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La forja del alma C5º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C5º

Mensaje por Alberto Sanchez el Vie 15 Dic - 1:31

Capítulo 5º
La Aguja negra

Entre dos luces llegamos al principio de la Apretura, las últimas nevadas del extinguido invierno habían acumulado grandes cantidades de nieve y el sol de los primeros días de primavera, con inusitada fuerza trataba de fundir  el hielo.
A consecuencia del deshielo con su acción arrolladora  había descompuesto las rocas por las que el camino se dibujaba, obligándonos a desplazarnos a la izquierda por otro paso zigzagueante que superaba el desnivel. El arroyo en aquel punto saltaba impetuoso lanzándose entre las rocas arrastradas por la lengua del nevero angosto y perpendicular.
Superado el desnivel, el camino perdió inclinación, dirigimos nuestros pasos hacia el refugio Victory. Una vez rebasada la plataforma en la que se alza, entrabamos con las últimas luces que dibujaban las siluetas de la Mira con su penacho blanco.
Como todos los refugios de montaña su espacio era limitado, la propiedad era del club Peñalara y estaba todo ocupado. Saludamos como es de rigor a los amigos y nos preparamos para  vivaquear al abrigo de sus paredes.
Tomamos algo de alimento y sobre todo nos hidratamos con  té caliente y limón. Ya metidos en el saco y con el cielo por techo  seguimos hablando, aunque era el momento de contemplar aquel cielo estrellado, donde competían los astros luminosos por destacar sobre el tapiz del infinito, la conversación se alejó a tierras Americanas, fue hablándome de la labor que realizaba Ángel y de cómo había conseguido adoptar una serie de niños y jóvenes bajo su tutela, todos vivían como una gran familia en un caserón  cercano al hospital en construcción.
—Creo que mi trabajo consistirá, en principio, elaborando los forjados de hierro para ensamblar los armazones de madera del edificio y la enseñanza del oficio de cerrajería aquellas gentes.
Frente a nosotros se dibujaba la silueta inquietante del Torreón, y a su derecha sombría se apreciaba la cumbre de la Aguja Negra vertical y aérea. Igual que siempre, las horas antes de comenzar me asaltaban viejos fantasmas, el miedo atávico al vacío que sin duda heredamos de nuestros antepasados en la vida arbórea.
Le pregunté a Julián si él después de haber superado tantas dificultades en la montaña sentía miedo. Me respondió:
—Aquel que no siente miedo, es posible que esté loco, es un mecanismo más de protección y solo las personas que sufren un momento de enajenación pierden este sentimiento protector. «Aquellas palabras años más tarde regresaron a mi memoria, como una sentencia a muerte»
La voz siguió sonando como un arrullo, fue el momento donde la vigilia y  sueño se confunden hasta penetrar en el sopor que nos conduce al mundo de lo irreal.
Comenzó el día por los filos de las cumbres, brillando como luminarias encendidas, el valle todavía sumido en la oscuridad me incitó a rebujarme dentro del calor del saco. Ligeros tintineos de marmitas, hornillos que con su petardeo calentaban agua para el café. Poco a poco la madrugada se llenaba de sonidos y el refugio bullía de actividad tanto dentro como fuera, tomamos el desayuno en el saco, alargando el momento de ponernos en marcha.
Preparamos unas pequeñas raciones de ataque, algunas pasas, orejones, pequeños trozo de turrón y una cantimplora de té con limón azucarado. En bandolera, clavijas mosquetones y estribos, en la pernera del pantalón enfundada la maza y con las cuerdas en bandolera nos dispusimos a cruzar la Apretura.
Solo había que bajar del refugio Victory y cruzar la  Apretura  para situarnos en la canal  que separa la aguja María Luisa y el colosal Torreón de la ciclópea pared de la Oeste de la Aguja Negra.
Esta vía, sin la menor duda, es la escalada aérea de más belleza que había en aquel momento. Habían conseguido abrirla el seis de octubre de mil novecientos cincuenta y siete los alpinistas castellanos: Pedro Acuña, Francisco Brasas y Salvador Rivas, componentes de la expedición española a los Andes en el año mil novecientos sesenta y uno, donde perdió la vida Acuña. Nos habíamos informado de las características de aquella pared que salvaba un desnivel de unos trescientos metros, con una dificultad media de V grado con algunos pasos de V grado superior.
Nos atamos lentamente mientras repasábamos cada uno de los detalles del material: Clavijas pequeños tacos de madera y dos cuerdas de teflón de cuarenta metros. Sabíamos que la pared se había escalado poco y seria escaso el material que equipaba la pared, habría puestas quizás solo los clavos justos para indicar el camino.
Tomamos como referencia la base de la punta María Luisa trepando por la gran canal que divide las dos paredes. Según teníamos informes había que trepar por la chimenea que transcurría a la derecha, angosta y ligeramente cubierta por musgo.
Comenzó Julián tratando de no empotrarse en exceso en la chimenea sirviéndose de algunos agarres en ocasiones y otras procurando superarlo por dentro de la grieta. Cuando hubo escalado unos veinte metros puso un clavo de seguro y continuo luchando unas veces por dentro y las restantes por fuera de la pared hasta salirse definitivamente a la derecha y tomar la placa que había antes de la reunión.
Después de recuperar el clavo de seguro que puso Julián, seguí por la chimenea, lo cierto es que resulta algo claustrofóbica pero siguiendo las instrucciones de Julián procuré salirme de ella en cuanto me fuese posible, recuperé un segundo clavo y terminé los últimos metros por la placa hasta la plataforma.
Una vez en la reunión comentamos el tramo que había sido duro y farragoso. Seguimos por encima  nuestro por  la chimenea que seguía vertical, pero con menos dificultad hasta la siguiente reunión, apenas veinte metros más arriba. Desembocamos en el comienzo del paso que reunía mayor dificultad y del que tanto me habían hablado.

Repasamos el seguro de la reunión y aparte pusimos otro pitón, lo más arriba posible para acortar el vuelo de la pared lisa en caso de caída, que trascurría apenas con ligeros saliente y muy vertical.
Me preparé para dar aquel paso donde la dificultad rayaba el quinto grado superior, Julián había realizado el largo anterior y era  mí turno.
«Los pensamientos me estremecían, pasaban por la cabeza a gran velocidad tratando de prever las incidencias, estos pensamientos me hacían más indeciso, en contra, estaba el instinto de superación que se  había desarrollado con los años de prácticas llamándome a la acción, y lo más importante, tenía absoluta seguridad en mi compañero que respondería a cualquier eventualidad. Finalmente, rompiendo todas las dudas sentí la necesidad de superar aquella pared que otros hombres consiguieron hacer antes».
«Las botas jugarían en aquella placa un papel importante. Hacía pocos meses que conseguí unas suelas Vibran  que mi buen amigo Pedro Gómez me había conseguido de Italia, a base de esfuerzo pude coserlas a mis viejas botas, con cabo de bramante, pez, cera, lezna y mucho esfuerzo, dejando que el reborde de la suela fuese muy ceñido a la silueta para conseguir más tacto, poco tiempo después salieron las célebres cletas que tenían las mismas características»
Manteniendo el punto de gravedad lo más fuera de la pared y con movimientos controlados, sin apenas hacer fuerza con las manos, ataqué la placa lisa con ligeros resaltes y algún que otro garbanzo. La roca de gran calidad me daba seguridad y paso a paso sin titubeos fui progresando con decisión, la autoestima fue en aumento al ir consiguiendo progresar a pesar de la dificultad, cuando quise darme cuenta había superado cerca de quince metros, fui escorándome a la derecha buscando una grieta que se adivinaba más arriba y meter un clavo de seguro. Cuando vi que el pitón se había incrustado pasé el mosquetón por una de las cuerdas respirando con alivio. El largo seguía muy vertical pero de gran belleza. Continué hacia la izquierda en busca del paso natural entre los dos salientes extraplomados. De nuevo puse otra clavija más a continuación, pues la pared seguía manteniendo su verticalidad hasta llegar a la reunión a unos treinta y cinco metros de mi compañero.
Julián sacó los clavos de la reunión y atacó la pared lisa de la placa con seguridad y madurez sin dudas,  su maestría se puso de manifiesto sin errores, cuando llegó al clavo me dijo que le sujetase y con una mano colgado de la cuerda y la otra con la maza en ristre de dos certeros martillazos sacó el clavo, el resto del largo fue rápido y nada más  terminar de recuperar el material nos unimos en la repisa.
En el largo siguiente fue para Julián, le vi decidido atacar aquel tramo en chimenea del principio con buenas fisuras para asegurarse, pero en contra era más exigente y aéreo. Aquella escalada tenía el privilegio de mantener en todo su recorrido una dificultad constante sobre todo al llegar a una especie de diedro extraño, donde el riesgo aumentó considerablemente, después de haber superado casi cuarenta metros, el  diedro te obligaba a subir creando unas fuerzas de oposición donde mantener el cuerpo en la pared solo era posible empujando con los brazos hacia fuera del cuerpo y las piernas extendidas como una equis. Luego cuando pasé por aquel sitio descubrí que era el paso más difícil de toda la escalada, sin desmerecer el anterior.
Salí de la reunión tras tomar algún fruto seco y un pequeño trago de agua. La dificultad no superaba el cuarto grado a pesar de todo se mantenía la tensión por la verticalidad de la escalada. Se terminaba el tramo cuando superabas una chimenea que finalmente desemboca en la célebre repisa denominada el Jardín de los Botánicos, encallejonado pero amplio con dos clavos que indican el camino.
Iniciamos este sexto lago y llegamos a la división de los dos colosos: a la izquierda y encima de nuestras cabezas la cumbre de la aguja Negra por la derecha la aguja Amezúa entre ambas una especie de garganta que las separa abriéndose más arriba un pequeño circo desde donde aprecias con toda claridad la subida a la otra cumbre.
En el último largo es sin duda, el colofón de aquella escalada la más larga del Galayar y quizás una de las más hermosa, este tramo se mantiene aéreo aunque su dificultad  no rebasa el cuarto grado superior y dispone de buenos seguros, a pesar de los diedros y placas que verticalmente ascienden hacia la cumbre es un sucesión de superaciones que en ningún momento pierdes de vista el suelo en la Apretura.
Una vez en la cima hablábamos pausadamente contemplando la belleza del lugar, nos sentíamos eufóricos por la adrenalina que todavía corría por nuestro organismo, veíamos la vida tan generosa y bella que parecía no tener momentos oscuros. Lo cierto es que ahora después de tantos años, recuerdo con el cariño que tu padre me fue indicando cada paso y como su aliento me hacía crecer como alpinista y persona.
Aquella escalada fue la reválida que Julián me daba, igual que el maestro cuando se despide de su alumno dispuesto a enfrentarse solo en la vida. Hemos tomado derroteros distintos, no sabíamos ninguno de los dos lo que nos iba a deparar el futuro, pero su recuerdo durará eternamente.
Descendimos realizando un corto rápel de quince metros hacia un collado orientado al sureste. Trepamos a una pequeña horcada y realizamos un rápel más de cuarenta metros para seguir andando por la espalda de Galayar, dándole la vuelta al macizo, hasta un collado junto al Gran Galayo, por donde descendimos hasta el refugio.
Me confesó que después de todos aquellos años, donde la montaña había sido todo para él,  comenzaba a darse cuenta que ciertos aspectos de la vida tenían mayor transcendencia que la escalada, me matizó aquellas palabras diciéndome:
—No es todo superar paredes, alcanzar cumbres donde nadie ha llegado, sentir el mundo bajo tus pies, o regocijarse de la compañía de los buenos amigos de la montaña, hay otras metas que a todas las gentes de bien se le presentan y es la  ayuda a los más desprotegidos.
—Pero Julián en todo esto que hacemos hay algo mágico que nos diferencia y eleva de los demás— le dije tratando de defender nuestro deporte, pero él siguió argumentando su posición, más para convencerse a sí mismo que para justificarse conmigo.
—Muchas personas estamos dotados, por herencia, de la necesidad de enfrentarnos a los riesgos que nos presenta la naturaleza, esta necesidad de superar el riesgo fue necesaria en la prehistoria para que el hombre progresara hasta nuestros días. El riesgo en la escalada y su superación no es más que las reminiscencias de unos genes que en ciertas épocas el hombre tuvo que desarrollar para sobrevivir.
»Pero en el siglo veinte los riesgos han cambiado, ya no es necesario jugarse la vida en estas andaduras, hay otros retos sociales donde el hombre tiene que luchar, desigualdades que vencer en aras de un mundo mejor, esos son los retos de hoy en día, está bien la montaña, podemos disfrutar de ella, pero sin olvidar el verdadero desafío, la verdadera escalada que supone la dedicación para con los demás.
Después de aquel fin de semana en Gredos, solo le vi una vez antes de partir, me explicó que ya tenía el pasaje para Quito y que hiciera el favor de visitar de vez en cuando a su familia por si necesitaban alguna cosa.
Cuando consiguió vender los terrenos a los especuladores se cambiaron de domicilio a un piso pequeño y confortable pero suficiente para ellas dos.
El novio de tu tía era un buen chico, las cuidaría bien, pero siempre sería un alivio contar con alguien más. Le deseé suerte y le dije que escribiera. Pero yo sabía que él no era amigo de cartearse; de vez en cuando seguro que me mandaría una postal, sería suficiente.
El tiempo pasó en esferas distintas, sus vivencias serian trascendentales y plenas, las mías siguieron esquemas similares a las de miles de jóvenes trabajadores, en una España que lentamente se asomaba a una Europa moderna, gracias al turismo.

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