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La forja del alma C8º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C8º

Mensaje por Alberto Sanchez el Jue 21 Dic - 7:41

Capítulo 8º
Reencuentro en Guayaquil
—»Regresé a la mina y continué con mi trabajo, pero aquel maldito agujero no me daba nada que valiera la pena, recostado sobre una de las paredes, muy cerca de la salida, estuve limpiando el cinturón manchado de sangre. Nada había de extraño y no comprendí en ese momento la razón por la que me había dado el muerto el cinturón, al pasar la mano por el medio noté un ligero abultamiento, el forro de dentro estaba en aquella zona cosido a mano, con cuatro puntadas mal dadas, me extrañó, pero la pequeña navaja que tenía la había perdido hacia algunos días, así que me puse el cinturón por encima de la canana del revólver y seguí trabajando.
»Cuando por la tarde fui a por agua, la bocamina de Emiliano estaba tapada con unos maderos y dos policías armados custodiaban la concesión.
«Pensé, que rápidos han estado para ocupar la mina si no tuviese oro ni la habrían mirado, que pena.»
»Los días siguientes fueron si cabe, más duros, no encontraba nada de oro y tenía que comprar comida, me dirigía hacia las chancadoras sabiendo que por trasportar sacos de mineral, desde algunas concesiones hasta las maquinas, pagaban cuatro dólares por saco, así que mis huesos, doloridos, tuvieron que sufrir el esfuerzo de estar todo el día acarreando mineral por un mísero sueldo.
»Había tocado fondo, el exceso de trabajo, la mala comida, los vapores del mercurio y el agua que a veces no la hervía por cansancio, me provocaban vómitos y diarreas, en ocasiones no conseguía levantarme del camastro y la consecuencia era no conseguir comida. Si no tomaba pronto la decisión de salir de allí terminaría muerto sin remisión.
»Aquella mañana estuve esperando a la caravana que subía todos los días, traté de realizar algún tipo de acuerdo con los muleros.
»Era preciso convencerles que me dejasen bajar con ellos a lomos de alguna de sus acémilas, porque para hacerlo andando no tenía fuerzas.
Aquellas gentes acostumbradas a los dramas de los mineros me dijeron que si no pagaba no habría trato, y con un empujón me quitaron del medio.
»Rendido, sin fuerzas, sin poder siquiera subir hasta la boca de la mina me acurruqué en la pared donde colgaban las cuerdas,  la idea que tenía era que al ponerse el sol, con el fresco de la noche, podría encaramarme hasta la mina, con la obsesión de beber agua.
»La fiebre se apoderó de mi cuerpo y tiritaba como una hoja al viento, era tanta la sed que me arrastré hasta el riachuelo más cercano y metí la cabeza en aquellas aguas putrefactas que además de servir para lavar el mineral también servían de vertedero para todo.
»Pasé la noche allí mismo, no conseguí moverme de borde del arroyo, alguien pasó cerca de mí y con el pie me movieron para ver si estaba muerto, cuando se dieron cuenta que estaba indefenso me quitaron lo poco que tenía de valor «el revolver».
»Amaneció el día encapotado y las nubes cargadas soltaron su maravilloso contenido, primero fueron gotas gruesas que trataba de beberlas, después, de forma torrencial empaparon mi cuerpo absorbía el líquido sin tregua, pero sumido en este menester no me percaté que el pequeño reguero del día anterior crecía de forma alarmante. Hice un esfuerzo sobre humano para incorporarme y trepar hasta la boca de la mina evitando ser arrastrado por las aguas. Allí al abrigo de la mina me tumbé a esperar. La cercanía de la muerte me dio la lucidez necesaria para poder salir de aquel agujero.
»Puede que las circunstancias extremas despierten el ingenio. ¿¡El cinturón tendría algo!? Nervioso me lo quité y sin ningún miramiento, con los dientes, fui rompiendo las puntadas que cosían el forro, conseguí abrir un pequeño espacio ¡Milagrosamente surgió ante mi vista un billete de veinte dólares, doblado como una acordeón! Descosí otro trozo y surgió uno de cien, no quise seguir, tomé los dos billetes y los guardé, después me puse el cinturón de nuevo. A trancas y barrancas y a pesar de la lluvia torrencial, me dirigí hasta la tienda de ultramarinos y compre comida sin recato.
»Al día siguiente fui hasta la plaza de mulas donde salían las caravanas y pagué los cincuenta dólares que me pidieron, si pensar siquiera en el riego del camino. Noté una sensación de alivio al estar montado en aquel mulo que me bajaba.« Solo entonces me di cuenta que con aquel acto de renuncia también estaba renunciando a ella».
»Cuando llegué a San Carlos fui a visitar al padre Anselmo, nada más verme, se echó las manos a la cabeza, mi estado paupérrimo daba pena, me dio unos pantalones y una camisa y me dijo que me duchase con un producto para desparasitarme, luego en la cena me dio una medicina para la disentería y me recomendó que en Loja, sin falta, me viera un médico.
»No me preguntó, mi semblante lo decía todo, al día siguiente al despedirme le di un billete de veinte dólares No lo hubiera querido, así que le dije que para los necesitados.
—Cómo puedes comprobar querido amigo, las cosas no me fueron nada bien en las minas de oro, pero tampoco mejoraron después.
»Cuando llegué a la misión  los acontecimientos se precipitaron.
—¿Pero todavía tenías esperanza de volverla a ver? ¿Seguiste buscándola?
—Fue ella la que me encontró a mí, al regresar a la misión una carta había llegado hasta allí a mi nombre.
—¿Que decía la carta si se puede saber?—Le pregunté nervioso.
—Solo venía la dirección donde la podría ver y una llamada angustiosa diciendo: Ven rápido, es urgente, te quiero.
—Gracias a que el cinturón tenía cerca de mil dólares y un documento del Banco Central reconociendo al  abajo firmante un tercio de la explotación Nº 750 cedida por Emiliano Giménez. En posesión de sus facultades mentales.
»Pero al documento la faltaba mi firma aunque que estaba extendido a mi nombre, comprendí en ese instante que Emiliano al entregarme el cinturón estaba haciéndome participe de aquella mina y lo único que tendría que hacer era estampar mi rubrica.
»Ahora mi preocupación se hallaba en otro sitio; le conté a Ángel todo lo ocurrido y desde el aeropuerto de Loja cogí un avión hasta Guayaquil que era el lugar desde donde me había escrito Ana María.
»Todo lo ocurrido durante los días en Nambija se me borraron de la mente, solo pensaba en  aquella misiva en señal de socorro.
La cita resultó ser un parque de la ciudad pero no había en el comunicado ni hora ni día, mi desesperación fue en aumento al descubrirlo, recorrí los jardines del parque, de una punta hasta la otra y nada.
»Traté de razonar: Aquel sitio debía ser el único donde ella tendría acceso, posiblemente en las mañanas temprano o al atardecer cuando el sol cedía. Supuse que la casa estaría cerca, pero estaba claro que en la vivienda sería imposible abordarla.
»Cuando avanzó el día y dieron las doce me fui a comer a una cafetería cerca. Pregunte por un lugar no muy caro para dormir y ellos mismos me dieron las señas de una pensión.
»Durante tres días monté guardia en el parque hasta que al caer la tarde apareció por una de sus esquinas acompañada de una mujer mayor que le daba conversación, mientras que Ana María disimuladamente miraba inquisitiva hacia todos los lados, cuando me vio, corrió hacia mi emocionada, nos abrazamos, tras unos instantes no quedamos unidos hasta que impresionada me dijo.
—Qué delgado estás, ¿Te encuentras bien?
—Si no te preocupes, ¿Pero cuéntame qué es lo que pasa?
—Mira Julián estoy embarazada de tres meses, no tardando se empezara a notar. Mi padre cuando se enteró que el embarazo era culpa tuya se volvió loco y mandó a buscarte, creo que para nada bueno, me dio miedo y le supliqué, pero solo conseguí empeorar las cosas, se calmó después de encontrar a uno de sus conocidos, dispuesto a sacrificarse y casarse sin importarle mi estado.
«Al escucharla decir lo del niño un escalofrió me corrió por la espada, sentí una alegría inmensa pero por otro lado me abrumó la responsabilidad de tener que ser el padre de aquella vida incipiente. A pesar de lo rápido que se desarrollaron los acontecimientos en el parque, no era el momento de dudar»
—Bien, bien, saldremos adelante los tres, no te preocupes, lo importante es que estemos juntos.
Ana María me tapó la boca con un dedo y me dijo precipitadamente:
—No hay tiempo para hablar, Rosarito estará en este momento camino de casa para dar aviso de lo que está ocurriendo.
—La boda se está preparando para dentro de un mes y aunque me he negado, me están presionando con tomar represarías contigo. Lo único que se me ocurre es escapar los dos y escondernos para que no puedan dar con nosotros. ¿Dónde tienes tu alojamiento?
—Aquí cerca en menos de cinco minutos llegamos.
»Marchamos todo lo deprisa que pudimos para quitarnos de las calles, en la pensión me pidieron más del doble para que nos dejasen subir y le exigieron la célula de identidad para asegurarse de que no era una menor.
»Vivimos unas horas inolvidables, nos sentíamos felices a pesar de la persecución a la que estábamos sometidos. Solos en la habitación tratamos de resumir todo lo acontecido al uno y al otro, después de tantos días. En medio de un tropel de palabras, nuestros cuerpos se unieron  al fin.
»Recobré la confianza otra vez al sentirla tan cerca de mí. Después de tanto tiempo el sueño comenzaba a materializarse, estábamos tan llenos el uno del otro que la felicidad rebosaba nuestros espíritus.
Pasado aquel instante tratamos de urdir un plan para huir.
¿Estarían todos los medios de transporte vigilados? La influencia de su padre se extendía a todos los estamentos oficiales y a los de los bajos fondos.
»En Guayaquil había un movimiento portuario considerable no solo de barcos de transporte, también de pasajeros y mercancías.
Muy temprano salí de la pensión y me dirigí al puerto, he indagué qué barcos salían de inmediato, el que más pronto zarpaba era para el día siguiente con destino a Portugal, con escala en Panamá y cruzar el canal poniendo rumbo a las Azores y finalmente a la península.
»Saqué los pasajes y tuve que presentar el pasaporte  y la célula de Ana María, me sellaron los billetes en la naviera y me dijeron que a las ocho zarpaban.
Regresé a la pensión había comprado unos bocadillos para almorzar y unas Coca Colas, el poco equipaje y sobre todo el poco dinero convertían aquella huida en una aventura incierta.
»En aquellos momentos no se nos ocurrió que podían descubrirnos, solo pensábamos en lo más inmediato y rezábamos para que los esbirros de D. Evaristo Arzuaga no hubieran descubierto nuestro plan de fuga.
»Muy temprano liquide la cuenta de la pensión y fui a por un taxi, después de regatear  el precio llegamos a un acuerdo. Recogí a Ana María y nos dirigimos al puerto, cruzamos la ciudad hasta la orilla del Guayas y por la carretera que se extendía paralela a la desembocadura del rio llegamos al puerto.
»Nos dirigimos por el muelle hasta el lugar donde estaba atracado el barco, en una pequeña mesa junto a la pasarela estaba el control de aduanas donde te sellaban el pasaporte.
 ¡Cuando nos disponíamos a sacar los documentos, cuatro individuos mal encarados se abalanzaron sobre mí! Mientras trataba de enfrentarme a ellos dos más bajaron de un coche aparcado cerca y se precipitaron sobre Ana María recibí varios golpes por todos los lados y lo único que recuerdo fueron los gritos angustiosos de Ana María diciendo:
—¡No le hagáis daño por favor os lo suplico!
»Sentí un golpe en la nuca después se oscureció todo a mi alrededor y pasadas muchas horas, no  sé con seguridad cuantas, desperté en el camarote de un barco que navegaba lejos de la costa.
»Fue tan grande mi desesperación que en más de una ocasión pensé en tirarme al mar, pero no pude.

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