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La forja del alma C.4º

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Alberto Sanchez
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Masculino Valencia

La forja del alma C.4º

Mensaje por Alberto Sanchez el Miér 13 Dic - 1:51

Capítulo 4º
Expedición del Alpino al Aconcagua

En su casa se vivieron los últimos días antes de la marcha  con mucha tensión, tu tía y tu abuela trataban de facilitarle las cosas, pero sin duda alguna, un viaje de esta magnitud era excesivo para una familia humilde, se habían generado gastos difíciles de controlar y eran pocos los ingresos.
En cierto momento se apoderó de tu padre el desánimo y confesó a tu abuela que iba a renunciar, que aquello, le superaba. La mujer contrariada por su renuncia trato de recordarle, que estando su padre vivo, su mayor ilusión era la de que prosperase en la vida, que tuviera una formación suficiente para poder salir de aquellos barrios.
Según me dijo su hermana, la madre le alentó diciéndole:
—Lo mejor que te ha podido ocurrir hijo es haber conocido la montaña, te has ido convirtiendo en un joven más culto, más preparado y creo que este es el camino hacia una vida mejor, en definitiva es lo que tu padre quería.
»Eres un buen deportista y te mereces este premio, no hay que renunciar por unos pocos meses de penuria, sin duda se pasaran pronto.
Conocí bien a tu abuela y aquella mujer a pesar del miedo a un accidente, cuando salía a la montaña,  le compensaba viendo a su hijo prosperar como deportista de elite.
Esta fue la última vez que pude ver a Julián antes de su marcha a la expedición, los preparativos le absorbían; el tiempo de ordenar y embalar la casi tonelada y media de material no le dejaban tiempo. Suponía un esfuerzo logístico el mantener los alimentos y materiales delicados bien preservados.
El día siete de diciembre embarcaba en Barcelona con Miguel Gómez también miembro de la expedición con la misión de acompañar la mercancía. El resto de los componentes volaron rumbo a Buenos Aires donde  esperarían el barco.
El ejército Argentino puso gentilmente a su disposición los medios de transporte para los bultos de la expedición hasta Mendoza.
Llegaba la información con cuenta gotas, Julián había escrito a tu familia desde Buenos Aires y Ciudad Mendoza siendo desde allí las últimas noticias  recibidas en su casa.
Días después, en la sede social del club, llegaron telegramas sobre los expedicionarios, habían establecido su campamento en el Cordón de los Chorrillos a tres mil quinientos metros de altura. Se habían entrevistado con miembros del Centro Andinista pidiéndoles información de aquellas cumbres que todavía permanecían sin descubrir, desde donde hicieron algunas ascensiones a lugares inéditos y posteriormente trasladarse al valle del Plomo y escalar las cumbres de Nevado del Plomo, seis mil cincuenta metros. y el Nevado Juncal de gran dificultad.
Sobre el doce de enero y por medio del consulado Español de Mendoza, se nos informó que habían recibido nuevos datos de los expedicionarios por mensaje radiado, diciendo que en el trascurso de tres días bajarían desde Río Plomo hasta Punta de Vacas, donde se dirigirían a Puente del Inca y desde allí a Plaza de Mulas lugar clásico para subir a la vía normal del Aconcagua.
La expedición terminó con cierto estado de incertidumbre por el problema de congelación de Riaño. Fue precisamente el único miembro de la expedición que hizo cumbre en la Aconcagua de los tres Alpinistas que lo intentaron por la vía normal. Ese día y los precedentes, la tormenta no cesó, registrándose temperaturas de hasta cuarenta grados bajo cero. Carlos Fernández  y Adolfo Giménez  tuvieron que guarecerse en el refugio de la Canaleta a seis mil ochocientos metros, mientras que Antonio Riaño prosiguió en solitario, pisando la cumbre de la Aconcagua  a las tres de la tarde del tres de febrero, al regreso le esperaban sus dos compañeros que le ayudaron a bajar, hasta que los equipos del grupo andino de montaña del ejército Argentino, consiguieron bajarles en caballerías hasta Plaza de Mulas y de allí, a La Ciudad de Mendoza, donde fue hospitalizado.
Por su parte Julián, tu padre, y Miguel Gómez trataron de escalar  el espolón suroeste de la Aconcagua Vía «Marmillod Grajales filo sur», vía que no había sido repetida, hasta el momento, la dificultad se puso de manifiesto por tener una serie de canales que ascendían vertiginosamente. Pero solo una de ellas era la correcta, después de tratar de ascender por las canales equivocadas tuvieron que reanudar de nuevo la escalada, hasta que en la última tentativa, consiguieron atinar, pero la pérdida de tiempo en aquellas tentativas dio margen a que entrase el mal tiempo. Cuando casi estaban en la cumbre, les sobrevino un cambio brusco  que complico el seguir ascendiendo. Al parecer fue la misma tormenta que pillo a Riaño en la vía normal. Tuvieron que desistir después de cinco días de lucha. La verticalidad de la pared les obligó a bajar rapelando durante dos días, y abandonar aquel laberinto que se había convertido en un infierno.
El regreso fue una sucesión de recibimientos que elogiaban a los expedicionarios, reconocimientos que culminaron con la medalla al mérito deportivo por el Jefe del Estado Español.
Pero a pesar de todo aquel boato Julián había comenzado a involucrarse en otras actividades que le resultaban más apasionantes, surgidas a lo largo de aquella expedición, donde su sensibilidad había descubierto otros objetivos.
Comenzaban a tomar cuerpo en su cabeza,  ideas más altruistas que consistían en la ayuda a los más necesitados. Las inquietudes iniciales de salir de la penuria se habían diluido como un azucarillo y se sentía invadido de una fuerza interna que le llamaba.
Pasaron dos meses largos hasta disponer  de tiempo y poder  hablar los dos. La primera parte de la conversación estuvo relacionada con pequeños detalles sobre la expedición, hizo hincapié en la importancia que había  tenido la amistad  con Miguel Gómez su compañero en el intento del espolón Sur de la Aconcagua, y de los días durísimos que les tocó vivir a los dos juntos, forjándose una gran amistad. Sin embargo una y otra vez hacía mención al viaje en barco, donde conoció a cierto personaje que le había impactado moralmente.
Miguel Gómez le había presentado Ángel Ponce un buen amigo: a los dos días de zarpar Miguel le fue hablando de este hombre y de como en ocasiones, cuando él pasó una temporada larga en América, le había echado  una mano, recomendándole en algunos trabajos.
Julián con gran entusiasmo me fue detallando todo lo concerniente a este hombre y a su decisión de seguirle:
—En el barco el tiempo pasaba lentamente y las conversaciones se prolongaban hasta altas horas de la noche, Ángel tenía ese encanto natural, propio de aquellos que consagran su vida a los demás. Todo su bagaje era su persona, sus conocimientos y sus amigos, pero la actividad que realizaba este hombre sobrepasaba los límites de la normalidad.
»Había dedicado sus mejores años en construir colegios y hospitales en los lugares más insólitos de la selva Americana, a veces con la colaboración de organizaciones Jesuitas y otras con el dinero recaudado por el mismo, entre personas influyentes de España y América.
»Su familia pertenecía a lo más granado de la alta sociedad de aquella posguerra, desde muy joven, cuando cursaba los estudios de arquitectura en Madrid se dio cuenta que él no podía soportar tanta hipocresía, que necesitaba salir de aquel mundo encorsetado donde todos esperaban que siguiera las tradiciones familiares. Las disputas constantes con sus padres habían creado una situación muy tensa y apenas terminados sus estudios se embarcó rumbo Argentina poniendo de esta forma tierra por medio.
»Su relación con la iglesia comenzó más tarde, cuando sus vivencias tomaron el mismo rumbo que aquellos misioneros que pululaban en las zonas más deprimidas de los arrabales de las grandes ciudades o en las zonas rurales de las selvas amazónicas. Sintió que su solidaridad para con los humildes, los desprotegidos, sobre todo, por los niños abandonados, podría ser más efectiva colaborando directamente con ellos.
Julián me contó todo aquello con una cierta fascinación, sentía que aquel hombre le había descubierto otras forma de vivir, otra manera implicarse en aras a los demás. Estaba claro que tu padre había sufrido un cambio en su forma de pensar y de esta manera me lo dijo:
—Después de la expedición he sentido un cierto vacío interior, creo que después del esfuerzo en conquistar aquellas cumbres  y a pesar de todos los reconocimientos sociales que he tenido, no dejo de tener en mi fuero interno, una extraña sensación de haber realizado algo inútil.
»Como ves el encuentro con Ángel ha dado sentido a muchas de las preguntas que siempre me han dado vueltas en la cabeza, sobre todo, a la de cómo ayudar a los jóvenes que precisan orientación, en medio de una vida tan dura.
»Pienso con frecuencia en como emprender esta nueva etapa de mi vida. Son todavía muchos los problemas que hay en casa. Debo de atender primero la situación de mi familia «antes de iniciar esta nueva escalada».
La preocupación por los demás se hacía patente en sus palabras. Tu abuela ya mayor, tenía una  salud precaria  y quería tomar un pequeño piso en alquiler con agua corriente y baño donde la mujer tuviera una vejez más digna. Pensó en vender la parcela de su casa y las pocas tierras adyacentes, a unos especuladores que habían hecho ofertas en distintas casa rurales de donde vivíamos.
Los barrios periféricos cambiaban a marchas forzadas, las pequeñas huertas del cerro y los campos en barbecho que rodeaban al viejo Patolas cubiertos de hierbas y matojos hasta las primeras casas del Rancho, en  Estrecho se iban cubriendo de edificios de grandes proporciones.
El colegio de Emilio Castelar en la calle Infanta Mercedes estaba quedando encerrado entre calles de nuevo cuño que desembocaban en la Castellana, las tapias del campo de futbol del Real Madrid habían sido sustituidas por las ciclópeas gradas de cemento del nuevo estadio de Bernabéu. A la derecha e izquierda de la Castellana se construían edificios de nuevo cuño, acompañando al que habían sido vivienda de los americanos que trabajaban en la base de Torrejón, un edificio isla que durante años fue el único que existía en la avenida cerca de la plaza Castilla.
A espaldas de nuestras casas se levantó el que luego sería Ministerio de Fomento y en  el cerro de la antigua calle de María de los Ángeles se colocaron los cimientos del Hotel Meliá Castilla.
En medio de tan desaforada fiebre constructora medraban los especuladores del suelo, que con sus enchufes en urbanismo se apropiaban con malas artes de la única herencia que con el sudor de generaciones habían reunido aquellos vecinos humildes que por avatares de la especulación del suelo podían haber salido de la miseria. Como siempre los más poderosos no dejaron medrar a expensas de los pobres.
Siguieron nuestros encuentros de forma esporádica hasta que en cierta ocasión me comentó su marcha a Suramérica. Había seguido estando en contacto con Ángel y la idea de colaboración fue tomando cuerpo. En esas fechas había emprendido en la selva ecuatoriana la construcción de un nuevo hospital y una escuela dentro de la misión Jesuita en la zona de Zamora Chinchipe, al sur de Ecuador, como bien sabes.
El cambio en su personalidad era evidente una preocupación creciente por los demás se ponía de manifiesto, empezaba a entender la vida como una entrega hacia el prójimo. Las circunstancias que le habían rodeado en los últimos años, sobre todo la influencia de Ángel, originaron el golpe de rumbo en su vida.
En ocasiones pensé que cierta vocación religiosa le animaba, pero le gustaban demasiado la libertad, la sinceridad con la que se enfrentaba a la vida era una de sus mejores virtudes y no entraban en sus planes el sacerdocio.
Me había prometido que antes de marchar le gustaría escalar conmigo, mi nivel había mejorado sensiblemente y ciertamente para mí era un honor escalar con tu padre.
Fue una salida a los Galayos de Gredos, habíamos decidido escalar la Oeste de la Aguja Negra vía abierta 1956 por Acuña, Brasas y Salvador Rivas.
Aquel fin de semana viajamos hasta Guisando el tiempo parecía bueno aunque en montaña a finales de invierno nunca se sabe. Cargados con el equipo de escalada y los víveres para el fin de semana iniciamos el camino que nace en el Nogal del Barranco, lugar cubierto de pinos y bañado por las aguas del rio Pelayo.
La senda arranca en un pinar resinero nada más cruzarlo tomamos la vereda que serpentea a la derecha del rio, apenas unos metros los arboles dejan paso a los piornos que inundan el paisaje, con sus tonos amarillos, cuando el sol los calienta dejan un aroma a raíces húmedas. El camino esculpido entre cantos sueltos se acerca paulatinamente a las paredes de granito del galayar,  entre las bases de afiladas agujas  que  mantienen en sus fisuras restos de nieve. La suave pendiente del camino en los primeros kilómetros, permite hablar sin perder el resuello.
La conversación intrascendente en principio, tomaba paulatinamente derroteros más profundos, dejaban sin ningún género de dudas las intenciones que bullían en su mente. Julián quería devolver a las gentes humildes parte de la  felicidad que tenía en su interior.
No tuve más remedio que admirar su valor y determinación. El igual que yo nos habíamos educado en un ambiente de supervivencia, donde para salir a delante había que rivalizar con el resto de los chicos del barrio, en las colas interminables de las fuentes públicas para acarrear los cubos de agua, en las filas de la panadería con los cupones de racionamiento del pan o como los menos afortunados amontonándose en la puerta de los comedores sociales por un plato famélico, así un largo etcétera que prefiero olvidar.
El verdadero mérito de tu padre residía en el altruismo puro que corría por sus venas, en la gigantesca tarea de querer ayudar a los desprotegido. Vi claramente la diferencia entre los ricos que dan parte de su dinero, para tranquilizar su espíritu religioso, con aquellos otros que solo pretendían mejorar a los demás sin recompensa, no solo en lo físico también si pudiera ser en lo moral.
Estas palabras fluían de su boca con un entusiasmo inusitado, no era consciente de sus limitaciones, se creía capaz de cambiar el mundo sin saber el sacrificio que ello requería.
Al escucharle no tenía más remedio que sentirme incomodo, pensando en mi pasividad hacia los desprotegidos, a pesar de todo mi admiración iba en aumento.
El camino se empinaba de forma paulatina, el sol comenzaba a declinar, los tonos verdes de la roca de la mañana, la luz amarilla de la tarde los transformaba en marrones arrebolados.
Algunas grupos se cruzaban con nosotros, todos eran conocidos pertenecían a la gran familia de la montaña, saludos eufóricos  que terminaban con información sobre el sitio que iban a escalar la mañana siguiente.

    Fecha y hora actual: Sáb 15 Dic - 3:13