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La forja del alma C7º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C7º

Mensaje por Alberto Sanchez el Mar 19 Dic - 1:46

Capítulo 7º
Zamora Chinchipe

—Alquilé los servicios de un taxi rural en la misma ciudad de Zamora y por medio de la  selva entre caminos de tierra y controles del ejército, pude finalmente llegar hasta San Carlos. Pregunté por el padre Anselmo, un buen amigo de Ángel, que me proporcionó una pequeña chabola para alojarme, después de una larga conversación hasta altas horas de la madrugada provocada por el insaciable deseo de aquel misionero por tener noticias de España, me fui a dormir.
»El padre Anselmo, era un santo varón que atendía la parroquia de San Carlos, en aquel rincón del mundo.
»A la mañana siguiente aquel hombre curado de espanto fue  muy explícito en sus consejos.
»Desde que salgas de la parroquia hasta que llegues de nuevo a ella, tu vida corre un peligro eminente, es necesario que te proporciones un arma, Dios me asista por darte éste consejo, pero procura  que ésta la lleves a la vista, lo que será disuasorio para muchos, pero no para todos ¡Ojo! y esto es importante, las mujeres que venden sus servicios en aquel lugar y por muy baratas que sean o hermosas, no aceptes, son la causa principal de un sin número de enfermedades, entre ellas la sífilis. Referente a las comida, hierve el agua para guisar o beber por muy limpia que este, suerte amigo mío que te hará falta.
»Dejé aquel santo en su parroquia, donde trataba de recomponer los despojos de los que habían fracasado en aquel infierno. Esto lo viví después pero era tanta la necesidad de conseguir dinero que no escuché a nadie.
»De madrugada alquilé una mula y compré los enseres de cavar en la montaña, provisiones, cierta cantidad de agua para el camino y el célebre revolver. Nos fuimos agrupando en la pequeña plataforma que daba origen a la subida. Algunos veteranos esperaron a que el número de mineros fuese grande para subir todos juntos y con ello hacerse fuertes y disuadir a los ladrones en el caso de ser atacados.
»Los consejos de los veteranos decían; en el supuesto caso de ser robados conviene tener una cierta cantidad de dinero a mano y el resto a buen recaudo.
»Habían pasado dos horas desde que amaneció y el grupo había aumentado, pero no lo suficiente como para poder defenderse del ataque de los ladrones, así que esperamos a ser más.
»Cerca de las diez de la mañana se puso la caravana en marcha, el calor ya empezaba a notarse. La senda que seguía el río  Nambija por su margen derecho se empinaba cada vez más, pero todavía la temperatura era tolerable, después de recorrer unos seis kilómetro, más o menos, pasamos al otro lado por la quebrada del Ferro,  donde se formaba un gran meandro, en ese lugar dejamos el sendero para introducirnos en una pequeña trocha donde la selva lo tapaba todo, el camino se retorcía a cada paso que dábamos y entre la pendiente y la vegetación la marcha se ralentizó alargándose la caravana, de forma, que los que estábamos situados en cabeza no podíamos ver a los de atrás, en ocasiones las vueltas y revueltas nos permitían ver a los últimos, trescientos metros más abajo.
»¡De repente sonaron unas detonaciones! Todos nos tiramos al suelo, sentí miedo y sin darme cuenta empuñe el revolver que no atiné amartillar por los nervios, los animales se soliviantaron, pero tras algún intercambio de disparos en la retaguardia, la cosa se tranquilizó. Se corrió la voz de que los atacantes eran pocos y habían decidido atacar solo a los últimos, pero se asustaron de la reacción violenta de los veteranos del grupo, una mula y un joven quiteño fueron heridos sin importancia.
La subida fue aumentando su dificultad por culpa del calor sofocante y los árboles no dejaban pasar ni la más mínima brisa a través de ellos, solo se escuchaba los gritos de los papagayos y alguna aves asustadas a nuestro paso, la gente asfixiada por la subida no podía ni hablar.
»La gran masa del cerro que tapaba la zona minera fue poco a poco decreciendo de inclinación, algunos claros se fueron intercalando y después de un giro muy pronunciado a la izquierda se empezaban a ver los pequeños chamizos que se extendían en la quebrada del Fierro Alto, donde se hallaban las explotaciones mineras de Nambija.
»Sobre la vaguada se extendía un número elevado de chabolas, casamatas, y pequeños agujeros con cuatro palos mal puestos que daban techo.
»El número de viviendas por decir algo era inmenso, mayor incluso que las viviendas de Zamora Chinchipe: alguien me dijo que solían mal vivir cerca de doce mil almas, hacinadas en aquel espacio de apenas dos kilómetros cuadrados. En la parte alta de la vaguada un espacio plano de placas de cemento del tamaño de un campo de futbol con dos o tres contenedores metálicos para oficinas,  una de ellas perteneciente al gobierno. Protegiendo las instalaciones  alambradas de espinos rodeaban el recinto que contenía, la pista de aterrizaje de los helicópteros del Banco Central de Ecuador. Alrededor un grupo de policías armados con metralletas custodiaban el lugar.
»La actividad minera no paraba, los pequeños tablones que servían de puente a las múltiples torrenteras estaban transitados por doquier, en algunos barracones vendían ultramarinos, en otros un mostrador y una pequeña balanza con un letrero «se compra oro» detrás un hombre corpulento que con revolver al cinto y otro sobre la tabla  no dejaba dudas de sus intenciones.
»La basuras dominaba el paisaje, los montones de piedra oscura se acumulaban en las bocaminas, por doquier se veían orificios excavados en la montaña y en sitios inverosímiles donde la pendiente se hacía vertical, andamios de madera con escaleras muy rústicas trepaban hasta la boca.
La gente se movía de un sitio a otro trasportando sacos, con el rostro serio y demacrado por la falta de alimentos vitales.
»La entrada del grupo en el poblado era un acontecimiento habitual, alrededor de donde se descargaban las caballerías un grupo de  jovenzuelos ofrecían refrescos por precios astronómicos, sin duda rellenados con agua y colorantes, tacos y tortas y alguna que otra fruta tropical.
»Los recién llegados con el dinero todavía fresco en sus bolsillos unido a la sed de la subida pagaron aquella agua sucia a precio de oro y nunca mejor dicho.
»Entre la marabunta de vendedores algunas mujeres ofrecían su cuerpo, mal vestidas y sucias por no tener el lugar más agua que la que corría por los meandros. Se acercó una mujer mayor con cierta limpieza, el pelo cano y peinado con trenzas, que ofrecía cobijo por cierta cantidad, uno de los veteranos que había subido conmigo me alentó a que la siguiera pues de todo lo que allí se podía conseguir aquel lugar por lo menos estaba exento de chinches y piojos.
»Cuatro días en  aquel infierno y todavía no había conseguido nada, los sitios libres para poder picar se encontraban muy lejos de las chancadoras y los que estaban más cerca se ofrecían por precios astronómicos y sin garantías de que tuviesen oro, aunque todos los que vendían, decían que era seguro  encontrar mineral aurífero en su concesión.
»Finalmente me decidí por un agujero en la pared de roca con muy difícil acceso, pero mi pericia para subir por la pared me permitió preparar la subida con ciertas cuerdas y alguna que otra escalera. El precio era más económico que el resto, por la dificultad de excavar pero en lo concerniente a la posibilidad de encontrar oro eran parecidas a las demás.
»Dormía en aquel orificio de diez metros de profundidad y metro y medio de alto, sus paredes eran de roca pero ciertas zonas estaban compuestas de arenisca más fácil de picar. El agua era el único elemento vital que tenía que conseguir, en lugar de comprarla me desplazaba todas las tardes hasta la fuente de la que se suministraban todos a pesar de las colas y las broncas que se formaban, en ocasiones las disputas se dirimían a tiros, con muertes, o heridos graves, de momento me mantenía al margen de todo aquello y a pesar de coger el agua en la fuente la hervía antes de  beberla.
»Se rumoreaba que en aquella inquietante ciudad todos los días aparecían dos personas muertas por término medio, bien por peleas, enfermedades, o derrumbamientos, y que si tenías la suerte de encontrar oro debías mantenerlo en secreto hasta disponer de amigos con los que defender la concesión para que no te robasen cuando dormías o te matasen sin más.
»Después de dos semanas comencé a encontrar pequeñas cantidades de oro pegados a la roca, para poder extraerlo tenía que machacarlas hasta pulverizarla y procesar el polvo con mercurio en una sartén hasta conseguir amalgamar las pequeñas partículas, luego le aplicaba calor hasta que el mercurio se volatilizaba y a  así conseguir el anhelado metal. Cuando las rocas auríferas eran muchas no tenía más remedio que meterlas en un saco de aproximadamente cincuenta kilos y llevármelo hasta las máquinas de triturar. El solo hecho de conseguir trasportar el mineral suponía un esfuerzo considerable y un pago de unos cincuenta dólares americanos por el servicio de pulverizar.
»El dinero mermaba a marchas forzadas cada vez mi dieta era más exigua y los ingresos no medraban, pronto comencé a utilizar el oro que sacaba para comer y mi cuerpo escaso de defensas se manifestaba con ciertos trastornos intestinales, la esperanza se esfumaban como al noventa y nueve por ciento de los que trabajábamos en aquella explotación. Cada vez me costaba más subir hasta la bocamina, y muchas noches tenia sueños febriles a causa de la disentería. De madrugada mis fuerzas se renovaban, pero al llegar la noche mi cuerpo y mi mente deseaba marchar de aquel infierno.
»Un hombre  envejecido con los ojos hundidos y una mirada errática esperando su turno en la cola de la chancadora me dijo:
—Muchacho te vengo observando varios días y me has parecido una buena persona, ¿Quisiera proponerte un trato? Y si no te interesa, con decirme ¡No! lo entenderé. Mi nombre es Emiliano Giménez.
Le extendí la mano diciéndole:
—Julián Álvarez de la Rosa.
Me quedé mirándole unos momentos y pensé; «no pierdo nada por escucharle»
—Aquí, no, cuando terminemos de triturar, al pie de tu mina te espero y hablamos—me dijo.
»Que me querría pedir, por más que daba vueltas al asunto no conseguía adivinar los motivos» pero las cosas se precipitaron, cuando regrese con los pocos gramos que me permitirían comer algunos días más, el hombre se encontraba en la base de la pared de la cueva, esperándome y con cierta discreción me dijo.
—Tengo cuarenta años pero mis fuerzas se me están terminando justo en el momento que más las necesito. Hace veinte días que encontré una beta en mi excavación y parece ser que los beneficios son cuantiosos, durante estos primeros días el metal lo entregué en las instalaciones del Banco Central a pesar que pagan un quince por ciento menos el gramo, pero así evito que me lo quiten o me maten.
—Qué suerte Emiliano vas a ser un hombre rico si el yacimiento no se agota.
—No creas tengo tanto miedo que apenas duermo estoy toda la noche en vela pensando en que me van asaltar...
—Relájate hombre, si nadie lo sabe no hay problemas yo no pienso decírselo a otros.
—¡Pero es que sí lo saben! A mi vecino le he tenido que ofrecer una parte de la concesión, el sueño me rendía y una madrugada me dijo que si quería descansar, le diera la mitad, al final le dije que un tercio pues tenía otro socio. Le conté  eso pensando que tendría más cuidado de no agredirme.
—Supongo que el otro socio soy yo, si no me equivoco.
—Si eso mismo ¿Aceptas?
—Por supuesto en estos momentos la suerte me es esquiva y muchos días he pensado en abandonar.
—Mañana a primera hora entraremos en la oficina del gobierno y haremos las tres partes, quedamos en la boca mina de mi propiedad ya la conoces.
—Hasta mañana—le grité y me dispuse a tomar algo de cenar.
«Todos mis pensamientos se activaron de nuevo pensando en Ana María, que de forma brusca me la habían arrebatado de las manos ¿Podría ser que el destino me la devolviera? Pero algo en mi interior me decía que no sería fácil.»
»Nada más clarear me puse en marcha, tomé algo de comida para distraer el hambre y bajé hasta la mina de Emiliano, muy cerca de la entrada estaba recostado ligeramente encorvado, me temí lo peor, apure los últimos metros corriendo y cuando llegué junto a él se sujetaba con las manos el estómago de donde le fluía la sangre a borbotones, con sumo cuidado le tumbé sobre el suelo y con un trozo de la camisa le tapé como pude la herida. Su voz se extinguía y cogiéndome la mano me dijo:
—Toma esto—depositando su cinturón en mi mano, con un movimiento apenas perceptible se desmadejó y murió entre mis brazos.
»Nadie acudió al lugar, algunos que pasaban cerca seguían su marcha. Aquella muerte era otra de las muchas que ocurrían a diario tome el pico y en un pequeño espacio donde la montaña había amontonado tierra y piedras piqué un hoyo para enterrarle. Luego fui hasta la diminuta oficina que tenía el gobierno y notifiqué lo ocurrido. Solo me pidieron el nombre del muerto, les dije que creía que era Emiliano Giménez, miró en unos listados y se limitó a decir:
—Su concesión, previo documento que obra en nuestro poder ha pasado a pertenecer en este momento al gobierno, siendo éste el socio mayoritario, siempre y cuando nadie presente acreditación alguna que diga lo contrario la explotación es de nuestra propiedad.
»Me extrañó que no quisieran que me identificase, pero mi propio miedo me hizo callar, di la media vuelta y me marché.

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