequeño sótano que habían alquilado entre varios compañeros del trabajo.
 Le solía visitar en aquel agujero, habían instalado un pequeño taller con lo más elemental, pero con el utillaje y herramientas necesarias cedidas por la empresa. En medio de cierto caos, montañas de faros de motos iban tomando forma a fuerza de forjar cada uno de ellos.
Solía visitarle en el sótano procurando no molestarles en su frenética actividad. A veces, con su permiso, me preparaba pequeños instrumentos de escalada,   clavijas de hierro aprovechando pequeños trozos de pletina o tacos de madera para las fisuras más grandes.
Les veía trabajar con tal intensidad que más parecía el principio de la jornada que las once o las doce de la noche.
 Al comparar mi trabajo con el suyo, no tenía más remedio que considerarme afortunado. En ocasiones, les echaba una mano embutiendo con una prensa manual  alguno de los componentes. Esta faena reiterativa, pasadas unas horas terminaba siendo agotadora.
 El lugar pequeño y poco ventilado, en verano, hacía que el trabajo fuese sofocante, en invierno, demasiado húmedo. Viéndoles me imaginaba los trabajos de la mina y los de  otros oficios, donde las condiciones eran infrahumanas.
 Comentábamos en ocasiones, cuando nos veíamos en la montaña, la suerte que sería vivir y trabajar en aquel ambiente, donde nuestros pensamientos volaban hacia sitios remotos, donde nos esperaban montañas inéditas y lugares no explorados.
 Pertenecía al Club Cumbres, donde me había forjado como montañero, durante algunos años, este club humilde ha sido el germen de un gran número de buenos alpinistas, que a través del tiempo fueron absorbidos por otros más poderosos, como deportistas destacados.
 Los dos habíamos terminado siendo socios del Alpino, Julián entró unos años antes que yo, fue él quien facilitó mi acceso cuando mi historial deportivo fue la suficiente amplio, la presentación requería la firma de dos socios, él y Amelia me avalaron.
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Zara Mei
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Re: La forja del alma. C 2º

Mensaje por Zara Mei el Dom 10 Dic - 15:30


Conociendo los lugares y sus cuatro puntos cardinales, luego una insrucción fructífera de emfrentar los obstáculos de la vida como si fueran los que ofreciera la montaña y en el trajin de los acontecimientos iría germinando de a pocos la amistad entre algunos personajes de éste segundo capítulo...

Zara Mei





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VienTos
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Re: La forja del alma. C 2º

Mensaje por VienTos el Vie 26 Ene - 11:37

A todas luces, un mundo diferente el del montañero, la belleza de las montañas...impresionante y agradable, único lugar donde el ser humano entra en comunión consigo mismo con cable a tierra
Me gusto visitarlo  

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Re: La forja del alma. C 2º

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