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La forja del alma C9º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C9º

Mensaje por Alberto Sanchez el Sáb 23 Dic - 2:57

Capítulo 9º
Los últimos años en España

«Sentí una angustia tremenda al escucharle, no encontraba las palabras que pudiesen reconfortarle, su pena la percibía como propia y en aquel silencio lo único que se me ocurrió fue abrazarle mientras con la voz quebrada por la emoción le dije tratando de ayudarle».
—Lo primero que tenemos que hacer es ponernos en contacto con un abogado y explicarle lo ocurrido, puede que él, a través de la interpol, puedan detener la boda o por lo menos crearles cierta inquietud. Referente al documento de la concesión también se podrá hacer algo. ¿Te acuerdas de Antonio Ríos del Alpino? ese es abogado y de los buenos, seguro que él te podrá ayudar.
Dos meses más tarde fuimos hasta el bufete de Antonio Ríos, Julián insistió en que fuese con él aquella mañana.
Después de la visita perdió toda esperanza de recuperar a su querida Ana María. Antonio dijo sin titubeos:
—Sin pruebas fehacientes, el derecho internacional no permite intervenir en ningún asunto, de la competencia interna de un país.
Consternado se disponía a marchar dando por terminada la visita.
Fui yo el que le expliqué lo de la mina, Julián se mantenía callado y taciturno después de desvanecerse el asunto de Ana María, aquí las cosas fueron positivas, Antonio, le hizo firmar el documento y terminó de tomar los datos y las fechas del hecho.
***
Le veía de cuando en cuando y cada vez  estaba más deprimido, después de mucho insistir conseguí que fuera a visitar la casa de costura y que retomase sus actividades de montaña. Me hizo caso y los dos asistimos a la reunión de los viernes. En algún momento tuvo que explicar algo de lo que le había pasado en Ecuador pero trataba de evitarlo.
Con cierta discreción trató de derivar la conversación hacia otros derroteros, Amelia mujer muy observadora se percató de algo, pero con cierta discreción se retiró a un rincón con él y trató sonsacarle algo de lo que le preocupaba. Esta vez no pude intervenir y solo presenciar como su rostro se entristecía, mientras Amelia le cogía de la mano y le hablaba, supongo que tratando de levantarle la moral.
Después de una serie de indagaciones y viajes a la embajada de Ecuador y una vez certificada la identidad, el Banco Central de Ecuador reconoció la participación de Julián en un tercio de la propiedad del pozo nº725.
La explotación había acarreado unos gastos, pero aun así el monto de dinero en caso de venta ascendía a quince millones de pesetas. Fue el único momento que le vi sonreír, pero su risa estaba impregnada de cierto sarcasmo y me dijo:
—Solo ha llegado un año tarde la fortuna ¿Y para que, si no he conseguido lo que más quiero? Que irónica es la vida en ocasiones, amigo mío.
—Este dinero solo se puede sacar del país tras un trámite costoso, pues consideran que todo el dinero que proviene del oro extraído en el país, es un bien estatal y sería considerado como fuga de capitales sacarlo de Ecuador—dijo taxativamente  Antonio Ríos tras mirar el documento de la embajada.
Aquel invierno habíamos salido en un par de ocasiones a esquiar, noté una cierta mejoría en su semblante y parecía que hubiese terminado aceptando la perdida, aun no me atrevía a decirle nada de otras chicas, pero quizás sería el momento, «según dicen la mancha de la mora con otra blanca se quita», sopesé la situación y esperé a otra ocasión.
En aquel invierno, como era costumbre, iba nuestro club a celebrar la Alta Ruto de Gredos y querían dar ese año un aire más internacional a la travesía. Realizaron invitaciones para todos los clubs de montaña de España e incluso se notificó a otros lugares fuera de la península.
Pedro mi compañero de cordada y yo nos encargamos de sembrar la zona de los Barrerones hasta el refugio del Rey, con unas banderas rojas como las empleadas en las pistas de esquí, en previsión por si ese día había niebla.
Aproveché para decírselo a Julián si quería formar equipo con nosotros el día de la travesía Amezua.
La semana antes pasé por su casa y estuvimos repasando el material para aquel día y sobre todo eligiendo las provisiones para la marcha. Su veteranía en lo tocante a las raciones de ataque fue decisiva. Con todo preparado esperamos hasta la salida del autocar donde Pedro nos esperaba al igual que el resto de participantes.
1º Día.
El autocar fletado por el Club Alpino llegó de anochecida al puerto del Pico. La nieve aunque no cubría la carretera estaba presente en el paisaje. Al bajar notamos el aire gélido que se encauzaba por el puerto. La venta, a poca distancia  de la carretera parecía mimetizada en el paisaje. Algunas voces indicaron el camino y uno tras otro fuimos entrando en un patio, al abrigo del viento que anunciaba más hielo en la mañana.
Apenas se veía, alguien encendió una linterna. Al fondo un farol de aceite indicaba la entrada al recinto. La estancia amplia se llenó rápidamente, los  candiles colgados de las traviesas del techo,  le daba un aspecto lúgubre,
La gente no sabía qué hacer, dejamos los macutos sobre el suelo y esperamos que alguien nos informara. Pasado unos minutos el director de la travesía pidió silencio, de forma escueta nos fue asignando los cuartos, donde podríamos dormir, y precisó, que camas para todos era imposible, así que cada uno, con sus medios pasara la noche lo mejor pueda.
La salida se fijó a las seis de la mañana, donde se efectuaría el control del material y se entregarían las fichas de cada equipo.
El mesonero ofreció sopa, jamón y queso, pues sus medios eran limitados. Lo cierto es que la sopa era capaz de resucitar a un muerto.
Los candiles fueron apagándose y las voces perdiendo intensidad, el silencio se enseñoreaba dejando paso algún ronquido que otro, fue un sueño a duerme vela, donde los acontecimientos del día siguiente creaban cierta inquietud.
Sonaron voces que incitaban la hora de comenzar. Me pareció que apenas había transcurrido tiempo, pero en unos minutos regresó el bullicio de la noche anterior. No pasaría ni media hora, cuando se animaba a los equipos a presentarse en el patio, para control.
Después de un desayuno rápido y el recuento de material de cada uno, nos presentamos en el puesto de salida:
—Nombres.
— Pedro Isasi,  Julián Álvarez, Alberto González.
—Bueno ya sabéis que la distancia máxima entre los componentes del equipo, no debe superar los veinte metros, en cada control es obligatorio presentarse juntos, el último registro es en la Mira se cerrará a las seis de la tarde— Nos dió estos datos el director de la travesía.
Nos regaló un mapa a cada uno, luego nos revisó el material obligatorio: Cuerdas, tienda, armazón de la camilla, piolet, Crampones, esquís.
—Bien, está todo, suerte.
Nos sellaron las tarjetas y salimos en la penumbra cuando el día todavía no había comenzado a clarear.
Algunas cordadas nos precedían. Caminábamos silenciosos, tomamos el rumbo hacia la impresionante barrera helada que se dibujaba delante de nosotros.
«Estaba contento con mis compañeros, Julián, Pedro y yo, nos   conocíamos de siempre y en este tipo de travesía era importante la máxima armonía para terminar con éxito».
En esta jornada de la Alta Ruta de Gredos y debido a la dificultad de la prueba se habían congregado en esta edición más montañeros de lo que era habitual.
En el mundo del alpinismo este tipo de pruebas se estaban poniendo de moda en ciertos sitios de los Alpes y la federación y otros organismos deportivos siguiendo la moda de estos países trataba de fomentar nuestra querida travesía en Gredos: catalanes, cántabros, andaluces, aragoneses, amén de los madrileños del club  Guadarrama, Cumbres, Peñalara, Deportiva Excursionista y por supuesto del Alpino.
Pisábamos prudentemente sobre una nieve dura, pequeños arroyos ocultos serpenteaban por los prados cubiertos de nieve, algún pino que otro y rocas oscuras salpicadas de blanco, formaban aquel puerto.
Había sido el paso natural para las fuerzas de Roma y dicen algunos, que hasta las huestes de Almanzor habían pasado por allí.
Teníamos intención de atacar frontalmente, las laderas del Risco Del Cuervo,  a pesar de ser una subida un tanto agotadora. Algunas cordadas optaron por trazar una línea oblicua que soslayase el repecho.
Julián, tu padre, era el más veterano de los tres, se paró un instante y dijo:
— Si conseguíamos ascender antes que la nieve se ablande, no necesitaríamos recurrir a las pieles de foca hasta muy arriba.
Pisando sobre nieve dura fuimos progresando adecuadamente, aunque de cuando en cuando nos hundíamos. La idea era tomar altura lo antes posible, para luego ascender cresteando y de esa manera reservar nuestras fuerzas para el resto de la jornada.
Llegamos a la cumbre del Risco del Cuervo cuando los primeros rayos la iluminaban, su visión era fantástica; con suaves tonos púrpuras, rojos encendidos, naranjas y rosas. Era el contraste perfecto con los colores del valle, azules y negros que viraban hasta el violeta, salpicados por las luces que parpadeaban en algún pueblo cercano.
La cuerda por donde caminábamos estaba orientada de Este a Oeste formada por una sucesión de cumbres, de alturas similares, era un gigantesco tobogán que oscilaba entre los mil ochocientos metros y los mil novecientos.
Fuimos dejando atrás: El Risco del Bierzo, La Silla, Cuerda de los Mojones, Risco de las Morrillas, hasta el Puerto del Arenal.
La nieve poco a poco fue perdiendo consistencia, Al principio en las primeras subidas, las pieles de foca que había comprado de segunda mano, funcionaron bien. Luego no sé, si por que la nieve se hacía más blanda, o por que las fijaciones eran muy malas, lo cierto es que se desplazaban lateralmente, creándome un cúmulo de problemas para poder mantener el paso de mis compañeros.
El ritmo era constante y pocas veces nos deteníamos, algunas caídas o fallo en las ataduras de los esquís, era la única tregua que nos dábamos.
Nos cruzábamos con algunos equipos, si se terciaba, cambiábamos impresiones con ellos.
Desde el puerto del Arenal enfilamos hacia los Cervunales, donde en tiempo de verano hay una fuente. Tratando de no perder altura nos encaramamos sobre los mil novecientos veinte metros.
Desde  la cumbre podíamos ver la garganta que formaba el río Arenal, dando nombre a un pueblo pintoresco aguas abajo.
Buscamos el control en el puerto de la Cabrillas, pero los que lo integraban se habían subido a la cota de los dos mil treinta metros para sellar las tarjetas.
Después de fichar tomamos un buen trago de agua y algunas vituallas para tomar fuerzas. Preguntamos si habían pasado muchos equipos. En el fondo el espíritu competitivo estaba latente, pero lo cierto es que el sentido común, aconsejaba mantener el ritmo más adecuado a cada cordada.
Al ir tomando altura la nieve estaba más helada, aliviando un poco la lucha que teníamos con el material de esquí. Tras superar la cota del Mojón de Tres Cruces llegamos a la Peña del Medio Día.
Desde esta cumbre mirando al noroeste, se veían los montes de Toledo, y toda la cuerda que habíamos recorrido. Debajo de nosotros la vista era asombrosa, barrancos profundos que acababan en la cara este de los Galayos, un poco más bajo Mingo Fernando y el Hornillo.
Las lomas que continuaban, ofrecían una superficie helada, por donde pudimos deslizarnos, sin dificultad, hasta el Puerto del Peón.
El sol había girado hacia el Oeste, la temperatura ligeramente más baja indicaba que el día estaba llegando a su fin.
Una serie de riscos completamente helados, aconsejaban sortearlos por la parte de la Hoya del Cura. Solo bajamos lo imprescindible, de nuevo tomamos altura, atacando por la ladera norte de La Tarayuela, encumbrándonos por la gran superficie que da acceso a La Mira.
La temperatura había descendido sustancialmente, el Sol ya comenzaba a perderse detrás de las cumbres del Morezón.
El control nos dio la bienvenida, al abrigo de la tapia de un viejo refugio. Eran las cinco y media, algunas tiendas de campaña ya habían sido montadas, nosotros colocamos la nuestra al lado de aquellas. El sudor comenzaba a enfriarse y era aconsejable abrigarse lo más posible.
En cuanto dejamos anclados los esquís y los pioles, nos metimos dentro de la tienda, y nos quitamos las botas. Estas habían sufrido lo suyo, mojadas más de lo habitual, tenían que ser protegidas para no encontrarlas heladas a la mañana siguiente. Todavía en España era muy difícil encontrar materiales de calidad, el contrabando era la única manera, pero nuestros recursos eran limitados y la piel del calzado a pesar de tratarla con grasa de caballo terminaba empapándose.
Mis pies agradecieron el descanso y sin pérdida de tiempo nos metimos en los sacos, con toda la ropa posible pues la noche se esperaba fría.
Tomamos la mayor cantidad de líquido, bien con la sopa que preparamos con el infiernillo, o tomándola con té y limón.
Poco a poco llegaban más equipos, por las voces que oíamos, un grupo no había llegado al control, al parecer los vieron bajar a la Hoya del Cura y enfilar al Gargantón, era el primero en retirarse de la prueba.
Lentamente fue cayendo la noche, nos apretábamos entre sí, Pedro que tenía el saco peor, se quedó en el centro.
Había pocas ganas de charla, al rato nos habíamos quedado dormidos rendidos por la fatiga.
Pero esto duró poco tiempo, sobre las dos de la madrugada el frio nos despertó, aguante un rato sin decir nada, pensando que los otros dormían, lo cierto es que todo era arrimarnos más y más para darnos calor. Terminamos colocando los pies unos encima de los otros, cambiándolos de forma alternativa.
Julián necesitaba hablar a pesar del cansancio, primero comentó la jornada para el día siguiente pero según pasaba el tiempo derivó su conversación a otros temas. Le escuchaba a duermevela pero lo que dijo a continuación siempre lo recordaré:
—Tengo dentro de mí una sensación constante de pena que solo cuando realizo actividad física como la montaña  se aplaca—Fue Pedro el que más se extrañó y su pregunta no se hizo esperar.
—¿Esa pena obedece a la pérdida de un ser querido o es algo de tipo psicológico?
—Si me la hubiese arrebatado la muerte terminaría aceptándolo, pero lo que me ocurre es distinto, es más parecido a cuando separan a la madre del hijo, a cuando al hambriento le quitan el pan de la boca, o al niño el caramelo. Es una sensación de rabia y de impotencia que con el tiempo te sumerge en un abismo de desesperación —Pedro no conocía la historia de Ana María a fondo, fui yo el que contesté.
—Tu problema es que has perdido la esperanza, pero puedo asegurarte que las cosas con el tiempo cambian y tú tienes en tu poder lo más importante, el amor de esa mujer que estoy seguro que en el momento que pueda se pondrá en contacto contigo.
—Eso es fácil decirlo, pero perdonarme, cuando me desvelo es tan intenso el recuerdo que termina quitándome el sueño— Pedro le hizo reflexionar con cierta habilidad.
—Los círculos viciosos como el tuyo terminan convirtiéndose en un remolino en el mar, nos engulle inexorablemente. Es la acción la fórmula para salir, la lucha hasta la extenuación la que cambia las cosas. Mañana si conseguimos dormir nos mostrara otra cara diferente del problema, prometo pensar fríamente en una posible solución.
Finalmente  pudimos dormir algo.
2º Día:
Sobre las cinco de la madrugada se empezaron a oír voces; sin salir del saco fuimos desayunando; Pedro preparó un café con leche condensada, que al tomarlo, nos hizo revivir.
Había que salir del saco, el frio nos hacía perezosos y remoloneábamos antes de tomar la decisión, lo peor es que apenas nos quedaba ropa de abrigo, casi toda no la habíamos puesto por la noche. El paso siguiente era incluso más duro «ponernos las botas», estas se habían helado a pesar de protegerlas dentro de los macutos. «La noche siguiente las pondremos con un plástico dentro del saco». De inmediato notamos el frio en los pies. Era una auténtica locura, por más saltos que dábamos, los pies seguían fríos y doloridos.
Recogimos las tiendas y metimos las cosas en los macutos, nos encaminamos para sellar las tarjetas y tuvimos que hacer cola para pasar el control, la espera perecía eterna, hasta que nos tocó a nosotros.
Poco a poco fue aclarando el día, cúmulos de nubes pesadas se mecían en los valles, las más ligeras trataban de remontar las cumbres, dando una nota lúgubre a los azules y blancos dé las aristas cumbreras.
   Caminamos sin esquís por las lomas de los Pelaos pero el hielo se hacía cada vez más duro, y el riesgo de patinar y caer se hacía latente. Vimos que algún equipo se ponía los crampones.
A pesar del frío nos los pusimos también, es notorio que los crampones bajan la temperatura de los pies y estos ya estaban bastante fríos, lo que hacía insoportable dar un paso. Pero poco a poco estos fueron entrando en calor.
Pasamos cresteando el pico Molederas para atacar las aristas vertiginosas de los Campanarios, la belleza es indescriptible, por las dos vertientes había una buena caída, desde nuestra perspectiva se veían las cornisas que la nieve había acumulado en la cara Sur. Encordados, fuimos progresando, cramponeábamos apenas un metro por bajo de la propia arista, para evitar romperlas y caer.
Los primeros rayos de luz hacían refractar los cristales de hielo, sobre todo los que se habían depositado en los vértices de la arista. La vista se perdía en el paisaje tanto a un lado como al otro.
El cuidado que pusimos al pasar, nos hizo olvidar el frío. Es notorio que el cerebro humano da preferencias a la hora de medir los riesgos y en ese momento era obvio que las paredes de los Campanarios lo eran más.
Muchas veces me he preguntado por que sentía tanta atracción a este deporte. Montañeros más expertos que yo han dado opiniones para todos los gustos, pero estaba claro que para mí, en aquella «arista», se aglutinaban todas las circunstancias que permitían a los sentidos, captar la belleza sin límites del momento.
«No solo había Luz y color, con esto no basta, también había riesgo, hermandad entre hombres, y una discreta soledad en el lugar, que permitía la introspección».
Han sido muchas veces a lo largo de la vida, las que he intentado repetir estos momentos, pero pasa como el cofre del tesoro, se esconden en lugares recónditos.
Por el Norte el tiempo no pintaba bien, las nubes negras, amenazantes, se depositaban en la Hoya del Arabel y en la Plataforma. Como  una carpa de circo, el  manto  de nubes cubría todo debajo nuestros pies.
Terminada la cuerda de los Campanarios, lo primero que hicimos fue quitarnos los crampones y ponernos los esquís.
Sobre las lomas de Majada Cerrada comenzaron a parecer jirones de niebla, que ocultaban la visión, el deslizamiento sobre aquellas laderas parecía un sueño, comparado con los momentos anteriores.
Empezaron a verse unas banderitas rojas que indicaban el camino. En previsión, semanas antes las habíamos puesto nosotros. La directiva de la sección de montaña del Alpino, nos había hecho el encargo, fue una gran satisfacción el ver que eran de utilidad.
Llegamos al puerto de Candeleda y desde allí fue rápido encontrar el refugio del Rey. Hicimos un alto para comer y beber algo antes de atacar las laderas del Morezòn. Desde este punto asciendes de forma suave y progresiva a Navasomera y desde esta recorres los últimos repechos hasta el Morezòn.
Pasamos el control, en esta ocasión de los primeros, pero sin querer, quizás el mejor conocimiento del lugar nos dio cierta ventaja.
Nos acercamos a la otra vertiente la de la Laguna Grande, desde la cumbre se apreciaba todo el Circo. Fuimos perdiendo altura por la izquierda en busca del camino que cruza Los Barrerones. Apenas descendimos del Morezón, entre el pequeño collado que se forma con Cuento Alto, Pedro se detuvo y nos dijo.
— Esto lo vamos a bajar por aquí—señalando las paredes casi verticales que se precipitaban hacia la laguna.
—-Estas loco— gritamos  al darnos cuenta que sus palabras y la acción eran un todo.
Su pericia era asombrosa, precipitándose por el impresionante corredor.
En estos días esa bajada, para los que hacen esquí extremo, no tendrá dificultad, pero en aquella época nos dejó perplejos.
Le seguimos desviándonos hacia la izquierda, aliviando la verticalidad con una serie de cambios de dirección.  En unos minutos Pedro estaba al pie del camino que circunvala la laguna, esperándonos.
Después  nos situamos a su altura  nos dijo.
—Esto lo practicábamos en la mili en el grupo de Montaña, en Jaca— nos aclaró.
Hacía algunos meses que había terminado el servicio militar, mejorando sensiblemente su forma de esquiar con respecto a nosotros.
Pasamos por el centro de la laguna tomando el camino que transcurre por encima de ella. Cogimos altura sobre la Hoya Antón, atacando los repechos que hay a la derecha del imponente espolón que sustenta la Portilla del Venteadero, al pie justo de las paredes vertiginosas de Ámeal de Pablo.
Después de una subida sobre nieve dura, conseguimos pasar el control último de la jornada.
Montamos la tienda y rápidamente comenzamos el ritual de preparar sopa y algunos alimentos para reponer fuerzas, sobre todo calentar agua para evitar la deshidratación.
La portilla del Venteadero estaba al abrigo del viento, dando la sensación de hacer menos frío que en la Mira.
Los comentarios con otras cordadas de tal o cual incidente, ponían de relieve la gran camaradería de la montaña y en aquellas circunstancias todavía lo era más.
Estos recuerdos se inoculan, en el acervo cultural de cada uno y pasando los años los revives con agrado.
Fueron llegando los equipos restantes, apenas llegaban montaban las tiendas y se metían en los sacos a descansar.
A través de una pequeña rendija en la tienda de campaña, pudimos ver cómo los últimos rayos de Sol iluminaban las cumbres de los Hermanitos y del Perro que Fuma, el resto quedaba oculto por la tienda.
El tiempo había dado una tregua, pero al día siguiente las cosas iban a cambiar.
Poco a poco fuimos hundiéndonos en un sopor, que algunos los más optimistas, podrían denominar sueño.
No obstante Pedro había estado dándole vueltas al problema de Julián y cuando estábamos de nuevo apretujados entre si le dijo:
—Conozco en Quito a un buen amigo, es un empleado de la  empresa que gestiona las licitaciones en aquel país, para conseguir vender nuestros productos en Ecuador. Él, si le pido que localice a tu novia seguro que lo hará de forma discreta.
—¿Podrías hacer eso? Yo lo he intentado con Jesús hace tiempo y a estas alturas sigo  sin  recibir contestación.
Traté de persuadirles que descansasen pues al día siguiente sería más duro. Pero no fue necesario insistir el cansancio  nos rindió a todos.
3º Día:
No se podía ver la laguna, las nubes invadían las partes bajas. No obstante la claridad en el Ventedero anunciaba la mañana. Las cumbres estaban despejadas.
La salida se pospuso hasta las siete y media, para dar tiempo a los del control, coronar la cumbre del Almanzor.
Fuimos saliendo unos tras otros, cada cordada atacó la subida por diferentes sitios. La mayoría enfiló directamente al Cuchillar de Ballesteros, nosotros a media ladera fuimos acercándonos al Almanzor.
A unos cien metros ya se apreciaba la portilla que había entre la última cresta del cuchillar y la propia cumbre. Se elevaba como una fortaleza de hielo, le colgaban alrededor enormes carámbanos del grueso del brazo con varios metros de altura. Semejaba a una fuente que se le hubieran congelado los chorros.  
Los primeros rayos del Sol, rompían las imponentes lanzas de hielo que colgaban de las paredes.
Rodeamos la cumbre hasta situarnos en Portilla Bermeja de espaldas al Cuerno del Almanzor, iniciamos el ataque por la cara Sur, por uno de los corredores que se habían formado con el hielo.
A base de punta de crampones conseguimos uno tras otro alcanzar la cima. Los compañeros del Alpino Paco del Brío y el Virginiano nos esperaban para el control. Nos saludaron y nos dijeron que una cuerda estaba preparada por la otra canal para asegurar el descenso.
Sellaron las tarjetas a todo trapo, pues el frío en la cumbre era inaguantable. Regresamos por nuestros propios pasos hasta el Venteadero, recogimos el material y decidimos no colocarnos los esquís, hasta  rebasar el Velesar.
El tiempo había cambiado y las nubes comenzaban a subir por las paredes del Venteadero, movidas por fuertes rachas de viento. La ventisca azotaba el rostro sin piedad y nos zarandeaba haciendo perder el equilibrio.
Nos encordamos para evitar sustos y muy lentamente progresamos por las aristas, mirando con respeto el abismo que se abría a nuestros pies, en las profundidades de Las Canales Oscuras, «Que tiempo después serían el lugar donde encontraron a tu padre».
 La niebla de cuando en cuando nos permitía ver a los que teníamos delante, ellos estaban pasando por los mismos problemas. Encorvados como ancianos, hacían frente a la ventisca.
Al pasar frente a la Galana ¡No la vimos! Más que nada la adivinamos. El viento quedó amortiguado por sus paredes, dándonos un respiro.
Cuando rebasamos el Belesar, nos colocamos los esquís, el viento había cedido en intensidad, dejando paso a pequeños copos de nieve.
Se comenzaba a vislumbrar la suave depresión del valle de Bohoyo. Empezamos el descenso por el lado izquierdo, en las laderas de Castillejos, nos deslizamos por una nieve ligeramente dura que permitía coger cierta velocidad.
Sabíamos que la bajada del valle tenía una longitud aproximada de diez o doce kilómetros, estos eran muchos kilómetros, si tienes en cuenta toda la paliza anterior.
Según perdíamos altura la bajada se hacía más pesada, los esquís se hundían en una nieve primavera, dificultando los giros rápidos.
Pasamos al lado contrario del valle donde era menos quebrado y nos deslizábamos con más facilidad.
Lo que en principio fue agradable empezaba a ser monótono y fatigoso, pero bueno todo se acaba.
La nieve dejó paso a las rocas y algún arbusto que otro, los pequeños copos de arriba fueron transformándose en gotas de agua más abajo.
Ya no había espacios suficientes para seguir esquiando, así que nos quitamos las tablas, comenzamos a caminar por el sendero que transcurría por el margen derecho del río.
Calculo que desde que comenzamos andar hasta la llegada, abría unos cuatro kilómetros.
En el pueblo se festejaba el  acontecimiento, algunos familiares esperaban la llegada de los suyos, otras gentes del mismo Bohoyo, nos saludaron efusivamente.
Cerca del sitio donde se celebró la comida, los grupos nos íbamos juntando para sellar el último control.
En el almuerzo Félix Méndez presidente de la Federación de Montaña, y gente del Alpino que habían trabajado desde el valle nos dieron la bienvenida.
El grupo de rescate del club, organizó la infraestructura, recogiendo a los grupos que se perdieron, dispersos por los valles de las estribaciones de Gredos.
La comida fue muy agradable, el vino y la cerveza desató las lenguas con un alborozo simpático. Algunos hicieron honor, varias veces, a las judías con oreja y las truchas del Tormes «Todavía no las había de piscifactoría».
Como colofón, solo tengo que añadir que esos tres días fueron un ejemplo de compañerismo, no solo con Pedro y Julián, también con el resto de los participantes, que sin duda estuvieron a la altura de esta Alta Ruta Amezua.
Lo más importante de aquella salida fue la forma de desnudar sus almas y de  confraternizar los dos, como amigo de ellos sentía una gran admiración por su forma de ver la vida, no era casualidad, pero sus personalidades eran semejantes. Yo diría que Julián necesitaba ayudar a los más desprotegidos, mientras que Pedro, se sentía atraído por nuestra pobre España tan vilipendiada y ultrajada por todos aquellos que veían en la patria una forma personal de medrar sin importarles nada más que lo suyo.

***

En el taller de joyería donde trabajaba se estaba preparando una colección para la feria de Paris, todos en el taller colaboramos muy duro para terminar la colección. Unos días después me pidieron los dueños que viajara a Paris con ellos, por si alguna pieza sufría en el transporte algún percance. Salí aquella semana camino de París en un tren, mientras mis jefes días después viajaron en un vuelo directo a la capital.
¡Al regreso me encontré con la noticia de que Julián había muerto!
Habían pasado dos semanas de su entierro y cuando visité a su madre esta se encontraba muy afectada. La hermana me contó algo del accidente en Gredos pero no quise insistir en los detalles por no ahondar más en su desgracia, así que fueron mis compañeros los que me contaron lo ocurrido.
»La Guardia Civil todavía en aquellos años no disponía de equipos de rescate así que fueron montañeros los que rastrearon la zona, buscaron por cumbres y collados sin resultado alguno  Paco el «El Mogoteras» fue el que de primera mano me puso al corriente:
—Después de varios días de peinar las zonas y seguir algunas huellas en la nieve, descubríamos que estas se perdían sin resultados positivos, los días pasaban y cada noche al raso reducía las posibilidades de encontrarlo con vida, el tercer día un grupo entre los que estaban Carlos Soria y Riaño encontraron unas marcas de crampones en la base del Cuerno del Almanzor, así que tras su descubrimiento todos acudieron. Finalmente el cuerpo se halló al fondo las Canales Oscuras, cerca del cuerno del mismo nombre a más de seiscientos metros debajo de la cumbre del Almanzor.
El relato me estaba angustiando sentía tal rabia e impotencia que me eché a llorar como un niño. «El Mogo» poco dado a las palabras me abrazó mientras me decía:
—Murió en el lugar donde él quería y haciendo lo que más le gustaba, no te pongas triste.
—No, Paco, lo que más quería se lo habían arrebatado antes, esta muerte solo ha sido una injusticia más del destino.
El no entendió mis palabras pero fue prudente y se cayó, yo tampoco quise decir más, solo le di las gracias en nombre de su familia por el esfuerzo que todos los compañeros de la montaña habían hecho.
Su madre meses después murió del corazón.
En el entierro de la madre la hermana de Julián me cogió del brazo y entre sollozos me dijo:
—Ella todos los días suplicaba a Dios que la reunirse con mi hermano. A mí me destrozaba el corazón cada vez que lo decía, pero sabes, la entendía, llenar ese vacío, a mí también se me hace cuesta arriba.
Solo, delante de la tumba donde yacían los dos, después de haberse ido la gente, recé al amigo y a su madre, una ligera lluvia comenzó a caer sacándome de mi postración y de regreso fui pensando en aquella perdida. Las heridas con el tiempo cicatrizan pero muchas se enquistan así fue la muerte de tu padre una herida mal cerrada.

***

Antonio Ríos un martes en las oficinas del Alpino en la calle Mayor donde solíamos acudir para recoger material de montaña y quedar con los compañeros para el fin de semana, me abordó diciendo:
—El lunes si tienes un rato acude a mi despacho tenemos que hablar sobre Julián. No quise indagar había mucha gente, no era ni el momento, ni el sitio, así que esperé hasta el lunes.
Aquel lunes me enteré de que Julián había dejado su herencia que ascendía en ese momento a quince millones repartida entre su familia de España y a tu madre y a ti.
Antonio después de contactar, por medios oficiales, con Ana María, era preciso solucionar algunos detalles en Ecuador, las diligencias habían llegado a un punto donde era necesario personarse en la embajada de España en Ecuador para ejecutar las últimas voluntades de Julián y asegurarse que el dinero llegase a los destinatarios correctos. El trámite precisaba de la presencia de Antonio como albacea testamentario en Ecuador.
—¿Serías tan amable de acompañarme? Tu mejor que yo, conoces la historia de los dos y dispones de datos íntimos que desconozco, además a él le hubiese gustado que fueras tú el que tratase este tema con Ana María. Esto será cuestión de unos veinte días como mucho y podemos aprovechar las vacaciones pues en Ecuador es invierno.
—Con mucho gusto te acompañaré, esa mujer necesita una explicación que la reconforte en su desgracia, a mí no se me olvida, que ella, fue la elegida de Julián y no tenemos que dejarla abandonada a su suerte, tiene que saber que nosotros somos sus amigos para lo bueno y lo malo.
La primera cita después del papeleo burocrático fue en el hotel  Hilton Colon, de la avenida  Patria donde nos alojamos en Quito.
Los momentos antes de la cita estábamos nerviosos, todo eran dar vueltas sin tener claro si se presentaría, con su marido, con su padre, o vete a saber con quién.
Para reconocerla habíamos dejado en recepción aviso que estábamos en el vestíbulo en el salón adyacente. Pasado diez minutos, acompañada por un botones se acercó hasta nosotros una mujer de belleza deslumbrante. Con el pelo negro azabache recogido en un moño cuidado, ojos negros enormes y brillantes facciones regulares y una mirada triste pero de gesto amable, no era demasiado alta quizá uno sesenta, sujetando el moño un pañuelo rojo que destacaba más si cabe su piel blanca anacarada. Nos quedamos los dos sorprendidos intuitivamente nos levantamos para saludarla.
—¿Ana María?—le pregunté a modo de presentación y ante el gesto afirmativo le dije:
—Antonio Ríos abogado y amigo de  Julián—Ella tratando de romper el hielo me dijo:
—¿Y tú eres Alberto el amigo del que tanto me hablaba Julián?
Me quedé sorprendido por su acento delicado y agradecido por reconocer mi nombre. Traté de ser cordial y le dije que si quería sentarse. Después de darnos la mano nos acomodamos mientras que Antonio sin más preámbulos le dijo:
— ¿Pensábamos que vendría su esposo? pues el asunto requiere la presencia del cabeza de familia o tutor del niño.
— No ha venido porque estoy divorciada desde hace un año, y la guardia y custodia de mi hijo la ostento yo.
— En ese caso todo será mucho más fácil—dijo Antonio sacando de su cartera los datos que disponía para su tramitación.
Ana María se quedó pensativa durante unos momentos desentendiéndose de la parte farragosa con la que amenazaba mi compañero y con cierta delicadeza nos dijo:
—Son las primeras personas que traen noticias de Julián después de obligarle a embarcar a España. Como pueden comprender son tantas las preguntas que desearía hacerles y tantas las cosas que querría conocer de primera mano, que bien podríamos dejar esta parte para otro día y aprovechar estos momentos para conocernos mejor.
—Por supuesto perdone a mi amigo, pero es un hombre metódico y sin duda querría hacerle partícipe de las gestiones que ha realizado a lo largo de estos años. ¿Pero díganos que desea saber de Julián que con sumo gusto yo trataré de explicarle?
— ¿Para empezar querría saber si sufrió mucho antes de morir? Este sentimiento me ha estado dando vueltas desde que me enteré de su muerte.
Su rostro se entristeció y unas lágrimas empañaron aquellos ojos de azabache propios de las mujeres andaluzas. Cuando se repuso trate de crear una atmósfera distendida cambiando de tema permitiéndome iniciar el relato de cómo murió Julián con menos dramatismo.
—Querida María, se me había olvidado, ¿Cómo se encuentra su hijo? ¿Cuántos años tiene ahora? ¿Cuál es su nombre?
Apareció una sonrisa en su cara y sin darse cuenta su tristeza se mitigó mientras me respondía:
—Álvaro como su abuelo paterno, Julián en aquellos días en Guayaquil me rogó que le pusiese el nombre de su padre. Ahora tiene cuatro años y es un niño muy sano, gracias por tu interés.
Con mis palabras fui dando cierta intimidad a la conversación diciéndole:
—Sin duda Julián quería a su padre con locura era un hombre bueno, y durante el tiempo que vivió trató por todos los medios que su hijo saliera de aquella miseria que la guerra civil nos dejó a los españoles.
—Supongo que estos años también han sido duros para ti y que tener que soportar la presión de tus familiares sería una tortura. Me muero por saber cómo su padre pudo soportar que se divorciase y le dieses al niño el nombre del consuegro.
—Las cosas cambiaron hace año y medio cuando mi padre falleció, los bienes de la familia pasaron a manos de mi hermano y a mí solo me dejó un pequeño piso aquí en Quito que es donde vivo ahora. Se suponía que yo viviría de la hacienda de mi marido pero a los tres días del fallecimiento de mi padre solicité el divorcio.
»Al ser un matrimonio de conveniencia, mi marido no puso ninguno reparo en el divorcio, pues se casó conmigo forzado por mi padre que compró su voluntad, En la tramitación del divorcio mi marido solo puso una condición; la renuncia de todos los bienes matrimoniales a cambio de quedarme con el  niño.
»Traté en varias ocasiones en comunicárselo a Julián pero las cosas se complicaron y trágicamente llegó la noticia tarde. De nuevo el destino se puso en contra nuestra y evitó que estuviésemos juntos.
Las lágrimas afloraron otra vez en aquellos ojos con el solo hecho de mencionar a Julián, sin duda el amor que se profesaban era admirable, no tuve más remedio que tratar de consolarla y prudentemente le cogí de la mano diciéndole:
—Vuestro amor será eterno traspasará los límites del tiempo y sin duda perdurará a través del hijo que habéis gestado para demostrarnos a todos los que hemos tenido la suerte de conoceros ese cariño que ha superado todas las barreras sociales y físicas del mundo.
—Gracias Alberto no pienses que soy una mojigata es que la vida a veces, para algunos, es un peso tan grande  que nos aplasta hasta convertirnos en mero polvo.
—¿Me has preguntado antes si sufrió? Julián murió huyendo de todas las injusticias de este mundo, una vez me dijo que si hubiera Dios se encontraría en lugares como aquel, en sus montañas, en las que soñaba que algún día podría recorrer contigo y enseñárselas a vuestro hijo. No, Francisco Caro «El Mogoteras» me dijo que lo encontró sentado sin crispación esperando el final, después de la brutal caída, aun pudo sentarse para mirar cara a cara a la muerte, y despedirse de tu imagen, eso lo pienso yo pues todos los días desde que regresó solo vivía pensando en  ti.
Aquella entrevista se terminó con una sincera amistad entre nosotros. Días después cuando Antonio terminó los trámites de la herencia nos presentó al niño y al día siguiente en su casa nos despidió diciéndonos:
—Mi hijo y yo cuando sea un poco más mayorcito viajaremos a España para que conozca a su familia. En este viaje tengo una petición para Ustedes dos: Quiero  honrar la memoria de Julián y me gustaría dejar un recuerdo en aquel lugar donde pasó sus últimos momentos, ¿Serían tan amables de guiarme hasta el sitio? ¿Sería posible concederme este mandado?
Al decirme esto, me cogió las manos entre las suyas, en un acto de súplica, esperando mi aprobación.

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