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La forja del alma C.6º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C.6º

Mensaje por Alberto Sanchez el Dom 17 Dic - 2:44

Capítulo 6º
Expulsión de Ecuador

Comencé a salir con una joven de mi edad, no era aficionada a la montaña pero su comprensión me permitió seguir saliendo al monte. Paulatinamente se fue aficionando aunque sus padres chapados a la antigua, no nos dejaban salir solos, si no regresábamos en el mismo día.
Todas las semanas pasaba por casa de Julián a ver a su madre, algunas veces me dejaba leer las cartas que le escribía. En ellas solo le contaba que las cosas iban bien, que aquellas  gentes y sobre todo Jesús, le trataban muy bien. Que se encontraba satisfecho de su labor en la misión y que las obras seguían según el programa establecido.
Durante su ausencia la afición por la montaña estaba tomando un incremento importante sobre todo en la calidad de sus ascensiones. El concurso de televisión que estuvo en pantalla durante varios meses, Las Diez de Últimas, donde Cesar Pérez de Tudela fue ganador con el tema «alpinismo» supuso un espejo excepcional para el gran público y un incremento en la afición a la montaña.
Hasta ese momento los accidentes habían sido muy esporádicos, los jóvenes que practicábamos la montaña leíamos con cierto interés los casos narrados por la prensa, sobre todo los acontecidos en el extranjero, pero cuando estas muertes se cebaron en personas conocidas, en amigos con los que hacía pocos días habías estado escalando, fueron un revulsivo en mi forma de pensar.
La muerte en la montaña es una tragedia que estremece a todos los afectados. Es una perdida sobre todo cuando se lleva la vida de una persona joven.
Comencé a cuestionarme si la práctica del alpinismo de gran riesgo, tenían alguna razón lógica que lo justificase, leí a los grandes alpinistas para tratar de encontrar en alguna de sus declaraciones, razones que justificasen aquellas perdidas, pero  ninguna fue lo suficientemente clara para llenar el vacío de aquellas tragedias.
A pesar de todo seguía escalando, había algo embriagador que me incitaba hasta el extremo de no pensar en las consecuencias.
Con el paso de los años sobre todo ahora que ya soy un anciano, tengo una perspectiva más clara y puedo intuir las razones que llevan al hombre hasta esos límites; Es la notoriedad, la necesidad de sobresalir de los demás o la popularidad. Hay otros caminos pero algunas personas se sienten realizadas llevando el riesgo hasta el límite. Denominan los expertos este fenómeno como el síndrome de Alejandro Magno.
Claro que todas las personas que practican este deporte, no lo realizan por notoriedad. El ser humano es tremendamente complejo; He conocido a montañeros que encontraban en este ambiente la amistad y el calor humano, a otros que él solo echo de salir a la naturaleza culminaba sus expectativas, algunos que el deporte de riesgo les inoculaba la dosis suficiente de estímulo, muy pocos que hicieron de la montaña su filosofía de vida y los menos que sentían todas y cada una de estas sensaciones al mismo tiempo.
Los viejos barrios de Tetuán seguían transformándose por el auge de la construcción, nuevas familias se instalaban en los bloques de reciente construcción y otros jóvenes eran inoculados con el veneno de la montaña, como es el caso de aquellos dos compañeros que entraron en el Alpino vecinos recientes cerca de donde yo vivía: Antonio Lagos y Eugenio Úbeda, su primera escalada fue a la sur del Pájaro tutelados por mí, después se forjaron como grandes alpinistas en montañas fuera de nuestra geografía.
***
Sonó el teléfono en casa y al otro lado escuché la voz de Julián:
—Estoy en el puerto de la Coruña y en un par de días llego a Madrid. Su voz sonaba ligeramente triste pero no quise indagar, simplemente me limite a decir:
—¿Estás bien, la travesía ha sido buena?
— Sí.
Respondió de forma lacónica, luego terminó diciendo:
— ¿Si quieres cuando esté en Madrid, nos vemos en casa de mi madre? y te cuento cosas, ¡Te cuelgo, tengo que recoger el billete de tren!, saludos.
«Me quedé pensando, aquel regreso repentino me extrañó, note en su voz cierta tristeza, sin duda a Julián la pasaba algo que no terminaba de entender».
Me acerqué hasta casa de tu abuela y a la mujer los años le estaban pasado factura, pero a pesar de sus achaques se le alegró la cara al verme y con grata cordialidad me dijo:
—¡Vienes porque te ha llamado Julián!, A nosotras también, que alegría tener de nuevo a mi hijo en casa.
—Y Usted Amparo cómo se encuentra.
—¡Ay hijo! Los achaques a mi edad no faltan, pero ahora que viene mi hijo seguro que se me pasan.
—Solo he venido a verla y asegurarme que Julián les ha llamado. En cuanto esté instalado me acercaré para hablar con él. Que tenga una  buena mañana, me marcho.
Pasaron los dos días sin darme cuenta, en la tarde del tercer día se presentó Julián en mi casa: Con el rostro tostado por el sol, más delgado y con un rictus serio, aunque trató de esbozar una sonrisa al verme.
Después de los saludos de protocolo y las preguntas de rigor, al ver que no decía por mutuo propio lo que le preocupaba le interrogué de forma sutil para no molestarle:
—Noto en tu cara cierta preocupación, ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
Parecía que estaba esperando aquella pregunta, de forma súbita, fue dando rienda suelta a sus preocupaciones que al oírlas me dejaron estupefacto.
—He tenido que marcharme de Ecuador por la fuerza, me han metido en el barco unos matones y de malas maneras me han obligado a abandonar el país.
Aquella declaración añadía más confusión a la misteriosa vuelta, pero a pesar de que le habría interrogado con todo género de preguntas, me callé, pero sin apenas interrupción retomó su relato.
—Las cosas en la misión marchaban bien algunos finales de semana nos escapábamos a Quito, Ángel y yo, para poder hablar con algunos proveedores y tratar de descansar de la selva.
»Ángel tenía un pequeño apartamento en la ciudad y de cuando en cuando recogíamos correspondencia y mirábamos las cuentas del banco. Te hubieras maravillado de la cantidad de gente importante que conocía  este hombre en Quito y la facilidad que tenía para sacarles dinero para la misión.
»Hace dos años asistimos a una fiesta que había montado la Casa de España en Ecuador y justo en aquella ocasión comenzaron mis desdichas.
El rostro se contrajo en aquel momento su relato se detuvo para tomar fuerza y poder superar los pensamientos que le atenazaban. Se adivinaba en su semblante la preocupación y después de unos momentos retomo el relato.
—Conocí allí a la mujer más maravillosa que te puedas imaginar tenía en aquel momento veintidós años; cultivada, con estudios de medicina en Estados Unidos, y tremendamente agradable, estaba recién llegada a Ecuador y se había instalado en la casa solariega que su familia tiene en Quito.
Al hablar de tu madre su rostro cambió, algo había iluminado su cara  y en el gesto percibí  que estaba enamorado.
—¿Te gusta esa mujer verdad? —le dije con cierto tono inquisitorio, pero rápidamente regresó a su rostro la tristeza.
—¡Me la han arrebatado amigo mío! Sus padres, en cuanto se enteraron que la relación prosperaba se metieron por medio tratando de romper el noviazgo, pero eso no evitó que nos estuviéramos viendo durante algunos meses a escondidas, incluso amenazó a su padre con irse a la misión a trabajar con nosotros, pero todo fue inútil.
»Un día en el apartamento de Ángel, muy temprano, sonó el timbre de la puerta, pensé que sería Ana María, salté de la cama y abrí la puerta, un hombre bien vestido, a la europea, de semblante altivo se dibujó en el dintel, se presentó resuelto, era el padre de ella.
—¿Podemos hablar joven? —me pidió educadamente mientras se quitaba el sombrero de Jipijapa. Con un gesto le invité a pasar al salón y le pregunté si quería tomar café, pero me dijo que no, rompió el silencio de forma súbita:
—Cómo puede imaginarse, mi visita es para hablar de la relación que mantiene Usted con mi hija— antes que aquel hombre dijese nada le interrumpí para evitar que dudase de mis intenciones.
—Quiero que sepa que mi relación con su hija es formal y que mis intenciones son, si Dios quiere, la de casarme con ella.
Sentado en el sillón de caña y con el gesto amenazador me dijo rotundamente:
—Precisamente por eso, porque sus intenciones son las de casarse con ella. No me habría importado que esta relación fuese un pequeño capricho de la niña, lo grave es que tanto ella, como usted, están decididos a unirse en matrimonio.
—No salía de mi asombro al escuchar aquellas palabras, siempre, cualquier padre, lo que pretende de su hija es que tenga relaciones serias, pero había algo más que en ese momento se me escapaba, aquel hombre con gesto duro y un tanto inquietante sentenció:
—Mi familia es una de las veinte más ricas de este país ¿y acláreme si me equivoco? ¡Usted es un muerto de hambre que solo tiene una mano adelante y otra atrás! No están mal sus intenciones, el negocio de casarse con la rica caprichosa es muy rentable ¡Pero no pienso consentirlo! Claro, salvo que ponga usted sobre la mesa como dote, unos cuantos millones de dólares.
—Desde aquel día me fue imposible verla, después me enteré que se la habían llevado a otro lugar pero no pude descubrir donde se encontraba.
»Ángel me advirtió que aquella gente solía tener malas pulgas y no dudarían ni un momento en quitarme de en medio si insistía en verla.
—Hasta ahora todo lo que me has dicho solo demuestra que has conocido a una mujer maravillosa y que estas dispuesta a todo por ella, ¿Pero tu viaje a España?—Le dije con cierta nerviosismo.
—De regreso a la misión estuve dándole vueltas al asunto de la dote, era la primera vez que sentía una cierta necesidad de tener dinero con urgencia y después de muchas vueltas al asunto tratando de encontrar una solución, recordé las historias de viejos mineros que trabajaban para Ángel en la misión, que habían probado suerte en la minas de oro de San Carlos.
»Así que recogí el poco dinero que tenía y después de comunicarle mi decisión a Ángel me fui a probar suerte como buscador de oro en la minas de Nambija,  de las que contaban historias de buscadores que se habían hecho ricos de un día para otro.
»La misión estaba cerca de la zona minera, después de averiguar el lugar me informé en Zamora Chinchipe de las  condiciones y normas que regían en las minas.
»Tras desoír los consejos de las gentes de bien de la zona, sobre todo de Ángel, marché hacia aquel infierno que superaba todo lo imaginado.

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