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La forja del alma C.10º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C.10º

Mensaje por Alberto Sanchez el Lun 25 Dic - 2:50

Capítulo 10º
El cuerno del Almanzor

Pasados tres años a principio  de los setenta recibí una llamada telefónica de Ana María.
—¿Se encuentra Alberto González?
Su acento melodioso me puso sobre aviso de quien era, con  entusiasmo la contesté.
—Soy yo, ¿Estás en España?
—Por supuesto querido amigo me encuentro en casa de la hermana de Julián ella es la que me ha dado tu celular, he venido a pasar las navidades con ellos y a que conozcan a mi hijito, ¿Sería mucho pedir que nos viéramos?
Quede con ellos en la casa de la hermana de Julián para el día antes de Noche Buena y felicitarles las navidades.
Seguía con la idea de poner un exvoto en el Cuerno del Almanzor a pesar de su visita al cementerio, pero las condiciones invernales del lugar no eran las más idóneas para llevar a una persona inexperta. Trate de convencerla que no era un sitio donde ella podría moverse con cierta seguridad, pero su insistencia era tan fuerte que finalmente accedí.
Preparé todo para el puente de Reyes y conseguí que mi amigo Pedro Isasi me acompañase, Amparo la hermana de Julián me sugirió que hablase con Amelia para dar un toque femenino a la excursión.
Después de los preparativos y gracias a la ayuda de Amelia que le proporcionó ropa de su talla ya que las dos tenían semejanzas físicas, pudimos equiparla para la ocasión.
Ahora solo tendríamos que mirar al cielo para que el tiempo nos fuese propicio, en caso contrario lo dejaríamos para otro momento.
Había una excursión programada por gente del Peñalara para el puente de Reyes y aproveché las plazas que había libres para ir  con ellos hasta la plataforma en su autocar. En el viaje se sentaron las dos mujeres juntas hicieron el viaje muy ameno, no pararon de hablar. Fue un acierto traer a Amelia, su gran corazón fue un bálsamo para Ana María, en su perdida. Recordar los tiempos de las tertulias en la casa de costura y ver como Amelia dejaba nuestra inocencia al denudo me hacía ruborizar a veces.
Nos dejó el autocar  en la plataforma y cargados con tiendas y material de escalada pusimos rumbo al camino de la laguna. La nieve tenía cierta dureza pero en algunos sitios nos hundíamos, Amelia aprovechaba todos los momentos posibles para ir asesorando a Ana María lo mismo que había hecho años atrás con nosotros.
—Mira aquellos montes que se ven a nuestra izquierda  ascienden hasta el refugio del Rey donde solía cazar Alfonso XIII y ahora lo hace Franco. «Hace un par de años subía el jefe del gobierno por esas laderas, cuando dio un mal paso y cayó por la pendiente cubierta de hielo, como ahora,  todo el sequito se quedó estupefacto, la velocidad aumentaba por momentos y nadie hacia nada, hasta que un guía que habían contratado en el pueblo se lanzó a por Franco, el hombre acostumbrado a estas montañas con el cayado que llevaba se tiró haciendo ramás hasta impactar con él y detenerle en la caída, durante unos momentos los destinos de España y la suerte de Franco estuvieron en manos de Chamorro, que así se llamaba. A este hombre le toco la lotería, al poco tiempo le nombraron guarda forestal de la sierra de Gredos. Pero a los españoles del bando contrario les supuso unos cuantos años más de soportar al dictador».
—Cuando se termine esta subida nos encontraremos en los llanos de Barbellido y tras recorrer un gran espacio de lomas suaves y cubiertas de nieve, nuestros pasos nos llevaran hasta el prado de las Pozas, donde cruzaremos el arroyo que tiene el mismo nombre.
El tiempo era soleado pero el frío arreciaba cuando soplaba el viento, el esfuerzo de la subida nos mantenía calientes y finalmente tras el primer repecho llegamos a los llanos, donde Ana María admiraba el paisaje mientras recuperaba las fuerzas.
Cruzamos el arroyo y antes de comenzar la subida de los Barrerones al pie de las paredes Oscuras hicimos un pequeño descanso para tomar aliento y un trago de agua con té y limón que sirvió de tónico.
Nos organizamos para marcar el paso de la subida entre Pedro y yo, recomendé a Ana María que procurase no hablar en la subida, así podrían ventilar sus pulmones adecuadamente en el ascenso, pero no sirvió de mucho se quedaron rezagadas no sé si a propósito para que su conversación fuese más privada o por la dificultad de la subida. Nunca he comprendido por que a las mujeres les gusta tener ciertas conversaciones al margen de oídos masculinos pero me dio esa sensación.
La montaña en aquella mañana nos mostraba la cara más hermosa, la gran mole de los Barrerones tan complicados para orientarse cuando la niebla los cubre, como fáciles de ascender, ahora simplemente estaban revestidos de blanco ocultando su desnudez oronda. En cada revuelta que ascendía el camino nos desvelaba un poco lo que se ocultaba tras ellos.
Mis pensamientos iban y venían a cada paso que dábamos, sentía una curiosidad muy grande por saber qué motivo movía a Ana María para conocer el lugar donde murió Julián. ¿Sería  alguna costumbre de aquellas tierras? ¿Podría influenciarla su religión? Estaba claro que había razones poderosas en aquella mujer pero no creí oportuno preguntárselo en aquel momento aunque la curiosidad me picaba.
Llegamos hasta la fuente de los Cavadores y de nuevo le dimos a beber para que no desfalleciera, la falta de costumbre sintiéndote rodeado de hielo y nieve por todos los lados, no estimula al cerebro a beber, pero la deshidratación es mayor si cabe que cuando recorres los mismos lugares en verano, no obstante Ana María acostumbrada a vivir en Quito tenía cierta aclimatación a la altura.
La charla con Amelia era decisiva no la dejaba pensar en la subida y entre historias y detalles del paisaje iba superando la ascensión.
Pedro era el que menos información tenía de los tres pero, con su habitual prudencia no preguntaba nada, aquella mujer le tenía subyugado y un tanto confundido. Era a mí al que le preguntaba a pesar de haberle informado antes de venir, del motivo que arrastraban aquella extranjera para subir hasta el Almanzor. Finalmente  me dijo.
—¿Eso es que ha hecho una promesa? Son muy dados en Latino América a este tipo de ofrendas.
No lo había pensado pero quizás esa fuese la razón, asentí con la cabeza y seguimos por la huella abierta por otros montañeros que nos precedían.
Primero aparecieron las cumbres tímidamente asomando sus crestas nevadas, poco después se abrían abismos bajo nuestros pies. Al borde de los Barrerones, las cumbres del Morezon Bajero, Cuento Alto y el Morezon Alto precipitando sus laderas hacia la laguna, por corredores de hielo y nieve, en el fondo la desembocadura del glaciar oprimido como un corsé entre el risco Negro, el cerro de los Huertos y los Barrerones, y en el medio del circo por debajo de todas las cumbres como un pozo infinito rodeado de paredes vertiginosas se encontraba la laguna.
En muchas ocasiones había visto esa mirada cuando por primera vez alguien contempla el circo sorprendido ante el sobrecogedor paisaje. Ana María no fue una excepción aquellos ojos negros y profundos se solazaban del espectáculo mientras sus palabras trataban de describir tanta belleza.  
Apretó el paso hasta situarse a mi lado y con suma delicadeza me dijo:
—Ahora entiendo el motivo que seducía a Julián cuando me hablaba de sus montañas, sin duda era aquí donde se sentía libre de todos los miedos atávicos y de todas las bajezas humanas, sin duda estas montañas son la que forjaron su personalidad y le convirtieron en el hombre del que me enamoré.
»Cuando le conocí era apuesto, hermoso y educado, su porte y seguridad me recordaba las historias de mis antepasados, de aquellos que viajaron desde Europa en busca de la conquista de lo imposible, sin fatiga, sin apenas esperanzas, se fundió con mi pueblo, con ese pueblo que sobrevive en el límite de la pobreza olvidado de hombres como mi padre que solo pensaba en sus posesiones en ser el dueño de vidas y haciendas. Él era todo aquello por lo que salí de Ecuador y traté de encontrarlo en la otra América. Cuando regresé y le conocí, me di cuenta que nuestras vidas estaban atadas entre sí no solo por el lazo del amor también por el de las ideas.
Gente del Peñalara con esquís y pieles de foca nos alcanzaron. Al llegar a nuestra altura saludaron, se trataba de Ugalde, Carbo, y dos montañeros más que pertenecían al Instituto Geográfico y Catastral, según dijeron.
A la izquierda sobrecogían por la verticalidad las paredes de hielo de Los Colgadizos. Sobre nuestras cabezas se alomaban los Altos de los Barrerones que poco a poco se fueron rindiendo a nuestro esfuerzo.
Buscamos la fuente de los Cavadores para saciar nuestra sed, pero estaba completamente helada.
Parar en este punto y mirar es un deleite, se puede abarcar todo El Circo y gran parte de los montes que cierran Cinco Lagunas, como Cabeza de Cervumal, Cuchillar del Gutre entre otros. Mirando la otra vertiente, se puede ver Los Campanarios, La Mira amén de otras cumbres menores.
La nieve daba una nueva dimensión al paisaje, la belleza del lugar generaba en nosotros un júbilo difícil de describir que embriagaba los sentidos.
Bajamos los Barrerones de forma más directa, sin necesidad de zigzaguear como en verano. La nieve cubría prácticamente todas las piedras, cruzamos la laguna por encima y vimos que algunas tiendas se habían montado encima de la misma.
Colocamos las nuestras al abrigo de un pequeño montículo cerca de las otras. Ayudamos a Amelia y a Ana María a montar la suya, al final se formó un pequeño campamento con otros compañeros de la montaña.
El ambiente fue extraordinario, cambiamos tortillas de patata por fiambre y nos dieron de beber un buen vino de bota que caldeó el ambiente ya de por si frío.
Ana María se reía de las chanzas de mis compañeros y sin recato alguno bebió  de aquella bota que se empeñaba en mojarle el escote.
Paulatinamente fue llegando más gente, motivados por el puente de Reyes y la bonanza del tiempo, un grupo nutrido de tiendas poblaron las teóricas orillas de la laguna, lo cierto es que difícilmente se podía apreciar donde comenzaba o terminaba ésta.
En cuanto el sol empezó a ocultarse, la temperatura cayó bruscamente, los que pululábamos por fuera de las tiendas nos metimos a su cobijo, la nuestra era de espacio reducido, cabíamos justo los dos, después de sacar todo lo necesaria colocamos los macutos a los pies de las colchonetas y las cuerdas de cabecera.
Miré desde la rendija de la tienda y el cielo estaba plagado de estrellas, desde mi posición se recortaban los hermanitos ligeramente iluminados por la fluorescencia de la nieve.
El sueño al final lo cubrió todo. Serían las dos o dos media de la madrugada, cuando el aire comenzó a zarandear las paredes de la tienda, nos despertamos bruscamente y comentamos el incidente. Nos entraron dudas sobre como habíamos anclado los vientos, hasta que el aleteo frenético del doble techo comenzó a inquietarnos. Saque la cabeza para ver la tienda de las mujeres y parecía estar bien sujeta.
Nos pusimos la ropa de abrigo, muy a pesar nuestro,  para salir de la tienda,  el cielo se había cubierto totalmente y las rachas de viento traían pequeños granos de ventisca entre los copos de nieve. Aseguramos los anclajes y en los tirantes principales clavamos los pioles.
Con la de las mujeres hicimos lo propio, al poco rato, parte del campamento se había levantado.
Tratamos de reanudar el sueño pero la ventisca seguía inexorable, no podíamos pegar ojo, el sentido de alerta nos tenía despiertos. Fueron pasando las horas hasta que finalmente Morfeo nos rindió.
De madrugada sentimos como los laterales de la tienda cedieron hacia el espacio interior, la nieve acumulada pesaba sobre las paredes de forma que solo podíamos movernos estando tumbados.
A duras penas hicimos el desayuno, tomamos la decisión de salir fuera y aligerar la carga sobre las paredes.
Cuando abrimos la cremallera de la tienda el panorama era sobrecogedor, la ventisca arreciaba con tal violencia que los pequeños granos de hielo se clavaban en la cara como agujas, el frío intensísimo nos sorprendió.
Calado el pasamontañas, con el anorak puesto y las gafas cubriéndonos los ojos, hicimos un intento de limpiar la nieve que había cubierto la mitad de las tiendas.
Para que las mujeres no saliesen fuera limpiamos la de su tienda. El frío y el viento lacerante no me permitían ver con claridad, apenas aligeramos el peso nos metimos de nuevo dentro.
La belleza de la montaña que horas antes había ensalzado, nos mostraba ahora su cara más perversa, parecía que todas las fuerzas del mal estuvieran sueltas en aquel lugar.
Los planes de llegar hasta el cuerno del Almanzor se fue al traste, las perspectivas inmediatas de mejorar el tiempo eran nulas, pero teníamos tres días por delante para esperar un cambio esperanzador.
Así que las horas fueron pasando dentro de la tienda, a base de apuntalar con los macutos, las cuerdas y todo aquello que sirviera para mantener el espacio interior disponible. Cuando llegaba la hora de comer lo hacíamos en la tienda de las mujeres que era más grande y aprovechábamos para cambiar impresiones. Los intentos de hablar de una tienda a la otra para oírnos eran imposibles, entre ráfaga y ráfaga  se escuchaba a los otros grupos, que se encontraban en circunstancias similares a las nuestras.
Las complicaciones empezaron cuando alguien quería orinar, todo el mundo se aguantaba a la espera que el tiempo diera una tregua, pero el organismo tiene necesidades imperiosas, y finalmente después de repasar las opciones terminamos orinando en una tartera.
Amelia nos anunció su interés de marcharse al día siguiente, si no mejoraba el tiempo. Estuvimos de acuerdo y comentamos con cierto cabreo lo bien que vendría la construcción de un refugio en la zona de la laguna. «Años mar tarde se terminó construyendo el refugio Elola»  
Pasamos otra noche igual a la anterior, la ventisca no cedía. La tienda teníamos que apuntalarla cada dos por tres. Cada vez era más difícil movernos, hicimos lo único que se podía en esas circunstancias, dormir.
Amaneció y parece que la ventisca había cedido, abrimos la cremallera de la tienda y no se veía nevar, el cielo seguía plomizo y una capa de nubes muy densa tapaba las cumbres, en el circo reinaba un cierto sosiego que recibimos todos con euforia.
Desayunamos rápidamente antes que el tiempo se arrepintiese y estropeara la única salida posible.
Sugerimos subir al Almanzor por la portilla del crampón que parecía estar despejado.

    Fecha y hora actual: Sáb 15 Dic - 3:12