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La forja del alma C.3º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C.3º

Mensaje por Alberto Sanchez el Lun 11 Dic - 6:00

Capítulo 3º
1ª  expedición española a los Andes
Mi padre comenzaba a ver toda aquella afición a la montaña con recelo, su mayor preocupación se despertó al ver por casa el material de escalada, alertándole de lo que estaba haciendo.
Según se iba percatando de mis actividades comenzó a inquietarse, no veía con buenos ojos mi afición y después de algunas charlas, pude, a duras penas, convencerle de que no había riesgo alguno. Se sentía contrariado y sutilmente vigilaba mis pasos y mis amistades. La pérdida de mi madre le había influenciado mucho y se sentía en la necesidad  de protegerme, quizás en exceso a pesar de mi edad, cercana a los dieciocho  años.
Las personas que más amistad tenían con nosotros era la familia de Rafael Anglada. Habían permanecido juntos los dos matrimonios, desde los comienzos de la guerra y prácticamente desde que tuve uso de razón, ellos eran parte de la familia. Vivian enfrente nuestro, sus hijos y yo nos tratábamos como primos. Muchos días comían en casa y nosotros en la suya.
Mi padre tratando de persuadirme del asunto de la escalada, y con la mejor  intención del mundo insistió que el viernes por la tarde fuese a merendar a casa de los Anglada...
No era muy habitual aquella merienda, muchos días, cuando no había nadie en casa, pasaba a la suya sin necesidad de invitación.
Toqué a la puerta y mi tía Mercedes me abrió.
—Pasa Alberto.
Con sorpresa me di cuenta que tenían invitados, hice ademan de marcharme, pero escuché la voz de mi padre  desde el comedor, y pasé.
—Mira quiero presentarte a un sobrino de Rafael— dijo mi padre, señalando aquel hombre de cerca de treinta años, muy alto y delgado, con el pelo totalmente blanco, el rostro bronceado y la nariz y la frente con pequeñas descamaciones al mudar la piel. Se levantó para estrecharme la mano.
—Me llamo Antonio Pérez  Ayuso y soy sobrino de  Rafael Anglada.
—Mucho gusto— y le devolví el saludo.
Mi tío Rafael, tratando de dar cierto aire casual al encuentro  me dijo:
—Mira, Antonio, ha regresado de los Andes hace poco y como tú, es alpinista— lo dijo un tanto animado para que entre los dos hubiese cierta afinidad.
Mi respuesta no se hizo esperar y con toda la sinceridad de la que fui capaz, le contesté al percatarme que delante de mí estaba uno de los mejores alpinistas de España:
—Bueno mis actividades en la montaña son pequeños incursiones, no creo que lo que hago sea comparable, con nada de lo que Antonio práctica.
—¿Con quién sales a la montaña?— me preguntó Ayuso mostrando cierto interés por mí.
—Hace poco tiempo que pertenezco al Alpino y mis mentores son Julián y Amelia de la casa de costura.
—Son buena gente, ellos te ayudaran.
Fue todo lo que Ayuso me dijo sobre la montaña, la conversación siguió por otros derroteros y me permitió poder observarle más detenidamente; En su rostro se dibujaba un rictus de tristeza y sus palabras, aun siendo de temas muy dispares, estaban cargadas de escepticismo.
Mi padre, por la noche en casa, abordó el tema de Ayuso y sin miramientos me dijo que aquel hombre había sufrido tanto que en solo sesenta horas se le había puesto el pelo blanco.
Fue entonces, cuando a través de él, conocí el relato que solo unas horas antes había hecho Ayuso del accidente de  Acuña en casa de mi tío:
—Bajaban del Huascarán, ¿Creo que se llama así? La niebla les había impedido acceder a la cumbre, a pesar de estar muy cerca tuvieron que descender.
»Penetraron en el glaciar del circo a unos seis mil doscientos metros de altura, cuando ocurrió todo: bajaban formando dos cordadas, en una Acuña y el alpinista americano Fortunato Mautino, delante Rivas y Ayuso. Acuña abría huella mientras que Fortunato aseguraba detrás, con demasiadas gazas en la mano, ¡De repente! Se abrió el glaciar debajo de los pies de Acuña y vertiginosamente se lo tragó, pero la cuerda que tenía en la mano era demasiado larga y cuando Fortunato quiso frenar la caída, el cuerpo de Acuña había impactado con un bloque de hielo que taponaba la grieta, a veinte, o veinticinco metros, más abajo.
»A los gritos de socorro, retrocedieron Ribas y Ayuso que estupefactos miraron dentro de la fisura y vieron como el cuerpo de Acuña se encontraba mal herido.
»Descendió Ayuso hasta el tapón y pudo constatar que en la caída se había perforado el pecho con un cristal de hielo, al darse cuenta de la gravedad y al ver la imposibilidad de moverle del sitio mandó que bajasen todo el material de  vivaquear, agua y comida y el botiquín de emergencia.
»Mientras él se quedaba con Acuña, Rivas y Fortunato corrieron a pedir socorro.
»Las primeras horas acompañándole dentro de la grieta las dedicó a tratar de paliar los dolores. Ante el intenso temblor cubrió su cuerpo con el saco sin atreverse a quitar el cristal del pecho, según fue cayendo la tarde y la oscuridad iba creciendo desplegó la tienda de campaña para evitar que la temperatura del cuerpo de su compañero bajase en exceso, una vez dentro le instaló lo  mejor que pudo y fue entonces cuando guiado por la desesperación trató de paliar el sufrimiento de su amigo sacándole el cristal del pecho, que por el calor corporal  se había derretido en parte. El estado agónico de Acuña y sus gemidos creaban tal sensación de impotencia en Ayuso, ante la incapacidad por aplacarle el sufrimiento.
»Al verse rebasado por los acontecimientos, Ayuso sintió  una conmoción dentro de sí y la cabeza parecía que le fuese a estallar. Cuando los calmantes que le había dado al amigo empezaron a hacer efecto le fue proporcionando pequeños sorbos de agua para refrescarle la boca, reseca por la pérdida de sangre, había tratado de taponar la herida con un vendaje improvisado, pidiendo a Dios que parase la hemorragia.
»Según pasaban las horas abrazado a su amigo agónico, solo pudo hablarle tratando de darle esperanzas y calor con su propio cuerpo
»Sin duda el tiempo corría en su contra, más de veinticuatro horas tardaron en llegar hasta Yungay y dar aviso del trágico accidente, se pensó en mandar un helicóptero, pero el techo de ascensión del  aparato no superaba los cinco mil quinientos metros, por tanto los equipos de rescate tuvieron que acceder por la vía normal del Huascarán.
»Durante sesenta y seis horas permaneció este hombre dentro de la grieta tratando de confortar al amigo a sabiendas que su esfuerzo era inútil.
»Aquel día no solo se perdió a un hombre joven en aquella fisura, también se sumergió en la mayor desesperanza al propio Ayuso y a sus compañeros, para el resto sus vidas. En su fuero interno, se estarán preguntando, si en aquel momento hicieron todo lo que podían por él».
Cabizbajo escuché el relato de mi padre, donde seguramente puso más énfasis de lo que Ayuso le había dicho, pero sin duda, todo lo que me contó fue más o menos cierto.
Las intenciones de mi padre al contarme esta historia obedecían al miedo que tenía por mi afición, pensó que de ahora en adelante desistiría de mis andanzas, pero lo  cierto es que su efecto fue el contrario y desde entonces veía a Ayuso, como un héroe dispuesto al sacrificio por el amigo.
«Algo sí que me influenció, no todo quedó en saco roto, pues cuando mis hijos tuvieron la edad para comenzar a salir al monte, suspendí mis actividades alpinistas y rompí todo contacto con el mundo de la montaña».
***
Durante la temporada de invierno comencé a practicar  esquí de fondo, Julián era un buen corredor y me incitaba para que entrara en el equipo del club. Fueron tiempos donde alternaba la escalada y el esquí, mi forma física se completaba con entrenamientos en la ciudad, dirigidos por un profesor de educación física que el club puso a nuestra disposición.
Julián por su parte fue seleccionado para la expedición  a los Andes que patrocinaba el Alpino. En aquel tiempo nuestros encuentros fueron fortuitos, las múltiples salidas que tuvo que realizar a Pirineos y a los Alpes,  le mantenían aquel año muy ocupado. En medio de tanta actividad aumentó sus conocimientos de la alta montaña, le fueron formando hasta conseguir un cambio en su forma física e intelectual.
A los expedicionarios  no solo se les preparaba deportivamente, entre otras cosas: los estudios de geografía, geología, medicina deportiva, y dietética entre otras. El viajar  le proporcionó conocimientos que en nuestro barrio eran imposibles de adquirir, su cultura se fue refinando con el trato de otras gentes y distintas clases sociales.
Solo tuve la oportunidad de verle un fin de semana en Navacerrada, poco antes de salir la expedición: El hermano mayor de Amelia, Carlos, fue seleccionado como jefe de la expedición. Casi todos los componentes se habían reunido en el Alpino de Cotos, Amelia y sus hermanos les acompañaban, todos cenábamos en la misma mesa y se hablaba de realizar una pequeña excursión al día siguiente, con esquís de fondo por los pinares de Valsaín.
Sería  un ejercicio suave en medio de las interminables horas de preparación que realizaban para la expedición.  Julián me incitó a unirme al grupo de esquiadores. La cena muy agradable se desenvolvió en un tono distendido. Hacía algún tiempo que no visitaba el taller de costura y fue muy agradable verlos a todos juntos.
Nos quedamos un rato charlando cerca de la chimenea, poco a poco nos fuimos quedando solos, A Julián se le notaba más cultivado, sus expresiones cuidadas estaban lejos de aquella jerga barriobajera, que tan común era en el sitio que vivíamos.
Le pregunté por el trabajo y como había podido resolver las ausencias que el entrenamiento y la propia expedición le obligaban a tener. Bajando ligeramente la voz me confesó:
—Ciertos socios del CA. Con muchas influencias, me   han conseguido una excedencia respetándome la antigüedad hasta mi regreso. En estos meses no he recibido ningún salario y aprovecho las horas libres que tengo, para ir al sótano con mis compañeros y hacer algunas horas extras con las carcasas de las motos.
»Mi madre y mi hermana me ayudan en lo que pueden. Pero en ocasiones me siento contrariado y me pregunto si mi actitud, no es un tanto egoísta. Siento ganas de echarlo todo por la borda y renunciar a la expedición,  limitando mis actividades solo a aquellas montañas que mi economía  permite.
No supe que decirle, en su fuero interno se libraba una batalla que todas las personas humildes teníamos presente. Se había grabado a fuego en nuestro subconsciente, sabíamos que solo éramos lo que nuestro trabajo nos permitía ser, la libertad era un lujo exclusivo de los poderosos.
La mañana en Cotos era soleada y fría, auguraba un buen día. Enceramos los esquís  y guardamos en el macuto un pequeño refrigerio y un jersey, para  cuando parasemos a descansar, fue todo el equipaje.
Era ilusionante poder hacer montaña con tan selecto grupo, hacia un año que pertenecía al equipo de fondo del CA. Y mi forma física era buena, el resto habían sido corredores antes que yo y el entrenamiento para la expedición les mantenía en una forma física admirable.
Las primeras horas de la mañana  con la nieve  más helada, nos permitía deslizarnos con mayor rapidez. Tomamos el antiguo camino  del Paular para no perder demasiado pronto altura, el recorrido se ceñía por las laderas de Dos Hermanas en medio un mar de abetos preñados de nieve. Los tonos azules de primeras horas fueron dejando paso a los blancos  luminosos, la luz de los primeros rayos  deshelaban los sombreros acumulados en las copas de los pinos, al atravesar la luz sus gotas colgantes, rompían en una cascada de colores chispeantes, similar a pequeños fuegos artificiales.
Solo se oía el sisear de los esquís sobre la nieve, las siluetas de los compañeros que me precedían se ondulaban de forma armoniosa al esquivar los pinos, el camino se sumergía cada vez más en el valle. Dejamos a la derecha el viejo sendero y buscamos el cauce del arroyo del Puerto del Paular, lo cruzamos sin problemas al estar tapado por la nieve, enfilamos hacia las Siete Revueltas, pasando por Vaquerizas, las pocas construcciones se hallaban casi tapadas por el manto blanco.
Frenamos nuestra fulgurante bajada admirados de la belleza del lugar, sentí la sensación de ser el primer hombre que caminaba por aquellos pinares, lo cierto es que a poca distancia de donde nos encontramos, en el Cerro del Puerco, se libró la batalla de la Granja donde otros españoles regaron con sangre en aquel lugar en un enfrentamiento absurdo que solo, como siempre, beneficiaba a los más poderosos.
Cruzamos  hasta encontrar un claro preñado de sol, donde el ligero viento se calmaba y la mirada podía  contemplar sin trabas, las cumbres que se alzaban  sobre el manto arbustivo.
Las palabras eran torpes para explicar el momento, todos nosotros mirábamos nuestro entorno como si esta fuese la primera vez, lo cierto es que aquel día la montaña se había vestido con sus mejores galas, esto unido a la facilidad que los esquís  nos permitían recorrer los pinares sin esfuerzo.
Tomamos algunos frutos secos y nos hidratamos con las aguas del arroyo del Telégrafo que en algunos tramos, se dejaban ver entre el manto de nieve.
Julián se paró a mi lado, me puso la mano sobre el hombro y en tono confidencial me dijo:
—Mi máxima aspiración es la de vivir lo más cerca posible de montañas, donde todo es limpio, donde las cosas son verdad, donde no hay diferencia, si tuviera Dios que elegir morada, seguro que habitaría en lugares como este. «Al decirme aquello me vino a la memoria que los griegos habían ubicado a sus dioses en el monte Olimpo». Sin darse cuenta sus pensamientos estaban en sintonía con los hombres de aquella cultura milenaria.
Su rostro irradiaba felicidad, notaba tanta tranquilidad en su semblante que parecía como si este hombre nunca hubiera pasado penurias ni miseria. De todos los presentes, y con gran diferencia, fue quien vivió el momento más intensamente.
Subimos por las lomas, a la derecha del arroyo del Telégrafo, durante un buen trecho, hasta encontrar la pradera de Navalusilla, a media ladera y mirando hacia los Siete Picos,  fuimos ganando altura suavemente  hasta tropezar con el camino Schmidt. Tomamos este en dirección de Navacerrada evitando pisar las huellas que habían dejado los caminantes,   cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en las pistas del Escaparate. El resto hasta el CA solo es un paso, pero eso sí,  lleno de esquiadores que rompían la soledad que momentos antes nos había rodeado.
Unos buenos amigos del club nos trasladaron en coche, el resto de las pertenencias hasta Navacerrada y cuando nosotros llegamos, nuestros macutos estaban esperando.
Nos cambiamos y quedamos citados para comer en el salón inferior, este lugar se había habilitado, para los que traíamos nuestra comida, donde podíamos cocinar nuestros alimentos sin molestar al resto de los socios que  utilizaban el restaurante de arriba. Digamos que un espacio habilitado para los montañeros de escasos recursos… pero también es cierto, donde podíamos explayarnos sin recato.
Amelia, Julián y yo comimos entre bromas y risas,  ampliando nuestra alegría al resto de los compañeros que estaban en el comedor.
Al terminar el almuerzo nos quedamos solos y con cierto tacto retomé la conversación de la noche anterior. Había podido ver en aquella salida la pasión que ejercía la montaña en aquel amigo.
Trate de animarle diciéndole que era la recompensa  a todo el esfuerzo que había realizado en la montaña, que su buen hacer le había permitido ser elegido entre muchos y que los socios de aquel club ponían en él todas sus esperanzas.
La conversación fluyó por distintos derroteros hablamos de la olimpiada de Tokio en la que hasta el momento se habían presentado 93 países, se inaugurarían  las quinceavas Olimpiadas de la Era Moderna y posiblemente algún deportista de nuestro entorno podría participar.
Pero  apareció de nuevo el tema que le obsesionaba, saliendo a colación las  preocupaciones que los últimos días le habían reconcomido y cuáles fueron los motivos que le hicieron seguir adelante en su participación a la expedición.
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VienTos
Iniciado

Masculino

Re: La forja del alma C.3º

Mensaje por VienTos el Mar 30 Ene - 11:08

Me impactó mas, el relato de Ayuso narrado por tu padre, suceso acontecido en el Huascarán(Perú) Lo imaginé tal cual lo describes. Impactante.
Un gusto saludarte otra vez,

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