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La forja del alma C11º

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Alberto Sanchez
Iniciado

Masculino Valencia

La forja del alma C11º

Mensaje por Alberto Sanchez el Miér 27 Dic - 7:01

Capítulo 11º
Huida de la laguna

En el campamento se veía movimiento, unos parecían regresar pues quitaban las tiendas, otros como nosotros preparábamos el material para la ascensión.
Le dije a Ana María que se quedase en la tienda pues las circunstancias no eran las mejores para llegar hasta la base del Cuerno, pero como una exhalación se negó a renunciar en su propósito, no insistí y luego horas más tarde me arrepentí. Amelia más sensata insistió diciéndole que se quedaría con ella, pero tampoco tuvo éxito.
Tras los preparativos, caminamos hacia la antigua morrena que había formado el extinto glaciar del Circo, poco a poco cogimos altura pateando sobre una nieve recién caída muy profunda.
Delante nuestro iba gente del Peñalara, detrás compañeros del Cumbres. Al acercarnos a la hoya Antón se podía apreciar la cantidad de nieve acumulada.
Llegamos hasta el inicio de la portilla Bermeja, y me di cuenta de las dificultades por las que estaba pasando Ana María. Insistí de nuevo pero sin resultado, desde ese punto veíamos precipitarse ingentes cantidades de nieve resbalando sobre la Portilla del Crampón. A primera vista parecía el comienzo de un alud. Pero la nieve no se sujetaba debido a la inclinación y la diferencia de temperatura entre el hielo y la nieve recién caída.
El viento se enfilaba tomando una velocidad inusitada, levantaba cortinas de nieve polvo que sobrevolaban la portilla cayendo sobre el corredor. Este fenómeno creaba la sensación de alud.
Aguardamos a que las cordadas precedentes dejaran libre la portilla, su espacio reducido no permite escalar a mucha gente al tiempo.
El viento aumentaba según cogíamos altura y la temperatura cayó bruscamente.
La situación de espera comenzaba hacerse más dura, los cuerpos sin actividad se enfriaban rápidamente, calculo que pasaron unos veinte minutos cuando vimos retroceder las cordadas precedentes. Al cruzarnos con ellos cambiamos impresiones y estas no fueron muy buenas.
Nos dijeron que una vez superada la Portilla del Crampón, el corredor hasta la pared del Almanzor estaba azotada por vientos muy fuertes, capaces de arrastrar un cuerpo.
Escuche voces y me di la vuelta era Amelia que con gesto adusto y muy enfadada discutía con Ana María, fue entonces cuando me di cuenta de las condiciones lamentables en que estaban, la cara cubierta por cristales de hielo enrojecían la piel del rostro de las dos, los ojos cubiertos por las gafas no los pude ver y sus movimientos en medio del inclinado corredor eran torpes y erráticos. Llame a Pedro que cramponeaba los primeros metros de la portilla.
Cuando estuvo a mi altura le dije que me ayudase y entre los dos cavamos una repisa en la pequeña rimaya que había pegada a la roca, se acomodaron las dos en el rellano a cubierto de la nieve que caía por la portilla y gritando para que me pudiesen oír les dije que esperasen en aquel sitio.
Ana María trato de rebatirme pero sin pensarlo perdí los papeles y le dije:
— ¡Coño de aquí no pasas! Estas bajo mi responsabilidad y ya hemos tentado demasiado a la suerte. La montaña está mostrándonos toda su mala leche, y es el momento de abandonar.
Este vocabulario poco habitual en las gentes ecuatorianas le hizo desistir.
Sacó de su bolsillo una pequeña figura de barro cocido hecha en Otabalo representando unas rosas purpuras con un pequeño letrero grabado que decía «Eternamente tuya». Con sumisión me pidió que lo dejase lo más cerca posible del lugar y se echó a llorar compulsivamente. La abracé y cogiendo el exvoto lo metí en el bolso, luego le dije a Amelia:
—Si en una hora no regresamos marcharos pues podéis congelaros ¡Y si no ahora mismo será lo mejor!
—No te preocupes esperaremos, si veo que se hace insostenible daremos la vuelta—dijo Amelia con una palmada en el hombro.
Alternado los largos llegamos a la parte más vertical de la portilla, Pedro fue el primero en superarla, una vez allí me aseguró.
Remonté el último metro y al asomar la cabeza una violentísima ventisca soplaba con tal fuerza que me costó verdaderos sacrificios anclarme donde estaba mi amigo. Cuando mi compañero vio que me había asegurado, me dijo a gritos que seguía, que se estaba congelado al estar esperando.
Las palabras y los hechos fueron casi al unísono, atravesó los cuarenta metros que faltaban hasta el cuerno a una velocidad endiablada, el cuerpo curvado para evitar que el viento lo arrastrase y finalmente se parapetó tras las primeras rocas de la pared del Cuerno. Al mirar el Almanzor totalmente cubierta de hielo le colgaban carámbanos enormes, similares a los troncos de un árbol algunos de más de seis o siete metros de alto que el viento de cuando en cuando rompía y se precipitaban como lanzas sobre el corredor muy cerca de Pedro. Un pequeño tirón me avisó para continuar y sin quitar los ojos de los trozos de hielo me reuní con él.
En una grieta en la base del cuerno introduje el exvoto y recé una plegaria lo más rápido que pude, con el gesto le dije a Pedro que descendiese y dicho y hecho iniciamos la bajada.
Cuando inicié el destrepe comencé a notar los primeros síntomas de insensibilidad en el dedo gordo, trataba de meterlo en la boca, pero el solo hecho de bajar el tapabocas del pasamontañas era un verdadero suplicio. Acurrucado de espaldas al viento, evitaba que los pequeños granos de hielo de la ventisca se clavaran en el rostro.
Apenas podía ver, el hielo se acumulaba en los pelos de las cejas y las pequeñas gafas de soldador, me protegían mal. Más que verlo intuí que mi compañero había llegado a la reunión. Los gritos para que me asegurasen no fueron oídos, eran ahogados por la ventisca.
No pude soportarlo más, comencé a bajar, lo que había sido una subida fácil, se convirtió en un auténtico vía crucis.
En cuanto descendí unos metros las condiciones mejoraron al amparo de la portilla. Pude dedicarle algo de atención al dedo de la mano, éste se había inflamado y enrojecido considerablemente, lo metía en la boca con guante de lana, después de unos instantes de insuflarle calor comencé a sentir unos pinchazos horrorosos, mi compañero insistió en que lo calentase hasta que dejase de dolerme, aguanté como pude, y según descendíamos fue rehabilitándose. Llegamos hasta el pequeño refugio donde las dejamos estaban acurrucadas la una contra la otra y con la cabeza gacha y el ruido del viento no se dieron cuenta de nuestra presencia. Se movieron con dificultad Amelia me avisó de la mala condición de Ana María, la abracé contra mí y le fui friccionando el cuerpo hasta conseguir que reaccionase. Pedro nos aseguró a todos y después de dos largos llegamos hasta la huella donde la inclinación cesaba algo
Algunas cordadas intentaron la subida a pesar de nuestra sugerencia. Pero como nosotros, tomaron una cucharada de la misma medicina.
La mejoría había sido un espejismo, me introduje en la tienda con las mujeres y tras quitarnos el chubasquero pregunté a Ana María si sentía los pies, ésta casi sin aliento me dijo que no. Me quité toda la ropa menos el jersey y a ella la fui descalzando con cuidado, su falta de experiencia le había jugado una mala pasada, el calcetín de hilo que llevaba debajo del de lana tenían una pequeña doblez que le había creado una presión innecesaria, el frío habían perjudicado la circulación, Amelia le echó encima el saco y yo levantado mi ropa introduje sus pies en mis asilas, el frío marmóreo fue muy brusco pero poco a poco fue elevando la temperatura de los pies, le pasó lo mismo que a mí, los pinchazos al entrar en reacción le causaban un dolor tremendo, intentó quitarlos pero no la dejé, mientras Pedro calentaba agua para hacer un té caliente con el infiernillo de gasolina y las dos cantimploras las llenó de agua hirviendo después de un buen rato nos lo trajo hasta la tienda de las chicas. Pedro tomó el relevo y fue el quien se colocó los pies en las asilas de la muchacha mientras que Amelia metida en su saco trataba de darle calor abrazándose a Ana María. Finalmente la ayudamos a que se metiera en el saco y le dimos las cantimploras para que las utilizase de calentadores, cuando vi que reaccionaba me marché a mi tienda.
Entrada la tarde regresó la ventisca a la laguna, mientras el tiempo pasaba lentamente, a la espera del día siguiente.
La noche fue del corte de las anteriores, luchamos con la tienda para que no se hundiera bajo el peso de la nieve y después de dos o tres salidas para aminorar la carga, conseguimos una tregua y nos dormimos.
Amaneció y la ventisca continuaba a pesar de rebajar su intensidad, el cielo gris plomizo y la visibilidad reducida a quince o veinte metros, no presagiaba nada bueno.
Después del desayuno, comenzamos a recoger los bártulos, la tienda se había quedado como el cartón, quitamos la nieve lo mejor que pudimos, pero al doblarla se resistía, hubo que hacer un paquete bastante grande para no romperla.
Ana María se sentía mejor su ánimo había regresado después del esfuerzo en la portilla.
Gran número de cordadas se habían marchado el día anterior, calculo que unas cuarenta personas quedaban todavía en la laguna. Coincidimos un grupo de quince, más menos, que tomamos el camino de regreso, nadie decía nada, todos caminábamos acurrucados haciendo frente a la ventisca.
Los que caminaban delante fueron siguiendo las huellas de Ugalde Carbo y compañía, según dijeron, se veían los orificios de los crampones. Corría el bulo que aquella gente tenían brújula y otros instrumentos para orientarse, además de ser unos experimentados montañeros.
Seguimos las huellas aquellas sin mucha fe, la sensación de encontrarnos perdidos fue en aumento, sobre todo cuando llegamos a la parte esférica y sin relieve identificable, de los Barrerones, donde todos coincidimos que debíamos seguir subiendo ligeramente para no aterrizar en la garganta del, desagüe de la laguna.
Caminamos por aquel desierto de hielo un buen rato, hasta que las huellas de los Carbo y compañía se perdieron. Pensamos que se habían puesto los esquís para descender. Alguien recomendó perder altura, para encontrar refugio en el valle, donde la temperatura sería más alta.
Finalmente se eligió bajar por la pendiente más suave, preocupado por las mujeres no intervine en dirigir al grupo, Pedro, que había estado el año anterior en la Alta Ruta de Gredos de organizador conmigo, en previsión de que la niebla bajase y se perdieran las cordadas fuimos colocando banderitas de papel después de bajar la cresta de Los Campanarios en el puerto de Candeleda hasta las lomas de camino del refugio del Rey y la subida al Morezón. Conscientes de la dificultad de no poderse orientarse en aquellas lomas redondeadas con tanta niebla.
Serían las ocho de la mañana cuando salimos de la laguna, calculamos que sobre las once más menos, estaríamos en la Plataforma. El tiempo se prolongaba y no había vestigio conocido donde poder orientarnos, la niebla impenetrable no ofrecía ningún resquicio donde encontrar el camino.
Seguramente pasamos de largo El Prado de las Pozas, dirigiéndonos hacia las laderas de la derecha de Cabeza de Artiñuelos, lo cierto es que cansados de patear sin rumbo, decidimos descender rápidamente, serían las tres de la tarde cuando la pequeña depresión que formaba la garganta permitió ver el paisaje que nos rodeaba, las partes altas seguían sumergidas en un mar de nubes, la temperatura había subido y la ventisca amainó dentro de aquel barranco.
Sin saberlo descendíamos por la garganta de Las Pozas, donde serpenteaba un pequeño riachuelo que en ocasiones se hacía visible y otras se cubría con un manto de nieve, convirtiendo el río en una trampa, con peligro de hundirse en las agua ocultas.
Cada vez que teníamos que vadearlo, era un suplicio añadido al cansancio que veníamos arrastrando.
No nos habíamos parado ni un momento para comer, solo dábamos pequeños sorbos de agua de las cantimploras, sin embargo el humor había aflorado y pequeñas risotadas se oían, cada vez que alguien metía el pie en el agua.
El pequeño reguero se había convertido en un arroyo y era preciso buscar las piedras más adecuadas para vadearlo, uno de los del grupo que caminaban delante, resbaló y cayó sentado dentro del agua, su exclamación fue ¡Esta caliente!
Nos preocupamos, le hicimos ponerse ropa seca que entre todos conseguimos reunir, pero las botas fueron imposible, nadie tenía repuesto.
La broma se puso seria cuando comenzó a congelarse los pies En alguna ocasión pararon sus compañeros para darle friegas, con todo y con eso, dos días después nos enteramos que había sufrido principio de congelación.
Se podía apreciar un sendero junto al río que poco a poco se fue ensanchando al mismo ritmo que desaparecía la nieve, el camino empezó hacerse monótono, en uno de los recodos vimos una choza de planta circular, cubierta de paja y con las paredes de piedra. De su techo salía humo, aligeramos el paso pues suponíamos que habría gente para poder informarnos.
Cual fue nuestra sorpresa, al ver que en la puerta había un hombre cubierto totalmente recubierto de paja: Las mangas del traje se ceñían a los brazos con ciertos cortes estratégicos en los codos, dándole movilidad. Cada diez o quince centímetros una costura trababa la paja, manteniendo las formas. El pecho y los pantalones seguían el mismo patrón y la cabeza cubierta con un gorro cónico, recordaba al de los chinos.
No era el momento pero no pude evitar sentir cierta rabia al ver aquel hombre en aquellas durísimas condiciones tratando de cuidar su ganado. Lo nuestro era por capricho pero aquel pastor estaba tratando de buscarse la vida. Que pena nuestro ambiente rural seguía anclado en el siglo pasado.
Después de un saludo protocolario, le preguntamos cuanto nos quedaba hasta el pueblo más cercano, en un castellano rustico nos dijo que solo había siete leguas, interpretamos que serían más o menos cinco o seis kilómetros, pero nuestro error fue kilométrico..., El camino se retorcía prolongándose en el tiempo, comenzaba a declinar el sol y todavía no se veía ningún síntoma de civilización, a nuestra derecha, se abría otro valle que después de un tiempo concluimos que se trataba de la canal del desagüe de la laguna, la denominada Garganta de Gredos, y justo desde este punto, hasta el pueblo, quedaban seis kilómetros.
Anochecía cuando pudimos ver las primeras luces de Navalperal de Tormes. El autocar del resto de los excursionistas sorpresivamente se encontraba a la puerta del bar. El conductor con cierta burla nos indicó que pasáramos dentro.
Ana María había realizado toda la bajada sin decir absolutamente nada silenciosa pero decidida, apenas comentaba nada, Pedro estuvo pendiente de ella y sobremanera en los momentos de cruzar los riachuelos para evitar que cayera, de cuando en cuando de su cantimplora le daba té y algunas pasas que llevaba en su bolsillo para que no desfalleciese. Al final mi curiosidad se hizo patente al ver a Pedro tan pendiente de Ana María conocía muy bien a mi amigo y no era habitual que fuese tan considerado con las chicas. Pensé para mí que la quiteña le gustaba, pero solo fue un pensamiento en aquel momento. De todas formas la muchacha había tenido un comportamiento admirable, aquella mujer había resistido estoicamente una prueba que muchos montañeros no hubieran superado.
Risas y bromas nos esperaban a todos, nos dijeron:
—Vosotros También.
—¿Cómo que también?— Respondimos mientras se burlaban de nosotros.
Allí estaba Ugalde, Carbo y Medio Autocar del Peñalara y la mayoría del de Cumbres, todos y cada uno de los presentes se habían perdido por el mismo sitio, siguiendo unas huellas que jamás habían existido.
El grupo rezagado del joven que se había caído en el agua, llegó veinte minutos más tarde.
Rápidamente llenamos la mesa de comida y como ávidas termitas, fuimos abriendo huecos haciendo gala de un apetito endiablado.
Oímos comentarios de todo tipo y cómo cada grupo terminó metiéndose en aquella ratonera.
Escuché decir a Ugalde que los compañeros cartógrafos habían registrado en la laguna, temperaturas de hasta veinte ocho grados por debajo de cero, la sensación de frío debido al viento reinante, fácilmente rebasó los treinta a treinta y cinco grados.
La gente que levantó el campamento el día anterior, llegó sin problemas, consiguieron llenar uno de los autocares y salir a primera hora.
El resto como nosotros embarcamos aquella misma noche, la gente se relajó todos dormían con posturas imposibles cuando la carretera dejó la zona de montaña y los vaivenes del autocar permitieron levantarse con cierta facilidad Ana María se sentó con Pedro y yo al lado de Amelia,
—Quiero darte las gracias por el favor tan grande que me había prestado con esta mujer, sin tu ayuda habría sido imposible— Amelia con la mejor de las sonrisas me dijo:
—Recuerda que Julián también era amigo mío y es lo mínimo que podía hacer por él.
Después de un buen rato Ana María se levantó del asiento y colocándose delante de nosotros nos cogió de la mano a los dos, quería hablar, su rostro reflejaba cansancio pero su mente estaba alerta quizás porque en su cabeza bullía algo que tenía que decirnos imperiosamente y con aquella mirada penetrante se confesó así:
—Gracias infinitas a los tres todo lo que Julián me había dicho de vosotros era cierto, creo que os debo una explicación para que no penséis que soy una mujer caprichosa.
»Me ha torturado todos estos años la idea de que la muerte de Julián era culpa mía, si hubiese plantado cara a mi padre y me hubiera ido de casa y en estos momentos, quizás aquí en España, podríamos estar juntos. Pero fui una cobarde, el nacimiento del niño precisaba un hogar estable y por comodidad o por falta de valor me quedé pensando que más adelante nos reuniríamos de nuevo. Reaccioné cuando mi padre murió pero ya era tarde, su vida se fue porque su futuro había muerto antes, porque sus esperanzas estaban perdidas, porque yo le había fallado.
No supe que decir las lágrimas corría por sus mejillas y si hay algo que me conmueva es el llanto de un niño o de una mujer. Tenía un nudo en la garganta pero hice un esfuerzo sobre humano para no llorar delante de ella, finalmente pude decir:
—Julián te amaba tanto que nunca se habría planteado la menor duda en tu comportamiento, los vericuetos del destino a veces tienen estos caprichos— le dije tratando de reconfortarla, pero insistió diciéndome:
—Cómo podéis comprender lo mínimo que podía hacer estos días en honor a su memoria, en aras del amor que nos profesábamos, era este pequeño sacrificio. Quiera Dios que pueda redimir alguna vez mi pecado, mi falta de valor.
De nuevo gracias a los tres que con tanta pasión me habéis ayudado. ¡Gracias!.
Amelia se le saltó las lágrimas mientras la joven se sentó de nuevo con Pedro.
Noté cierto destello en la mirada de mi amigo que delataba el interés que prestaba aquella mujer; ella sin embargo sentía cierto alivio después de habernos dicho aquello que tanto le preocupaba, había descargado su conciencia con aquel regreso al lugar donde murió Julián y percibí que su conciencia de nuevo estaba en paz.


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